Hace un par de días, caminando por una céntrica calle de San Sebastián, divisé a un grupo de cinco adolescentes que se aproximaban. Cinco mujeres de entre 14 y 18 años (me pasa ya como con los bebés, que lo mucho que me he alejado de esa edad anula mi capacidad de calcularles los años) avanzaban por la mitad de la calle, torpes pero fingiendo no saber siquiera lo que era la torpeza, como buenas criaturas inmersas en un inmenso pavo. Y de pronto lo vi. “I’m the voice of my generation”. Ese lema -soy la voz de mi generación- estaba estampado en las camisetas blancas de tres de ellas. En un principio, en su absurdez, el efecto resultaba casi cómico: una marca de ropa estampa un eslógan (quizás inspirada en la frase de Hannah Horvath en la serie Girls- que aboga por lo genuino y lo único, vende millones de camisetas, cada una de ellas clamando por lo especial que es la persona que la viste, y en una misma pandilla de amigas, tres de ellas deciden comprársela y vestirla al mismo tiempo. Sonreí un poco, casi reí, pero la carcajada quedó cortada de pronto por el desaliento. La realidad cayó sobre mí como un mazazo.

Pensé que esas muchachas, cada una ostentando -de forma poco meditada, supongo- un mensaje que les confería cierta presunción de entes con poder del bueno, con una idea magna que transmitir, con una chispa especial para lanzar un mensaje a este mundo absurdo. Me asustan estos mensajes demoledores, esta falsa fuerza a golpe de serigrafía sobre tela, porque lo cierto es que nadie -y cuando digo nadie, me refiero a ningún millenial, somos, así, a grosso modo, la voz de nada-. De hecho, ni siquiera poseemos una voz. Nuestro mensaje, nuestros intentos por comunicar, son un débil hilillo, un gemidito ahogado, no más que eso. La única voz que podemos tener es una grabación con el tono robótico del loquendo que suelta una retahíla de palabras aprendidas.

He tenido la mala suerte en estas fechas de asistir a un reguero de confesiones de gente algo menor que yo, personas que empezaron su vida laboral colaborando en medios que se nutrían de su capacidad de trabajo e ilusión, obviando remuneraciones de cualquier tipo. “Pro bono”, me dijeron que se llamaba ahora este sistema. “Pro bono”, un latinismo que significa “Por el bien público”, y que suena casi bien, a “carpe diem”, a algo que quedaría precioso serigrafiado en una camiseta a la altura del pecho, pero que, aplicado a estos tiempos que corren (y al lenguaje viperino de ciertos directores de medios), simplemente significa que no vas a ver un puto duro. Me dio la sensación, no obstante, de que estos jóvenes concretos con los que hablé mantenían una cierta ilusión que se apoyaba, fundamentalmente, en el uso de estas expresiones, simples barnices ocultadores de la miseria. Esa fachada bálsamo, ese trabajo como adorno, complemento de una vida que también correrá peligro de ser máscara ocultadora de la nada entendida como injusticia más absoluta. Esa frase exculpadora, como un lema en una camiseta de una adolescente que come pipas, ajena a la atrocidad que van a perpetrar sobre su vida.

Cuando veía la película La Máscara de pequeña me identificaba con el protagonista. Todos éramos ese Stanley Ipkiss pardillo que ocultaba a un genio chispeante en su interior. Volví a ver esta película hace un mes, y, ante mi propio horror, empaticé brutalmente con la periodista mezquina que traiciona al protagonista para conseguir un maletín de dinero y así pagar su piso, porque con los artículos que escribe no gana para vivir. Obviamente, no es que este comportamiento concordase con mis principios, pero esa angustia en los ojos de aquel personaje que había olvidado, que de niña me había pasado completamente desapercibido, me hizo sentir un vuelco al corazón, porque era la misma que yo sentía.

Y se me apareció, como lema salvador, la palabra GRESCA. Esta expresión -que suele entenderse como pelea, algarabía llena de violencia- expresa, por su airecillo atávico castellano y su sonoridad, la clave para caminar hacia la luz. No hablo, obviamente, de pegarse de hostias ni de partirse los morros. La gresca que promuevo es la que conlleva levantamiento del espíritu, el ser capaz de abandonar las buenas maneras y decir amablemente: “Lo siento, pero no puedo trabajar sin cobrar. Nadie debería hacerlo”. O bien: “¿Has pensado en que si no tienes dinero para pagar a tus trabajadores simplemente no deberías fundar una revista, una agencia, una productora?”. Y acaso también: “Llevamos cuatro días saliendo de la oficina a la una de la mañana. Lo siento, pero tengo que poner lavadoras, cuidar a mis seres queridos. Tengo que vivir”.

Así pues, amigos, montemos gresca. No estampemos esta palabra en una camiseta (aunque qué bonita, en rojo sobre blanco, pero no). Montémosla, porque es lo único que, lejos de convertirnos en la voz de una generación, podrá acercarnos al gran propósito de año nuevo: ser la voz de una vida. La nuestra.

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