Los bosques españoles empeoran su estado acuciados por una combinación letal de sequía y ataque de plagas exacerbada por el cambio climático. Las masas boscosas del país muestran su peor estado desde que, en 1987, se iniciara su evaluación sistemática, según el último  Inventario de Daños Forestales elaborado por el Gobierno que abarca 2017. Los árboles presentan “valores incluso peores a los sufridos durante la sequía de 1995, describe el estudio.

El inventario muestra que más de un cuarto de los árboles están dañados (con pérdida de hojas superiores al 25%) al tiempo que los recuentos indican que las dos principales causas de daño forestal son la falta de agua y los insectos. La sequía provoca la mitad del deterioro y organismos, otro 25%. Dos fenómenos interconectados en el proceso de degradación de los bosques. Ambos recrudecidos por el aumento global y acelerado de la temperatura. El ritmo de deterioro en los últimos cuatro años es el más agudo, solo igualado por el periodo entre 1992 y 1995. 

Hace décadas que los estudios científicos dieron el aviso sobre la amenaza en forma de estrés hídrico y enfermedades que el cambio climático cernía sobre los bosques. Este análisis también fue admitido por el Gobierno español años atrás en sus  documentos de evaluación sobe el calentamiento global. La situación actual ha venido a confirmar las previsiones (y la inacción preventiva). “Lo que tenemos con el cambio climático son poblaciones de patógenos más fuertes y variadas atacando a un arbolado más debilitado. El cóctel es peligroso”, corrobora a eldiario.es Begoña de la Fuente Martín, ingeniera de montes de la Junta de Castilla y León y coautora de un  reciente estudio sobre el peligro de una plaga exótica fulminante del pino que ha llegado a Europa a través de Portugal y se encuentra a las puertas de España.   

En el último año, una plaga de tres tipos de hongos en Euskadi ha atacado con especial virulencia a los pinos. La voraz polilla china del boj ha continuado su expansión imparable y se ha recibido la alarma sobre el gusano del pino que ha estudiado la ingeniera De la Fuente. También se constata cómo aumentan los daños de la procesionaria. La destrucción por insectos del arbolado es provocada “en su mayor parte por un aumento de defoliadores”, dice el Inventario. Es decir: procesionaria que se come las hojas. 

Invasiones biológicas

El Gobierno vasco calculó en otoño pasado que uno de cada tres pinos afectados por este ataque fúngico debería talarse. Los hongos, presentes desde hace 40 años, se han visto favorecidos por las nuevas condiciones climáticas. Las plagas, que reciben los nombres de banda roja y banda marrón por cómo dejan los pinares, se han expandido por las 130.000 hectáreas vascas de pino californiano importado para alimentar la industria maderera. Una planta rentable que crece rápido, pero dedica poca energía a desarrollar autodefensas. 

También en 2018, la polilla china que devora los bojedales ha llegado a Catalunya tras su desembarco en Galicia en 2014 y su expansión por la cornisa cantábrica y el norte peninsular. En mayo pasado, la ingeniera de la Fuente alertó  sobre “el rápido proceso de expansión” de un nemátodo (gusano) del pino “con gran poder mortífero para, en cuestión de semanas, matar el árbol que infecta”, comenta. Proviene de Norteamérica.  La unión de estas especies dañinas invasoras y unas condiciones climáticas favorables para su proliferación por el incremento de temperatura tiene como consecuencia “un desarrollo exponencial de daños ante los cuales la vegetación no tiene apenas defensa”, según describía la Evaluación de impactos sobre el sector forestal del Ministerio de Medio Ambiente. 

Sin frío, proliferan los atacantes

“La mayor parte de las plagas tienen limitaciones por la temperatura, no era difícil prever que se verían favorecidas por un aumento”, cuenta el doctor en Biología y experto en procesionaria de la Universidad de Granada, José Antonio Hódar. De hecho, algunas especies pueden completar varios ciclos reproductivos sin el freno de un invierno más frío. “Además, ciertas variedades se han visto favorecidas al encontrarse con un hábitat muy favorable”, explica el doctor Hódar.

La extendidísima procesionaria “tiene a su alcance muchos pinos, más que nunca, para alimentarse”. Buena parte producto de repoblaciones que luego no se gestionaron adecuadamente. “Muchos pinos, plantados al mismo tiempo, con el mismo tamaño con parecida capacidad de competir y que ahora están entrando en crisis también al mismo tiempo al reducirse el agua que reciben”, lo que les convierte en más vulnerables y débiles ante los ataques.

La cuestión es que el calentamiento que experimenta la Tierra se está produciendo a un ritmo nunca visto lo que impide a las especies adaptarse a las nuevas condiciones. Si a eso se le añade el ataque de enfermedades, la combinación es más preocupante. “Los pinos resisten bastante bien a la procesionaria. Cuando un árbol está infectado reduce su capacidad de reproducción que compensa cuando la oruga se va pero, claro, si combinamos estrés hídrico y plaga, es más preocupante”, remata el biólogo.

El veredicto que los técnicos del Ministerio de Transición Ecológica han dejado por escrito en su recuento de daños resulta bastante concreto: “El estado general del arbolado experimenta un proceso claro de decaimiento, disminuyendo el número de árboles sanos y aumentando el de dañados. Si realizamos la comparación con el quinquenio anterior el deterioro es incluso más acusado”.

El biólogo Hódar se muestra pesimista en cuanto al futuro más inmediato: “El cambio es demasiado rápido”. Sin embargo ve en este proceso una oportunidad para recuperar el tiempo perdido en los bosques y convertir mucha superficie en “bosque más mixto, con diversas especies. Las masas de monocultivo son más vulnerables”.

Begoña de la Fuente coincide al señalar que la amenaza de enfermedades virulentas requiere “gestionar activamente nuestros pinares con el objetivo de mejorar la vitalidad de las masas y, donde sea factible ecológicamente, favorecer a las estructuras del bosque y a las especies menos vulnerables a la enfermedad”. Hódar deja flotando una advertencia:  “El problema es que gestionar bosques no es nada barato”.




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