Sobre las elecciones catalanas del 21-D planean por el momento tres sorpresas. La primera es que pese al indudable fracaso, sus electores castigan poco al independentismo. En la encuesta del CIS de esta semana obtendría el 44,5% de los votos frente al 47,8% de 2015. Pese a que todo lo prometido no se ha cumplido, el separatismo solo retrocedería un 3% y con 66 o 67 diputados estaría cerca de repetir la mayoría absoluta de 68 escaños. Actualmente tiene 72. Pero la encuesta posterior de ‘El Periódico’ le da mejores resultados, el 45,6% y de 66 a 69 escaños. La razón es que el independentismo es ahora un voto sentimental y populista para el que los resultados obtenidos en la pasada legislatura importan relativamente poco. Y además, la mayoría de las consecuencias negativas del 26-O todavía no afectan a la mayoría de la población.

La segunda sorpresa es que el ascenso de Cs y del PSC —muy notable el primero en la encuesta del CIS y el segundo en la de ‘El Periódico’— se debe poco a un corrimiento del voto secesionista y obedece mas a la captura del voto del PP en retroceso (Cs), a los nuevos votantes (Cs), y a la recuperación de antiguos votantes, algunos de los cuales se abstuvieron o pasaron a los comunes —la lista apoyada por Pablo Iglesias y Ada Colau— en el caso del PSC. El empeño de Iceta de captar antiguos votos moderados de CDC estaría todavía en el aire, en el 29% de indecisos que detecta el CIS.

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La tercera sorpresa es que según la encuesta de ‘El Periódico’ hay cuatro partidos casi empatados en intención de voto (la diferencia en diputados es mayor) en una horquilla que oscila entre el 20,5% de ERC y el 19% de Cs y el PSC pasando por el 19,3% de Junts per Catalunya, la candidatura de Puigdemont que apoya el PDeCAT.

Y lo más espectacular de esta tercera sorpresa es que ERC, a la que hace tres meses todo el mundo daba como ganadora indiscutible y a gran distancia del PDeCAT, puede ser atrapada por la candidatura Puigdemont.

Fracasado el proyecto prometido, el movimiento independentista se refugia en el sentimiento: Cataluña no puede perder el 21-D

Esto estaría ya a punto de pasar según ‘El Periódico’, el único medio que ha hecho tres encuestas en solo dos meses. En la del 23 de octubre, antes de la fallida independencia, los catalanes (68%) pedían a Puigdemont que convocara elecciones, cosa que acabó haciendo Rajoy al aplicar el 155, pero ERC era el primer partido indiscutible con una estimación de voto del 28,1% y 43 o 44 diputados frente al escaso 12% y solo 18 o 19 diputados del PDeCAT.

Sin embargo, en la del 3 de noviembre cuando ya estaba claro que el PDeCAT no se presentaría como tal pero apoyaría a Junts per Catalunya, la candidatura de Puigdemont, las cosas ya habían cambiado bastante. ERC seguía en cabeza, pero bajaba al 23,9% y 37-38 escaños mientras Puigdemont sacaba el 16,8% y subía a 24 o 25 diputados. La distancia se había estrechado espectacularmente con la candidatura del presidente “exilado” que hacía una intensa campaña desde Bruselas con la prensa pendiente de sus comparecencias ante los tribunales belgas.

Marta Rovira junto a un asiento vacío dedicado al encarcelado Oriol Junqueras. (EFE)Marta Rovira junto a un asiento vacío dedicado al encarcelado Oriol Junqueras. (EFE)

No obstante, la bomba fue la portada de ‘El Periódico’ del pasado jueves con el título “Puigdemont da caza a ERC e Iceta a Cs”. En efecto, ERC seguía en cabeza con el 20,9% y 30 o 31 diputados pero Puigdemont le pisaba los talones con el 19,3% y 29 o 30 diputados. En menos de dos meses ERC ha caído del 28,1% y 44 diputados al 20,5% y 30 diputados mientras la lista auspiciada por el PDeCAT subía del 12% y 19 diputados al 19,3% y 30 diputados. Una inversión espectacular a favor de la lista hecha por Puigdemont y avalada como mal menor por el aparato del PDeCAT, por Artur Mas y Marta Pascal (que no tienen buenas relaciones entre sí) para evitar que ERC se convierta en la Casa Gran del catalanismo, el calificativo con el que Mas definió a la CDC en marcha al soberanismo cuando gobernaba el tripartito.

