1) Catalunya está tan profundamente partida en dos como reflejan los resultados electorales del jueves. Y posiblemente es una fractura mucho más definitiva e irreversible de lo que se puede sospechar desde el resto de España. En realidad, los catalanes sabemos que vamos a tener que convivir así, en esa dualidad, desazonados por la hondura del desencuentro, aunque con la esperanza puesta en que sea posible que todo acabe simplemente en eso. Con todo, la biología juega a favor del independentismo. Entre los que mueren cada día hay una mayoría de constitucionalistas, y entre los que nacen otra de futuros secesionistas. Es muy poco probable que desde dentro de Catalunya pueda gestarse una reconciliación en torno a un posible proyecto común de tipo federalista porque la mitad independentista psicológicamente ya está fuera de España y únicamente espera a que eso, más pronto o más tarde, pueda oficializarse.

2) Hay tres diferencias importantes entre este momento y el de la abortada declaración unilateral. La primera es que el independentismo sabe que se equivocó con el procedimiento y con las prisas. La segunda es que ya no le será posible continuar la impostura de hablar como si tuviese la representación de todos los catalanes. La tercera es que ya ha quedado constancia de que España sabe utilizar con eficacia su fuerza legal para imponer el cumplimiento de la Constitución. Todo eso apunta hacia una etapa autonómica especial, en abierta pero no delictiva disidencia con la Administración central y las demás instituciones de Estado, que para el consumo interno del mundo soberanista se justificará como un ganar tiempo mientras madura la situación.  La Catalunya constitucionalista ahora es consciente de su fuerza y dimensión, pero previsiblemente regresará a un papel preferentemente discreto mientras confía en que el Estado continuará defendiéndola.

3) ¿Que hará España? Es la gran pregunta que se hace hoy Catalunya. Cualquier abuso de fuerza tendría el mismo efecto bumerán que las violencias policiales gratuitas del 1 de octubre, y cualquier sobreactuación manifiesta en las decisiones judiciales reavivaría la emotividad frontalmente antiespañola que se ha vivido en media Catalunya durante la campaña electoral. Rajoy se equivocó convocando para tan pronto las elecciones, celebrándolas antes de la digestión de lo que había sucedido y antes de la llegada real de sus efectos negativos a la vida cotidiana de la población. Ahora la figura de Rajoy queda convertida en la gran prueba de fuego sobre la buena voluntad de España porque hay absoluta conciencia de su responsabilidad esencial, pasada y presente, sobre el crecimiento de la desafección catalana. Si España decide que continúe Rajoy el conjunto del Estado quedará todavía más alejado de lo que siente la gran mayoría de la población de Catalunya.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.