‘Cohousing’: tras este concepto se esconden viviendas colaborativas particulares con zonas y servicios en común para atender a los intereses y necesidades de las personas que deciden compartir ese espacio formando una cooperativa. De momento, en España las más habituales son las de personas jubiladas que desean seguir disfrutando y recibir cuidados sin encerrarse en una residencia, como describe Francisco Molina, de 70 años y socio de Convivir: “Hace 14 años, un grupo de unos 30 amigos, considerando que no íbamos a poder entrar en una residencia dado nuestro nivel adquisitivo, decidimos montarnos nuestra propia residencia”.

El proceso, dice Francisco, fue muy lento porque querían vivir cerca de Madrid, pero el terreno era caro: “Fuimos ampliando el campo hasta encontrar los 55.000 metros cuadrados en un pueblo de Cuenca. Buscamos promotora hasta encontrar una aceptable y empezamos a trabajar en la obra de Convivir”. Cada socio tenía que pagar alrededor de 140.000 euros por su apartamento. Los que no tenían ese dinero pidieron un préstamo a la cooperativa, a la que van pagando mensualmente.

“En función de la superficie del piso, cada uno paga también cada mes por los servicios comunes, que incluyen los 14 trabajadores, calefacción, comida, lavandería y todos nuestros cuidados”, explica Francisco. En concreto él y su esposa pagan 1.750 euros al mes.

Éste es el funcionamiento habitual de cualquier proyecto de ‘cohousing’ o vivienda colaborativa. La demanda en España está llegando ya a ser suficiente como para que haya surgido un estudio de arquitectos especializado: Bloque (Arquitectura para nuevas formas de vida). Según uno de sus socios, Rogelio Ruiz, más allá de “detectar las necesidades reales de los colectivos humanos y darles una respuesta”, se dedican “a acompañar al grupo, en los aspectos de arquitectura y urbanismo, y apoyamos en el resto de temas a partir de la experiencia adquirida en los proyectos con otras cooperativas”.

Como la de Trabensol, que fue pionera en España en 2007 y sirve de ejemplo para decenas de colectivos que están construyendo sus proyectos por toda la península, unos 40 según recoge un mapa en la página web de Bloque. Ruiz matiza: “Nosotros no iniciamos, organizamos o dirigimos los grupos. El modelo en el que hemos participado hasta ahora es el de máxima autogestión del grupo, habitualmente formalizado como cooperativa de cesión de uso, que significa que la propiedad es de la cooperativa y la persona tiene el derecho de uso”.

Comunidades activas

Otra referencia para los interesados en esta forma de vida es la asesoría CoVER, que, según su portavoz, Ricardo Aristizábal, ofrece “desde una charla orientativa sobre el modelo, hasta ayudarles a desarrollar todo el proyecto arquitectónico. Les damos asesoría legal y de convivencia”. Además, cuentan con “una bolsa de demandantes que pueden aportar miembros a un grupo que esté en marcha. A la gente que nos pide ayuda le enviamos a algún grupo cercano a su lugar de residencia o donde desea vivir”.

A partir de ahí, el colectivo empieza los trámites y, mientras todo se va ejecutando paulatinamente (licencias, concesiones, burocracia, etc.), se lo va proponiendo a otros amigos y familiares. De esa manera se enteró Carmen Galán de la existencia de Convivir: “Estaba planteándome que tenía que buscar un sitio que me gustara, no una residencia de las habituales, y en cuanto me dijeron que existía, ni lo pensé, solicité entrar en diciembre y me vine en junio, hace ya año y medio”.

Carmen se prejubiló a los 59 años y entró con 66, y sólo tenía la expectativa de que “fuera gente activa, no todos sentados sin hacer nada viendo pasar las nubes, y se ha cumplido porque el 90% estamos ocupados haciendo talleres que llevamos nosotros mismos todo el día”. Los enumera su compañera Lali Navas, de 70 años: “Tenemos comisiones de biblioteca, de huerto, de jardín, de comedor… Realizamos muchas actividades: danza, estiramientos, memoria, barro, informática, cerámica, un coro… Y los viernes y domingos, cine. También celebramos reuniones, participamos en muchas historias en el pueblo con sus habitantes, para carnavales, para las fiesta. Lo pasamos en grande”. 

Su marido, Francisco Molina, corrobora que “aunque no haya tanta actividad cultural como en la gran ciudad, teniendo en cuenta que somos personas mayores, ya nos apañamos”. En opinión de Carmen, “la gente aquí es muy solidaria y se ofrece a llevarte o hacerte recados cuando sale del pueblo”. Además, aunque les pille un poco a desmano el hospital más cercano, están tranquilos porque tienen una enfermería y doce trabajadores especialistas en geriatría pendientes de sus necesidades: “7 u 8 gericultores, enfermera, podólogo, peluquero, fisioterapeuta, psicólogo, asistente social… y se paga con la cuota fija que tenemos por nuestros apartamentos”. Eso a Carmen le da “mucha seguridad de que cualquier problema que tenga, cuando deje de ser autónoma y no lo pueda solucionar, sé que lo resolverán por mí y no tendré ni que pedirlo”.

En los estatutos de la cooperativa está prevista la cesión si fallece algún socio: “El apartamento pasa a sus herederos y, si están en disposición de irse a vivir, siguen haciendo lo que su antecesor. Si no quieren usar este derecho, el apartamento pasa a la cooperativa, que es la responsable de asignarlo, en una lista de espera, a las personas que cumplan los requisitos de Convivir. Básicamente, tener mínimo 60 años y pagar los gastos comunes”, apunta Molina.

Gastos en común

Rogelio Ruiz destaca las ventajas económicas de poner todos los gastos en común, al eliminar intermediarios, contratar suministros a gran escala y en un solo contrato, aplicar criterios de ahorro en el consumo y de amortización de energías renovables a medio plazo: “En Trabensol se instaló geotermia y suelo radiante de calor y frío que se va a amortizar en siete años”.

En cuanto a la normativa, los expertos de CoVER aconsejan “poner sobre la mesa cuantas normas de convivencia se les ocurran a cada uno y regularlo todo desde el principio para que no aparezcan conflictos irresolubles sobre la marcha”. Carmen reconoce que “siempre hay rocecillos, como que a unos les gusta más o menos la comida”, pero los van intentando resolver sobre la marcha.

Lo importante es que comparten lo positivo pero, cuando lo desean, pueden retirarse a sus apartamentos, “que son muy espaciosos para que quepan sillas de ruedas si es necesario”, a disfrutar de su propia intimidad. La convivencia preocupa a Natalia Vergara, soltera de 55 años que tiene la intención de buscar una comunidad así de cara a su jubilación, aunque “podría ser interesante antes”: “Vivo sola y me preocupa que haya diferencias y roces, por eso creo que es tan importante que cada uno tenga su espacio y que la ‘colaboración’ sea la naturalmente humana entre ‘vecinos’. Y por eso no creo que el rollo comuna pueda funcionar”.

Ella preferiría montar esta residencia dentro de la ciudad para acceder mejor a la cultura, quizás en edificios rehabilitados, como plantea el colectivo CoVER, “y, por supuesto, con amigos y gente afín, pero más en la forma de vivir y ver la vida que en lo profesional. Me daría igual casados que solteros que lo que sea, siempre que no fuera gente de mente cerrada y con poco de interés que aportar”.

En general, hay cooperativas de todos los perfiles y edades, aunque priman las de personas mayores porque para las de jóvenes, que suelen estar relacionados con la cultura colaborativa, “es muy posible que todavía esté por inventar el modelo adecuado”, sospechan en Bloque.

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