¿Por qué Puigdemont, desde Bruselas, puede derrotar a la ERC de Junqueras, que encabezaba todas las encuestas y está en la cárcel de Estremera? La primera razón es que el voto separatista es hoy —fracasado el proyecto, al menos por el momento— un voto sentimental, de apoyo a la Generalitat, prohibida por el franquismo, y de rechazo a la intervención de Madrid y de los tribunales españoles. Y curiosamente Puigdemont desde Bruselas, con la prensa y las televisiones —no solo TV3— pendientes, encarna hoy mejor el martirio catalán que Oriol Junqueras que, desde la cárcel, solo se puede comunicar con los electores a través de cartas o algún artículo.

Y Puigdemont no es un político convergente típico sino un nacionalista catalán, radical pero con la libertad de no estar condicionado por una ideología o unos intereses de partido. Llegó a ser el candidato convergente a la alcaldía de Girona por casualidad. Y Mas lo nombró presidente a dedo, en enero del 2016, cuando vetado por la CUP tuvo que improvisar un candidato convergente. Eligió a Puigdemont porque era un radical que no escucharía cantos de sirena, quizás también porque lo vio como un suplente que le guardaría la plaza, y finalmente porque sabía que la CUP no lo vetarían. Las redes y amistades de Girona cuentan. Alguien ha dicho que Puigdemont ha sido un presidente de CDC, que pensaba como ERC y gobernaba como si fuera de la CUP. Una simplificación porque Puigdemont no tiene otra ideología que una fe nacionalista de “carbonero” (como el catolicismo de los 50 definía a los creyentes más espontáneos). Aunque ha sorprendido a más de un comensal amigo en el último año confesando que más de una vez había votado a ERC.

Puigdemont enarbola la bandera del independentista que planta cara con el referente de la figura del ‘president’ Francesc Macià

La segunda razón es que en este momento de gran desconcierto del independentismo (el fracaso del diseño de Mas azuzado por Junqueras y precipitado por la impaciencia de la CUP y de otros), Puigdemont ha sabido refugiarse en la dignidad del cargo y en el independentismo más instintivo que racional. Hay que plantar cara porque sí, porque el independentismo no puede perder sin dar la batalla. Muy distinto pero que recuerda algo al Aznar que decía que había que sentirse español y de derechas sin complejos.

En este sentido es posible que Puigdemont, derrotado y humillado, tenga como norte o referente la figura de Francesc Macià i Llussà, el presidente de la Generalitat en 1931 tras la proclamación de la República. Macià era un teniente coronel que “rompió la espada” cuando en 1906 los militares asaltaron la redacción del semanario satírico ‘¡Cu-Cut!’ y de ‘La Veu de Catalunya’. Fue diputado nacionalista en varias legislaturas de la monarquía y se exilió cuando el golpe de Primo de Rivera. En 1926, tras un fallido viaje a Moscú en el que buscó el apoyo soviético, intentó invadir España con un grupo de voluntarios a través del pueblo pirenaico de Prats de Molló. Pero en aquel tiempo había espías más eficientes que los que el 1 de octubre no lograron encontrar ni una urna en Cataluña, y fue detenido por la policía francesa y juzgado en París, lo que le dio una gran popularidad como resistente catalanista a la dictadura militar. Pasó a Bruselas y luego a La Habana, donde recogió fondos de los catalanes que habían hecho fortuna en Latinoamérica. Ya antes había fundado Estat Català, un partido rígidamente independentista. Pero en febrero del 31, tras la caída del dictador, volvió a Cataluña y para concurrir a las elecciones municipales de abril puso entre paréntesis a Estat Català y formó, junto a republicanos federalistas —como entonces Companys— Esquerra Republicana de Catalunya, un partido atrapatodo en el que solo se exigía catalanismo y republicanismo de alto voltaje. Y ganas de ser elegido.

