Vivian Maier (1926-2009) dejó 150.000 negativos -un fotógrafo profesional deja, tras una vida dedicada al oficio, entre 20.000 y 30.000- de los que apenas reveló algunos, mientras que se ganó la vida como niñera en Chicago y Nueva York, lo que le permitía consagrase a su vocación y su soledad.

Conservaba periódicos por toneladas, y su equipaje -también cámaras, negativos y material fotográfico- ocupaba doscientas maletas y paquetes, de modo que en algunas de las viviendas en las que se empleó como niñera hubo que sacar los coches del garaje para que fuese ocupado por ese “arca del tesoro”.

Así ha calificado el escritor Juan Bonilla los 150.000 negativos de Vivian Maier en la presentación en Sevilla de “Una vida prestada” (Lumen), la novela que Berta Vías Mahou ha dedicado a la fotógrafa que ha considerado “la Kafka de la fotografía”.

“Como Kafka fue una especie de bestia dedicada por entero a su vocación, vivía en soledad, sin casarse y sin tener hijos, su vocación se la comió; Kafka también tuvo mucha resistencia a publicar”, ha señalado Vías Mahou quien, sobre el valor artístico de esta obra fotográfica, ha insistido en que Maier era “muy consciente de lo que estaba haciendo”.

Exposición de Viviane Maier en la galería Colectania Exposición de Viviane Maier en la galería Colectania (Mané Espinosa)

Aunque la fotógrafa nunca intentó explotar su obra, sus negativos, que un particular compró en una subasta, se los disputan instituciones y museos y poseen un valor difícilmente calculable: Sólo para reproducir un autorretrato suyo en la faja que envuelve las cubiertas de “Una vida prestada” ha habido que pagar dos mil dólares.

Vías Mahou ha estudiado la vida de otras fotógrafas célebres coetáneas de Maier, entre las que las hay muy buenas y conocidas, que alcanzaron reconocimiento artístico, y otras que estudiaron en buenas universidades y disfrutaron de becas: “¿Por qué entonces Vivian Maier no mostró sus fotos?”, se ha preguntado la autora, para responderse:

“Porque su libertad estaba por encima de todo; por eso se ganaba la vida como niñera, lo que le permitía comprar más cámaras y viajar, y dedicar a la fotografía todo el tiempo libre que le quedaba; al ser niñera tampoco tenía que preocuparse de mantener una casa ni de pagar la calefacción…”

Para Vías Mahou la fotógrafa y la niñera son indisociables: “Se puede ser una persona culta y con sensibilidad siendo niñera”, una tarea a la que, ha señalado la autora con humor, dedicaba menos atención que a la fotografía, como demuestran algunos percances que sufrieron los niños que supuestamente cuidaba en sus visitas al parque mientras ella permanecía absorta disparando su cámara.

De la habilidad técnica de Maier da prueba que muchos de los retratos que hacía los obtenía con un sólo disparo, de una cámara Rolleiflex que, con visor, se maneja colocándola a la altura de la cintura y permite mirar a los ojos al retratado.

Vivian Maier, Chicago, Illinois. 1961. Vivian Maier, Chicago, Illinois. 1961. (Vivian Maier)

“Fue autodidacta, muy lista, con sentido del humor, sabía que dejaba un tesoro -ella lo dejó para que lo descubrieran, como un regalo para los demás-, y por eso guardaba primero en las casas en que vivía y después en guardamuebles todos sus negativos”, según Vías Mahou, quien también ha dicho que era una mujer que, para los autorretratos, nunca se peina ni se arreglaba -“todo lo contrario que para los ‘selfies’ de ahora”, ha señalado-.

Su trabajo estuvo marcado también por su temperamento, el de una persona con una infancia difícil que seguro que tuvo experiencias traumáticas, ha señalado la autora al añadir sobre sus autorretratos que se los hizo poco a poco, primero descubriendo su propia sombra en algunas de sus fotos, después captando su perfil reflejado en un escaparate, y luego atrapando su imagen en un espejo…

Juan Bonilla ha señalado que, además de su vida y de una obra tan descomunal, lo raro de Vivian Maier es que dejara “tantas obras maestras”, que poseyera “un mundo tan propio” y que todo eso “quedara oculto”.

Maier se ganó la vida como niñera en Chicago y Nueva York, lo que le permitía consagrase a su vocación y su soledad

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