Cuando Coca-Cola adquirió hace cinco años la icónica marca de bebida gaseosa peruana Inca Cola, había quienes pensaban que provocaría una explosión de protesta nacionalista. Pero no ocurrió. “Entienda: Nosotros somos locales en cada país; aquí Coca-Cola es peruana”, decía Olga Reyes, la vicepresidenta de la multinacional en América Latina, en una conversación mantenida durante la Cumbre de las Américas que terminó ayer en Lima.

En teoría, la cumbre debería funcionar de la misma manera. Es un producto made in USA cuya agenda –en el caso de Lima: corrupción, sanciones a Venezuela, comercio e inversiones de China y EE.UU.– tiene que estar pactada de antemano con Washington.

Pero Estados Unidos acude como un país más. La primera Cumbre de las Américas se celebró en Miami en 1994 y, según anunció ayer en Lima el vicepresidente estadounidense Mike Pence, la próxima, en el 2021, se celebrará en territorio estadounidense.

Pero estos son tiempos de hegemonía disputada para Estados Unidos incluso en el hemisferio occidental. Las masivas inversiones chinas en América Latina –250.000 millones de dólares previstos en los próximos cuatro años– y un estrechamiento de los lazos entre Rusia y el eje La Habana-Caracas empiezan a sembrar el pánico en Washington.

El secretario de Comercio, Wilbur Ross. declaró nada más llegar a Lima que “Estados Unidos no cederá el liderazgo en la región a los países autoritarios”.

Hasta los líderes demócratas en Washington advirtieron en una carta a Pence que “mientras Estados Unidos se retira de América Latina, China y Rusia están llenado el vacío”. Las multinacionales norteamericanas como Coca Cola, presentes en la cumbre paralela del Banco Interamericano de Desarrollo, pedían estatus de “socio preferente” frente a sus rivales chinos.

Pero este tono más agresivo contra la presencia china en la región ha incomodado a muchos gobiernos latinoamericanos, sea cual sea su ideología, que buscan capital, venga de donde venga, para financiar obras e infraestructuras vitales, a la vez que para impulsar el crecimiento que ha de combatir la pobreza aún endémica en la región. A fin de cuentas, la caída de la izquierda en América del Sur no ha frenado la entrada de capital chino. Brasil, por ejemplo, bajo el Gobierno de Michel Temer ha vendido más activos a empresas chinas que nunca. China ya es el socio comercial más importante de Argentina, Brasil, Chile y Perú.

Incluso el moderado Instituto para el Diálogo Interamericano, con sede en Washington, ha denunciado la nueva política de la Administración Trump por “desenterrar la doctrina Monroe, de cuando EE.UU. trataba a América Latina como su patio trasero”. El presidente James Monroe advirtió en 1823 que EE.UU. no toleraría la presencia de las potencias europeas en América Latina. Ahora, la advertencia va dirigida a China y Rusia.

En una cumbre disfrazada de foro anticorrupción, el Banco Interamericano de Desarrollo –cuyo principal accionista es EE.UU.– se ha empleado a fondo para presentar las alianzas entre gobiernos y empresas estadounidenses como medidas de “transparencia”. El documento de 57 puntos para combatir la corrupción anunciado ayer al final de la cumbre esconde en alguna medida otra agenda de EE.UU.: frenar “las practicas corruptas de las empresas chinas”, como dijo el influyente senador Marco Rubio, muy activo en Lima esta semana.

Asimismo, los halcones como Rubio y John Bolton, el nuevo consejero de Seguridad Nacional de Trump, quieren apretar las tuercas al Gobierno venezolano de Nicolás Maduro, no sólo por la trágica crisis humanitaria que vive Venezuela, sino para lograr un cambio de gobierno en un país considerado como plataforma para los rivales económicos y geopolíticos de EE.UU.

El vicepresidente Pence pidió ayer que otros países siguieran el ejemplo de Panamá, que ha adoptado sanciones personales contra 155 altos funcionarios venezolanos. También anunció que ampliará hasta 16 millones de dólares las ayudas a Colombia para amortiguar el impacto de los cientos de miles de emigrantes económicos llegados desde Venezuela.

Pero el vicepresidente no dio ninguna señal de que esté dispuesto a prohibir las importaciones de petróleo a EE.UU. “No queremos poner sanciones que afectan al pueblo al que queremos atender”, dijo Martín Vizcarra, el nuevo presidente peruano, al final de la cumbre.

Muchos países presentes en Lima advirtieron de las contradicciones de la política de Trump en la región. El presidente estadounidense anuncia medidas proteccionistas contra la exportaciones de acero, los automóviles y otros productos. Luego, arremete contra las inversiones de China. México por ejemplo, amenazado por el posible colapso del tratado de Libre Comercio (TLC), anunció un giro hacia el mercado chino.

Consciente de esto, Washington ha dado las primeras señales de un cambio de la estrategia neoproteccionista durante la cumbre. Se espera ya un acuerdo sobre el TLC que, según declaró el primer ministro canadiense Justin Trudeau, es “inminente”.

En segundo lugar, Trump anunció la semana pasada que EE.UU. está dispuesto a negociar un regreso al acuerdo transpacífico, lo que supone un giro de 180 grados. Este acuerdo, pretende estrechar relaciones de inversión entre países como México, Colombia, Chile, Perú y la cuenca del Pacífico. Es un paso atrás para Trump hacia la agenda de la globalización liberal contra la que ha despotricado. Pero, incluso para el proteccionista Wilbur Ross, el acuerdo transpacífico tiene una ventaja: excluye a China.

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