Esta columna iba a llamarse “Querida Rose McGowan”. Después pensé en llamarla “Querida Catherine Deneuve”. Si la columna hubiese ostentado el primer título, habría hecho una reflexión, dirigiéndome de forma ficcional a Rose McGowan, sobre el hecho de ser la primera en señalar una injusticia, la primera en quedar a solas con esa acusación, en suspenso, esperando a que la gente que sólo observa y no se pronuncia reaccione. Habría hablado del dolor de ver cómo tu denuncia es regurgitada en forma de producto de marketing, en un mensaje positivo después de un hashtag, después de haber sido silenciada y apartada de tu carrera profesional por aquellos que preferían no escuchar tu voz. Si la columna, en cambio, se hubiese dirigido a Catherine Deneuve, me habría visto escribiendo un manifiesto ironizante -a veces es más sano para el hígado dirigir el resquemor hacia la burla justificada- riéndome de esa cultura de la seducción que permite que las alimañas sean consideradas lobos de espalda plateada, dueños y señores de seducir torpemente al objeto de su deseo, aunque este dé claras muestras de pasar del asunto.

Finalmente, he tenido a bien titular este texto como “Querida Maricarmen”. Según Google, María del Carmen es el nombre que más mujeres llevan en España. María del Carmen, sería el metro sesenta, el calzado del numero 38, el pelo castaño, los ojos marrones; esto es: la mujer media española. ¿Por qué dirigirme a Catherine Deneuve, a Catherine Millet, o bien, cambiando de “bando”, a Rosanna Arquette o Mira Sorvino? ¿Acaso van a leerme ellas? ¿Acaso a alguna de nosotras, maricármenes medias, mujeres que viajamos en apretados vagones de metro, que hemos sido becarias en empresas, que en su momento asistimos a revisiones de exámenes, que tuvimos, tenemos o tendremos compañeros de trabajo hombres y cenas de empresa, nos incumben, en última instancia, los trapos que estas señoras se lancen mutuamente a la cabeza?

Soy consciente de que la industria de Hollywood, la del cine en general, y estas señoras en particular, son los rostros visibles de una injusticia (o no, según el frente francés de liberación del baboso) que nos sucede a estas otras, nosotras, las del metro, la beca, el culo tocado sin permiso en la calle, el jefe que se propasa y contra el que nadie hace nada. Nosotras, maricármenes, mujeres medias que probablemente nos hayamos encontrado frente a abusos de poder parecidos a los suyos, podemos recibir cierta influencia de un movimiento mediático que insta a señalar el abuso, a confesar el acoso, a hacer -y esto es muy valioso- lícito el dolor por haber sufrido un encontronazo de este tipo.

Pero no nos engañemos: discutiendo furibundamente en redes y mostrando apoyo a uno y otro bando sólo gastamos nuestras energías en unas señoras que no saben ni quiénes somos (y a las que muchas vueltas tendrá que darles la vida para que un desconocido les muestre el pene en el metro, asqueroso patrimonio de una clase de vidas muy alejadas de la suya). 

Dice Jessa Crispin en su libro Por qué no soy feminista. Un manifiesto feminista que el feminismo no debe ser cómodo, que no puede ser cobarde, y que eso precisamente es lo que está sucediendo. En los últimos tiempos, perdonen ustedes, pero veo que vamos deslizándonos precisamente por la cara amable de este movimiento: de alguna forma, lo hemos transformado en algo bonito, blando, destinado únicamente a que una misma viva bien. Este feminismo blandurrio y acomodaticio es completamente inútil, como lo es prácticamente cualquier moda. Está bien como punto de partida estético, pero, en mi opinión, tiene pocas bazas para lograr algún cambio. Dicho con otras palabras: a la mano del jefazo que está a punto de sobar a una becaria, al gañán borracho que va a entrarle por tercera vez, ya empujándola contra la mesa, a una mujer en un bar, al maltratador oculto bajo la piel de cordero de un tipo simpático y sensible, poco les importa que vilipendies a Deneuve y alabes a Salma Hayek, y viceversa.

¿Por qué, en lugar de insultar a Catherine Millet o ensalzar repetidamente la mirada feminista de El cuento de la criada, no recordamos los momentos en los que quizás debimos levantar la voz, señalar y decir: esto es injusto? A lo largo de mi vida he sufrido abuso y acoso en mis propias carnes, como los han sufrido la mayoría de mis amigas y conocidas. Un jefe sobón al que no supimos parar ni callar, y ni siquiera denunciar. Si hablamos, fue para recibir el vacío de toda la empresa, un encogimiento de hombros, un “vaya putada, pero es que esto es así”. He visto, a lo largo de los años, cómo gente maja, gente incluso implicada en luchas políticas, se retraía como un bivalvo al que le echan un chorrazo de limón en el momento de la lucha más de a pie. Gente que era incapaz de posicionarse en un caso claro de maltrato, y que continuaba saludando educadamente al bicho que, de haber estado bien lejos, en otro continente, y de haberse llamado Harvey Weinstein, habrían difamado sin miedo en redes, e incluso habrían escrito cosas del tipo “Este asqueroso merece morir” sin que les temblasen los dedos.      

Por eso digo: Querida Maricarmen, no seas cobarde. Cuando digo Maricarmen, me refiero a esta masa de la mujer española media como si fuésemos un fiero Anonymous que, en lugar de máscara, ostentase todo lo contrario a esa ocultación: un cuerpo expuesto, desde que nace, a toda clase de abusos e injusticias. Querida Maricarmen, no gastes tus energías en el mantenimiento de una farsa activista en redes. Me jugaría los dientes a que muchas maricármenes que han actuado con ira hacia los abusos de Hollywwod, no fueron capaces de apoyar en su momento a una chica abusada de su pueblo, simplemente porque el abusador era su primo, o un tipo que les podía conseguir un trabajo en no sé dónde, y, claro, no era plan, no era cómodo, no era útil para el beneficio propio, apoyar a esa chica. Cuánto más fácil es sonreír, hacer como si nada sucediese, y seguir adelante con la vida.

Querida Maricarmen: Ni siquiera te pido que vayas a manifestaciones, sino que, si en tu vida real -no en Hollywood, no en el plató de una superproducción- en tu barrio de Cuenca, en tu distrito de Usera, en tu empresa en Bilbao, en tu grupo de amigos de Moratalaz, en tu familia repartida entre Valladolid y Burgos, en esa beca de prácticas en un polígono de Alcobendas, ves cómo a alguien le sucede algo de lo que le sucedió a la Salma o la Rose o a la Kate Beckinsale de tu entorno, actúes con la misma convicción y valentía con la que ahora mismo insultas a Deneuve y a Millet y defiendes a Oprah. Será duro, tu vida cambiará, quizás algunas personas te retiren el saludo. Nada de eso, en principio, va a sucederte desde la seguridad de tu sillón, poniendo ‘vaya chunga’ bajo una foto en Facebook de Rainer Fassbinder ni ‘ole sus ovarios’ bajo otra de Uma Thurman o Mira Sorvino. Pero nadie dijo que el feminismo fuera algo bonito, cómodo y fácil. 

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