Winnie Mandela habría tenido asegurado un lugar destacado en el pan­teón de los héroes de Sudáfrica, pero optó por el rencor. Inteligente, cruel, orgullosa y comprometida, Winnie fue mucho más que el apellido de su marido, Nelson Mandela, con quien contrajo matrimonio en 1958. Winnie Madikizela-Mandela podría haber sido la reina de Sudáfrica. Durante su juventud, se rebeló, lideró, se sacrificó e hizo frente al apartheid, uno de los regímenes más racistas y oscuros del siglo XX. Pagó por ello. Fue encarcelada, torturada, hostigada y llevada al límite del sufrimiento por las fuerzas de seguridad. El pueblo reconoció su sacrificio: aún hoy muchos la consideran la madre de la nación. Pero tras una vida de lucha y luz, el personaje se vio envuelto en las peores sombras. El rencor y el odio, con episodios de secuestro, asesinato y corrupción, emborronan una vida marcada por la lucha. Winnie Mandela falleció ayer a los 81 años en el hospital Milpark de Johannesburgo a causa, según su asistente personal, de una “larga enfermedad”. La activista, cuya salud había empeorado en los últimos años por problemas en los riñones y diabetes, fue ingresada el pasado viernes tras atender a una ceremonia religiosa.

Winnie Mandela podría haber sido la heroína indiscutible de Sudáfrica. Fue líder. Pero los claroscuros de su figura llevan a una sospecha demoledora: si en lugar de la opción del perdón y la reconciliación de Nelson Mandela, Sudáfrica hubiera elegido la ruta del rencor de Winnie, la historia del país habría sido sangrienta. Y hoy Sudáfrica tendría más cicatrices.

Winnie Mandela nació en una familia numerosa del Transkei sudafricano. De raíces humildes, se rebeló pronto contra un destino como pastora y estudió con aires de pionera: fue la primera trabajadora social negra del hospital Baragwanath de Soweto. Su vida está indiscutiblemente ligada a aquella mañana de 1957 cuando, mientras esperaba en la parada del autobús, un cuarentón Nelson Mandela se quedó “prendado de su belleza”, como escribió en su autobiografía Largo camino hacia la libertad. Madiba, quien por entonces estaba casado con Evelyn y tenía tres hijos, se casaría con aquella veinteañera Winnie un año después. En realidad, ambos contrajeron matrimonio con la causa antiapartheid: ella sacó adelante un hogar y dos hijos con un marido ausente, primero por la clandestinidad y luego por la cárcel, y sufrieron en sus carnes la represión estatal. Si Nelson Mandela estuvo 27 años encarcelado, su esposa fue oficialmente convertida en nadie: el Gobierno le prohibió trabajar, reunirse con más de una persona, moverse libremente, ser citada por los medios sudafricanos, y la condenó al exilio en un pueblo apartado de Sudáfrica. Su tiempo en prisión fue brutal: en una ocasión pasó 491 días en una pequeña celda en régimen de aislamiento total. Aquella experiencia cambió a Winnie: “Allí aprendí a odiar”, dijo.

En una entrevista, Winnie insistió en aquella experiencia como un punto sin retorno. “No soy un producto de Mandela. Soy un producto de las masas de mi país y un producto de mi enemigo”, dijo. Cuando en 1985 Winnie regresó a Soweto, a las afueras de Johannesburgo, su determinación estaba impregnada de odio: formó un grupo de matones-guardaespaldas, conocidos como los Mandela United Football Club, que aterrorizaron la ciudad. Con el objetivo de eliminar a los chivatos que trabajaban para el gobierno blanco, fueron responsables de asesinatos sumarios, torturas y violaciones.

Winnie sabía lo que hacían. En 1991, fue condenada a seis años (la sentencia fue reducida a un año y multas tras las apelaciones) por ordenar el secuestro de cuatro jóvenes, entre ellos un niño de 14 años que fue encontrado degollado días después. El Tribunal de Perdón y Reconciliación de Sudáfrica, un organismo destinado a cerrar las cicatrices de la barbarie del apartheid, también la señaló. En su informe final aseguró que era responsable “por omisión” y “políticamente y moralmente responsable de graves violaciones de los derechos humanos”.

Cuando Nelson Mandela salió de prisión –Winnie fue a buscarle a la puerta de la cárcel y alzó el puño con él, en una de las imágenes más icónicas de la nueva Sudáfrica–, el futuro Nobel de la Paz tardó en aceptar la conversión de Winnie. Aunque era un secreto a voces que el matrimonio estaba roto –Winnie mantenía una relación extramarital con un abogado 30 años menor–, la pareja no se separó hasta 1996. Antes, fue nombrada viceministra de Arte y Culturas, pero fue despedida tras destaparse sonrojantes corruptelas y tratos de favor.

Winnie Mandela conservó el favor de la Sudáfrica humilde porque abrazó la causa de los desheredados y se alzó en crítica mordaz y populista del gobierno. Pero un último detalle subraya su carácter: justo un año después de la muerte de Mandela, enrabietada porque este no le había dejado nada en herencia (la repartió entre su viuda, Graça Machel, su familia y su fundación), llevó a juicio la decisión de su difunto exmarido y alegó que su divorcio fue invalido para así quedarse con la casa familiar. Perdió el caso y aún más credibilidad.

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