Víctor Laínez, fallecido la semana pasada en Zaragoza a causa de las heridas recibidas en un reyerta el viernes 8 de diciembre, había dejado de ser muchas cosas sin haber sido otras: motero y ‘boina verde’ de la Compañía de Operaciones Especiales (COE), entre las primeras, y, entre las segundas, legionario y militante de Falange, cuerpo y partido político con los que simpatizaba, con cuyos miembros mantenía relación y en cuyos actos, desfiles con camisa azul incluidos, había participado años atrás, según explican fuentes de su entorno y dan fe las redes sociales.

También era un habitual de la zona de las calles Heroísmo y Asalto, en la que  vivía, y en la que, junto a la puerta de un bar situado apenas a cien metros de la puerta de su casa y a no más del local en el que trabajaba su presunto asesino, Rodrigo Lanza, sufrió la madrugada del viernes una agresión mortal, en la que le destrozaron la cabeza y le desfiguraron la cara a golpes y patadas.

“Ni ha sido legionario ni ha sido paramilitar ni nada de nada”, explica uno de sus amigos, que se refiere a él como “buena gente, un español de bien” que en su juventud, durante el servicio militar, se alistó en las COE, las fuerzas especiales españolas, popularmente conocidos como ‘boinas verdes’.

Entre los círculos que frecuentaba había uno formado por exlegionarios y, aunque ideológicamente se inclinaba mucho más a la derecha que a la izquierda, también se relacionaba con gente de entidades ajenas a la política y, en todo caso, ubicadas en órbitas más cercanas a lo que hace décadas se conocía como ‘contracultura’ que a otra cosa. “Se relacionaba con gente de todo el espectro político”, señala una de las personas que lo trataron.

Motero y simpatizante de Falange

No obstante, Falange se ha referido a Laínez estos días como un “simpatizante” que “fue brutalmente agredido por lucir la bandera de España”, mientras su jefe nacional, Norberto Pico, lanzaba un mensaje en sus redes sociales para “solidarizarme con Víctor diciendo que yo también soy facha”.

Desde otros ámbitos, por el contrario, rechazan que se tratara de alguien que alardeara de sus posiciones políticas. “Era un veterano apreciado porque tenía palabra y honor, ideas claras, y nadie le comía el tarro ni tampoco él se lo comía a nadie”, explica un motero que lo trató cuando formaba parte del motoclub Los Templarios (antes estuvo en otro), entre cuyos miembros era conocido como ‘el demonio’.

“Nadie espera que le arrebaten a alguien de esta manera cobarde, por la espalda, solo espero que los culpables paguen su pena de la peor forma posible”, lamenta el perfil de Facebook del grupo motero.

Retirado por un problema de salud

Láinez, nacido en Terrassa (Barcelona) pero afincado desde hace décadas en Zaragoza, se había ganado la vida instalando aparatos de aire acondicionado y sistemas de refrigeración, oficio del que, años después de haber contraído el dengue durante un viaje por Costa Rica, se retiró de forma prematura por una dolencia respiratoria.

Divorciado y con dos hijos, cobraba una pensión de incapacidad y tenía su casa en la calle del Turco, una callejuela cercana a las calles Heroísmo y Asalto, al parque Bruil y a la plaza de San Miguel, una de las zonas de tapeo y bares que más ajetreo ofrecen, y más gente madura concentran, en las noches del fin de semana zaragozano.

La última noche de ‘Juepincho’

Esas calles, de nombres belicosos que remiten a los sangrientos combates de los paisanos con las tropas napoleónicas durante los Sitios del siglo XIX junto a la Puerta del Duque, son una de las zonas en las que, hace tres años, arrancó el ‘Juepincho’ con el que los hosteleros llenan de gente cada jueves el casco viejo zaragozano a base de tapas y consumiciones baratas, y en el que el día 7, víspera de fiesta, Víctor Laínez había participado con un grupo de amigos.

La cosa se alargó y la ronda pasó por el bar Tocadiscos, en la calle Antonio Agustín, donde coincidió con Rodrigo Lanza. Allí, pasadas las dos de la madrugada, comenzó una discusión que, según sostienen varios testigos y recoge la jueza en el auto de prisión, se inició cuando este le recriminó a Laínez “el simple hecho de portar, en el legítimo uso de su libertad personal, unos tirantes con los colores de la bandera española”.

El detenido, que ingresó este jueves en prisión provisional sin fianza, admite que le agredió, aunque asegura que lo hizo para repeler un ataque de la víctima con una navaja “cuya existencia cierta no consta en autos”.

Láinez, con la cabeza maltrecha y la cara desfigurada por la descarga de golpes y patadas que recibió, moriría cinco días después en el hospital.

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