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Todo el mundo esperaba que las elecciones las ganara Acció Catalana Republicana, un partido muy catalanista de centro-izquierda, dirigido por profesionales de prestigio como Nicolau d´Olwer, firmante del pacto de San Sebastián. Pero Macià hizo una lista oportunista y de circunstancias —incorporando a Ramón Franco, el hermano del Caudillo, y a otros militares represaliados— y liquidó a Acció Catalana. Entonces ERC se convirtió en el partido dominante de Catalunya.

Carles Puigdemont interviene por videoconferencia desde Bruselas. (EFE)Carles Puigdemont interviene por videoconferencia desde Bruselas. (EFE)

Puigdemont se ha inspirado en Macià. Desde el exilio ha hecho una lista heteróclita y transversal que hace bandera de incluir a activistas sin partrido como Jordi Sánchez, el presidente encarcelado de la ANC (el dos de la lista) y Jordi Torra de Omnium Cultural (menos conocido). También a los Consellers de CDC que estaban en prisión como Jordi Turull, Josep Rull y Joaquim Forn; a Laura Borràs, una activista cultural y entusiasta catalanista; al periodista Eduard Pujol, director hasta hace unos días de RAC 1, la radio más escuchada en Cataluña; la historiadora Aurora Madaula; la economista Elsa Artadi, su más cercana colaboradora en la Generalitat que fue asesora de Mas-Collell, con poca experiencia política y escindida hace poco del PDeCAT; el pedagogo y filósofo Lluís Font i Espinós (intelectual de cabecera de Marta Rovira)… y en puestos menos seguros de salida Ferran Mascarell, delegado hasta hace poco de la Generalitat en Madrid, antiguo socialista cercano a Maragall y hoy próximo a Mas, la presidenta de la Asociación de Municipios por la Independencia AMI y alcaldesa de Vilanova i la Geltrú, Núria Lloveras, que al contrario que Ada Colau no ha roto el pacto municipal con el PSC pese al 155, la diputada convergente Maria Senserrich… En suma un auténtico ‘cocktail’ en el que lo que más sorprende es la ausencia de Marta Pascal y David Bonvehí, los coordinadores del partido. Quizás más impuesta por Puigdemont que voluntaria.

El PDeCAT ha impulsado la candidatura heteróclita de Puigdemont para impedir la gran victoria de ERC que predecían las encuestas

Puigdemont ha lanzado una candidatura que enarbola la fidelidad al presidente legítimo, destituido por el Gobierno español y perseguido por los tribunales y que defiende valientemente la causa catalana en una Europa que —”egoista y por pactos oscuros con el gobierno postfranquista de España”— no atiende al derecho a decidir. Una Europa a la que Cataluña —con su gran idealismo— querría pertenecer. No se trata, como se ve, de una candidatura con proyecto ideológico solvente, sino de una llamada a la rebelión de una parte amplia de la sociedad catalana. Del 44,5% según el CIS.

Artur Mas en un mitin en Bruselas. (Reuters)Artur Mas en un mitin en Bruselas. (Reuters)

¿Por qué Artur Mas y Marta Pascal han incitado, tolerado y aceptado —a regañadientes— la candidatura Puigdemont? Porque el PDeCAT era visto como demasiado ligado a los intereses convergentes de siempre, incluida la familia Pujol, y carecía del gancho electoral de la ERC resucitada, primero por Carod-Rovira, que volvió a poner el independentismo en la agenda, y luego por Oriol Junqueras. Artur Mas —que como decía el jueves Nacho Cardero piensa en volver— no quiere que ERC se convierta en la Casa Gran. Y Marta Pascal ha debido concluir —quizás con razón— que lo peor era convertirse en un partido marginal. Primero, tener votos. Luego, intentar hacer política. Y ambos creen que tras el 21-D Puigdemont será un juguete roto porque no podrá regresar a Cataluña. Entonces recuperarán el control. ¿Cómo? Bueno, Artur Mas tiene en el cuarto lugar de la lista a Jordi Turull, que era su preferido para mandar en el partido cuando la fundación del PDeCAT, antes que Marta Pascal, David Bonvehí y otros jóvenes cachorros como Mercè Conesa, presidenta de la Diputación de Barcelona, se rebelaran contra él en el congreso fundacional del PDeCAT.

