Las palabras gruesas de Trump ocupan portadas cada día. Cuando amenaza con nuevos aranceles, China responde con igual mensaje. Cuando reclama más América y menos mundo, todos empiezan a pensar en entrecomillados, cursivas, posdatas y toda una (extensa) serie de excepciones a una globalización que empieza a cambiar.

Ya hay quien lo considera el inicio de una ‘nueva época’.

Salvo por un detalle: el presidente de Estados Unidos (EE.UU.) juega con una ventaja histórica. El país sigue siendo la mayor potencia económica y política global. Y, aún mejor, tiene bajo su gobierno no sólo un mercado más que apetecible para los principales fabricantes del mundo, en particular la República Popular de China, sino la Reserva Federal, y, con ella, el gobierno de la moneda en la base del comercio global, el viejo dólar.

El dólar, la clave de bóveda americana

Sólo hay que ir a los datos del Banco Internacional de Pagos (BIS) para corroborarlo en las cifras: el dólar es la moneda en la que los intercambios globales depositan su confianza. Es más: desde 2013 ha pasado de ser la divisa utilizada en el 87% de las transacciones a serlo en el 87,6%… Apenas son unas décimas. Pero la trayectoria es evidente. Crece, y no se contrae.

Aunque en el intervalo Trump ya estuviera en el poder.

Ranking de las divisas más negociadas en el mundo

Tanto, que el euro sigue siendo una anécdota importante (cayendo del 33 al 31% del total, pero un éxito si se piensa que sólo lleva en circulación dos décadas), y peor aún sale el principal dardo comercial del magnate norteamericano: apenas el 4% de transacciones internacionales se hacen de la mano del yuan chino (o renminbi).

Y no porque no lo hayan intentado. Por ejemplo, firmando Rusia y China contratos a pagar en la moneda del gigante asiático. Un ‘boicot’ al dólar como clave de bóveda para las relaciones económicas internacionales que apenas ha tenido recorrido –tampoco en sectores como el energético o las commodities, en los que, en teoría, partirían con una cierta ventaja por su estructura económica y recursos naturales.

Nada de ello en realidad está pasando hoy.

Importancia económica de la confianza

La razón, según los diferentes economistas, está en que los gobiernos pueden hablar, hablar y hablar –incluso Trump–, pero, al final, lo imprescindible es la “confianza” que en esa moneda tienen quienes la van a usar. Básicamente, la población y las empresas. Y en este ámbito, manipular el valor de la divisa e inflarla, o el tener un mercado propio poco transparente, juegan en contra. La razón, según recita Daniel Lacalle en un artículo reciente, “por la que el franco suizo o el dólar canadiense o australiano son más usados que el yuan y otras divisas a pesar de su aparente poder”.

Y la amenaza y la imposición tampoco cuentan.

El termómetro, por eso mismo, suele considerarse hasta qué punto la moneda en cuestión mantiene el estatus como reserva de valor y es aceptada como mecanismo de intercambio habitual. Y aquí la propia China ha dejado claras sus preferencias: es, de entre los países del mundo, la mayor tenedora de deuda estadounidense, seguida, muy de cerca, por (sí) Japón.

“A nivel global le falta mercado a pesar de que su economía es la segunda más grande del mundo. China sí que tiene la baza de tener muchos dólares en reserva, deuda acumulada de EE.UU., que es un juego de doble cara, bueno y malo. Es un jugador más. No le interesa una caída brusca”, señala Pedro Durá, profesor titular de Economía Monetaria y Financiera de la Universidad Complutense de Madrid.

¿Hay alternativa a la hegemonía del dólar?

Antes del dólar, el patrón oro era la referencia en la política monetaria. Dinero respaldado por una cantidad concreta de este metal preciado en un sistema monetario que entró en declive definitivo –tras varios altibajos– tras la segunda guerra mundial. En las últimas décadas es el dólar el que se ha convertido en la referencia cambiaria y en reserva de valor.

Como alternativas se han mencionado las monedas de las potencias mundiales emergentes. También las criptomonedas como el Bitcoin. O llevar adelante un nuevo Bretton Woods para dar por fin con una gobernanza supranacional de la política monetaria en un mundo global… ¿Pero quién está dispuesto a ceder soberanía? Un buen ejemplo es la propia experiencia de la Unión Europea y el euro.

El cambio sigue sin vislumbrarse.

Los gobiernos pueden hablar, hablar y hablar –incluso Trump–, pero, al final, lo imprescindible es la ‘confianza’

Porque, como dijo en una entrevista a El Confidencial Benjamin Jerry Cohen, catedrático de Economía de la Universidad de California, Santa Barbara, “lo primero que me dijeron cuando llegué en 1962 a la Reserva Federal es que EE.UU. estaba perdiendo su hegemonía. Fue hace 50 años. El hecho es que, aunque es menos poderoso, no depende de otros países, y el dólar sigue siendo la divisa preponderante. Desde luego no porque los gobiernos estadounidenses hayan sido eficientes. Ahora mismo tenemos un sistema totalmente disfuncional. No la ha perdido por la falta de alternativas.”

Japón lleva estancada desde los años 90. Europa vive dividida entre críticas a qué papel debe tener el euro y para qué Europa. El yuan chino lo respalda un país que plantea problemas de transparencia económica y política.

“El problema de la moneda es que los demás también la deben aceptar. Y si usas mal ese poder vas devaluando tu moneda. Desde la Segunda Guerra Mundial el dólar ha demostrado su aguante. Con Nixon salió del sistema del GATT, y luego cae con el Watergate. Entonces ya muchos supusieron que acabaría con su preponderancia, pero aguantó. También parecía que una moneda de referencia mundial no podía tener unas oscilaciones como las vistas en los años de Paul Volcker al frente de la Reserva Federal [1979-1986, ndr]. Y pasó la prueba. Y ahora con Trump aparece un discurso similar. Pero, aunque el futuro no se puede prever, el dólar como depositado de confianza parece mantenerse en el tiempo. EE.UU., por ejemplo, tiene una historia incluso de ausencia de la Organización Mundial del Comercio y si decide abandonarla difícilmente podría funcionar sin él”, resume Durá.

No hay que olvidar, además, que China depende en gran medida de las exportaciones a EE.UU. Y que Trump amenaza con el mercado de EE.UU. a la hora de negociar y sacar contrapartidas. Ahora con los aranceles. Un mercado con muchos consumidores y con capacidad adquisitiva. El presidente estadounidense sabe en qué tablero juega. Lo apuesta todo al caballo ganador.

A China le falta mercado a pesar de que su economía es la segunda más grande del mundo

Pedro Durá

Profesor titular de la Universidad Complutense de Madrid

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