Desde que el Partido Popular regresó a la Moncloa, la Guardia Civil ha reducido en más de un millón el número de controles de alcoholemia en nuestras carreteras. La noticia adelantada este jueves por la Cadena SER, provocó que en mi cabeza resonara también aquel célebre “¡Viva el vino!”, gritado con pasión por Mariano Rajoy. A veces hay que viajar al pasado para ser consciente de que algunas de las catástrofes que acontecen en el presente no son fruto de la casualidad. La política suele ser siempre el reflejo del alma de la persona o personas que la ponen en práctica. Y esta máxima, que aunque me la acabo de inventar, creo que es acertada, resulta especialmente aplicable a Mariano Rajoy.

Corría el año 2007. El carnet de conducir por puntos llevaba apenas seis meses en vigor y el PP trataba de convertir en votos el descontento que siempre lleva aparejado cualquier medida de tipo represiva. Eran los tiempos en que Esperanza Aguirre se solidarizaba con los fumadores de puros que clamaban contra la Ley Antitabaco y en los que Rajoy hacía loas al vino ante el endurecimiento de las sanciones para aquellos conductores que cogían el coche bajo los efectos del alcohol.

Aznar fue, como casi siempre, el que más claro verbalizó lo que pensaban los dirigentes del Partido Popular: “He visto un cartel en la autopista que dice «No podemos conducir por ti» ¿Y quién te ha dicho que quiero que conduzcas por mí? —preguntó desafiante el expresidente delante de las cámaras, antes de rematar la faena— ¿Quién te ha dicho a ti las copas de vino que tengo o no tengo que beber? Déjame que las beba tranquilamente. A mí no me gusta que me digan: «no puede ir a más de tanta velocidad»…”

Rajoy recuperó la presidencia en diciembre de 2011 y aunque no se atrevió a cambiar la legislación, sí varió la estrategia de línea dura que tan buenos resultados le había dado a la Dirección General de Tráfico. En los siguientes años las campañas de sensibilización frente a los accidentes se hicieron mucho más lights, el propio Gobierno lanzó el mensaje de que circular a 120 kilómetros por hora parecía claramente insuficiente y hasta la directora general de Tráfico se permitió en una rueda de prensa informar a los conductores del margen técnico exacto que tenían para sobrepasar los límites de velocidad sin ser multados por los radares.

La política inspirada por el “¡Viva el vino!” dio sus frutos. Después de 25 años de constante descenso en las siniestralidad vial, en 2014 volvió a crecer el número de víctimas mortales por primera vez. 1688 muertos ese año, 1689 en 2015 y 1810 en 2016, el último del que hay datos consolidados. Los primeros datos de 2017 señalan que la tendencia se mantiene a pesar de que el Gobierno tuvo que dar un volantazo a su estrategia recuperando las campañas publicitarias de contenido “duro” y evitando nuevas e irresponsables frivolidades.

También deberíamos mirar hacia el pasado en estos tiempos terribles en que la violencia machista golpea con una crueldad intolerable. Corría, igualmente, el año 2007 cuando el PP liderado por Rajoy fue el único partido que se abstuvo en la votación de la Ley de Igualdad. Coherente con esa estrategia, sus portavoces fueron, más tarde, muy críticos con Zapatero por crear un Ministerio dedicado exclusivamente a luchar contra la discriminación que sufren las mujeres.

Rajoy asistió complacido y sin mover un dedo al desfile machista de dirigentes populares que arremetieron contra Bibiana Aido y, ya de paso, contra el resto de sus compañeras ministras. No fue cesado el entonces alcalde de Valladolid por decir esto de Leire Pajín: “Cada vez que le veo la cara y esos morritos pienso lo mismo, pero no lo voy a contar aquí…”; ni fue reprendida la diputada Pilar Marcos por equiparar la violencia machista con el aborto. La filosofía popular la resumía en aquellos años Ana Mato: “Yo no soy ni machista ni feminista”, decía.

Tras el triunfo electoral de 2011, el lema falaz de la señora del Jaguar y el confeti impregnó por completo el Gobierno de Rajoy. En estos seis años el presupuesto destinado a luchar contra la violencia de género se ha reducido en un 25%. Ese déficit ha minado la política de prevención, ha asfixiado económicamente a las asociaciones que atienden y apoyan a las víctimas, ha reducido la habilitación de centros para mujeres maltratadas y ha evitado que se desarrollen políticas de educación y concienciación de la sociedad, especialmente entre los más jóvenes.

Mención aparte merece la falta de medios policiales para perseguir a los agresores y proteger a las víctimas. Galicia es un buen ejemplo de lo que ocurre en todo el país; en la tierra natal de nuestro presidente, según han denunciado los propios agentes, hay un solo policía para cada 37 mujeres que se encuentran amenazadas en un grado de riesgo medio y alto y que, por tanto, deberían recibir una adecuada protección.

En materia de violencia machista, Rajoy da la sensación de ir siempre tarde y a rastras. Tuvieron que pasar seis años y más de 200 asesinatos machistas para que se decidiera por fin a aceptar un pacto de Estado contra la violencia de género. En septiembre fue aprobado en una sesión parlamentaria en la que la ministra de Sanidad, Dolors Montserrat, se hartó de hacerse fotos y se llenó la boca de buenas intenciones.

Hoy, recién nacido 2018, sabemos que ese pacto es puro papel mojado porque el Gobierno no ha aprobado los 200 millones de euros necesarios para empezar a ejecutarlo. No estamos ante casualidades ni ante inacciones provocadas por la conocida vaguería de nuestro Presidente. Este PP no cree en la igualdad de la mujer y ve de aquella manera ese “lío” de la violencia machista. Al propio presidente le sigue fallando el subconsciente cuando no tiene los focos delante: “Recordamos con afecto a las mujeres que han perdido la vida a manos de sus parejas…”, escribía Rajoy en su cuenta de Twitter en 2016 con la supuesta intención de sumarse al Día Internacional Contra la Violencia de Género. “Las mujeres no perdemos la vida. Perdemos la llave o el autobús. Lo otro se llama asesinar”, le contestaba en esa misma red la periodista Carolina Abellán. Humildemente, insisto para terminar en una sola idea: la política (y no la cara) es el verdadero espejo del alma.

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