Pero estas razones —refugio en el sentimentalismo del electorado separatista, imagen de independentismo radical, transversal y sin complejos de Puigdemont con la figura de Macià como referente, y rendición provisional del aparato de la vieja CDC para evitar un gran triunfo de ERC— no habría podido prosperar sin que a ERC le hubiera tocado una racha de mala suerte.

Oriol Junqueras ha quedado paralizado en la cárcel de Estremera, mientras que Marta Rovira no convence y carece de un perfil presidencial

Y la mala suerte suele ir acompañada de errores o de elecciones racionales que —por causas inesperadas— resultan equivocadas. La no convocatoria de elecciones por Puigdemont y el 155 era entrar en territorio desconocido, un territorio en el que Junqueras tenía más que perder que ganar. Y así ha sido. Junqueras no lo vio o, presa del frenesí de su partido no lo supo o no lo pudo imponer. Luego optó por quedarse en España y afrontar la situación —lo racional— pero la improvisación oportunista de Puigdemont —el exilio a lo Macià— y el rencor del aparato del Estado —quizás máss que el de Rajoy— le han dejado varado en la meseta mientras las cámaras de televisión acarician a Puigdemont. El exilio estrafalario del ‘president’ se ha revelado comercial.

El cabeza de lista de Catalunya En Comú-Podem, Xavier Domènech. (EFE)El cabeza de lista de Catalunya En Comú-Podem, Xavier Domènech. (EFE)

Y sin poder actuar, con sus colaboradores más próximos fuera de combate y con un balance económico poco presentable —el candidato de los comunes Xavier Domènech ha dicho que le sabe mal porque está en la cárcel pero que es catastrófico—, Junqueras ha cometido otro error al entronizar a Marta Rovira. Rovira le fue útil para mantener la disciplina en el partido, para aplicar en ERC —partido con bien ganada fama de asambleario— la receta guerrista de “el que se mueve no sale en la foto”. Pero es una mujer que apenas ha salido del aparato del partido, de la Cataluña mas tradicional y menos urbana, incapaz de seducir —a lo Junqueras— mostrando ilustración y empatía con interlocutores alejados, y con una inclinación al sectarismo ideológico y partidista que confunde con la defensa honesta de las propias convicciones. Quizás pueda tener virtudes, pero no puede competir con Puigdemont, tan independentista como ella pero con el olfato de una familia comerciante, de haber viajado por el mundo y con su mentalidad algo “chava” de presidente de club de fútbol que siempre cree que su equipo debe ganar pero que sabe que negociar el fichaje de jugadores requiere mano izquierda y que conviene saber las inclinaciones de los árbitros. Y que además es el ‘president’.

Marta Rovira ya ha demostrado que no da la talla y ni Junqueras —aislado— ni ERC tienen capacidad para relevarla antes de las elecciones. Territorio pues abonado para Puigdemont al que los mejillones de Bruselas parecen darle fuerza.

El antiguo Conseller de Justicia, Carles Mundó, sabía —y lo defendió junto a Santi Vila— que lo mejor para Cataluña (y para su líder) era ir a elecciones antes de la ruptura. Pero ser razonable y calculador en la única carta que ahora tiene el independentismo —el sentimentalismo victimista— no es la buena receta a corto.

El independentismo tiene pues la esperanza de un empate favorable, aunque sea por la mínima y crece la posibilidad de que Puigdemont en la recta final se haga con el maillot amarillo. Y los 45.000 separatistas que fueron a Bruselas para protestar contra el 155 estaban haciendo al mismo tiempo —fueran de ERC o del PDeCAT o de la ANC y lo supieran o no lo supieran— un relevante gesto a favor de la campaña de Puigdemont. En el debate de candidatos de TVE de aquella noche se vió que el representante de Junts per Catalunya, el convergente Jordi Turull, ya era consciente de que los astros les eran favorables.

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