Son tiempos adversos para la rebelión. Aunque la Estrella de la Muerte ha sido destruida, las tropas imperiales han hecho salir a las fuerzas rebeldes de sus bases ocultas y las persiguen a través de la galaxia”. Esta cita mítica, prólogo de El imperio contraataca (1980), de Irvin Keshner, segundo acto (aunque numerado como episodio V) de la más célebre saga galáctica, resume con precisión el momento de Podemos al cierre del 2017. La crisis de Catalunya y el consecuente giro a la derecha del electorado español y catalán dejan a los de Pablo Iglesias tocando suelo electoral –es probable que en el próximo CIS rompan el suelo del 18%, donde habían resistido en sus peores horas, hasta el 16% o el 15%–, mientras la amenaza de colapso del PP hace soñar a Ciudadanos con ser primera fuerza, y el PSOE, pese a su giro a la derecha en la crisis independentista, aguanta por encima del 20%, en el marco de una desmovilización masiva del voto de izquierda.

Podemos cierra el 2017 como cuarta fuerza política tras un retroceso serio en las anómalas elecciones catalanas, a pesar de haber sorteado con nota todos los desafíos de la primera mitad del año. Había empezado el año bajo la amenaza de cisma. Sin embargo el congreso de Vistalegre evitó el desastre: el sector de Iglesias lograba un triunfo incontestable pero el resultado de la lista de Íñigo Errejón permitía al joven politólogo hacer valer sus votos y disipaba la tentación de irse y buscar mejor destino.

El 2018 trae a Iglesias malos sondeos, fruto del fragor de las banderas y de la desmovilización de la izquierda

En primavera, el pintoresco Tramabús que un lunes era tachado de chaladura, cobraba sentido pocas horas después, cuando el caso Lezo estallaba en los tribunales destruyendo la reputación de los gobiernos sucesivos de Ruiz Gallardón y Esperanza Aguirre y salpicando de bosta al inmaculado “nuevo PP” de Cristina Cifuentes. El autobús azul se convertía en la expresión genuina del dedo acusador paseándose ante las sedes del expolio.

A pedir de boca le salió luego a Iglesias su moción de censura contra Mariano Rajoy, también tildada de extravagante por la misma prensa madrileña que soñó con el cisma en Vistalegre: exhibió sus armas de politólogo apasionado por la historia de España, evidenció la precariedad del PP en la cámara (no logró una mayoría de votos de rechazo a la moción), y sobre todo, fundó el prestigio de Irene Montero, que zarandeó durante toda una mañana a un Mariano Rajoy que parecía aburrido de sí mismo. Fueron jornadas de alta política en un Congreso cuya soberanía legislativa, el PP, con la complicidad ocasional de Ciudadanos y PSOE, ha tratado de desenchufar en el 2017.

El partido de Iglesias empezó el 2017 con una moción de censura y lo terminó con un mal resultado en Catalunya

Pero el prometedor paisaje cambió pocos días después, con el triunfo antisistema de Pedro Sánchez en la primarias del PSOE: esta resurrección, un sopapo a las estructuras y mandamases del poder socialista, mejoró las expectativas de voto del PSOE –que entonces penaba ya por debajo de los morados en las encuestas– y obligó a Podemos a tender la mano. Fue una efímera etapa política de negociación y sutilezas infecundas, merced a una interlocución con un grupo de diputados lleno de enemigos de Sánchez que desesperaba a los equipos de Montero, con sus “sí” es “no sé”, “vale” significa “no”, y todo termina siempre en un “luego ya, si eso”.

Y entonces llegó el desastre catalán, cuyo gobierno avanzaba sin otra hoja de ruta –en feliz hallazgo de Jorge Dioni López– que el pensamiento de Paulo Coelho: “Como es justo y lo merezco, el universo conspirará para que suceda”. Una idea infantil y un plan suicida que se resumen en el genuinamente español “tira que libras”. El PSOE reaccionó haciéndose el muerto, Pedro Sánchez desapareció dos meses de la faz de la Tierra, e Iglesias y Xavier Domènech se quedaron solos en su empeño por un nuevo pacto territorial. Unas elecciones bajo el empacho de las banderas redujeron el poder de los Comunes, sin llegar al descalabro del PP y la CUP.

Hoy, mientras los mismos que soñaron el cisma en Vistalegre creen ver el principio del fin de Podemos en este brete, otros, como el analista electoral Jaime Miquel, estiman que la situación es excepcional, que Podemos ha resistido razonablemente, y que el PSOE de Sánchez aún tiene que explicar en qué se distingue su oferta de la del PSOE de Susana Díaz para penetrar el voto joven y urbano.

Un tiempo espeso el que se viene en el lado izquierdo, en el que un Iglesias que ha perdido la inocencia (valga la expresión, por más que la ingenuidad nunca haya sido uno de sus atributos) ha dibujado otra línea de corte: la Corona como problema de España. Contaba hace semanas la periodista de El Mundo Lucía Méndez que el rey Felipe VI estaba muy enfadado por los ataques de Podemos, sobre todo a raíz de su duro mensaje del 3 de octubre que puso firme a un PSOE que titubeaba. Pero su enojo apenas es una sombra del disgusto y decepción que Iglesias mastica desde meses atrás, muy visible tras el discurso del 40.º aniversario de las elecciones democráticas, por unas palabras del rey que Iglesias consideró irresponsables por inanes y evasivas.

Desde su fundación, Podemos creyó que el nuevo monarca podía ser vértice institucional de un salto adelante del país y sus estructuras políticas, y verlo convertido en cancerbero del viejo orden ha hecho a Podemos abjurar y señalarlo como símbolo de todo lo que debe cambiar. “España no necesita reyes”, decía Iglesias hace días, preparándose para un tiempo oscuro. En su alto mando han tomado nota del mensaje de la General Organa (Carrie Fisher) en la flamante nueva entrega galáctica: En tiempos adversos, el primer deber de la rebelión es sobrevivir

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