¿Son suficientes 400.000 votos para acaparar el discurso político de un país de 46 millones? En la era de la política vía redes sociales, sí. No hace falta fichar a un gran gurú tecnológico ni poner en marcha una innovadora estrategia secreta. Basta con explotar algunos mecanismos básicos de Internet y beneficiarse de sus efectos secundarios víricos para los que, pese a haber sido ampliamente estudiados, aún no existe una vacuna efectiva.

En un debate digital lo más importante es quién controla el algoritmo, ya que es quien escribe las reglas del juego. Las redes sociales no son un terreno neutral. Son empresas que ganan dinero gracias a las interacciones de sus usuarios. De ellas extraen datos personales sobre sus gustos, ambiciones o necesidades, que sirven para perfilarlos como consumidores y vender a las agencias de publicidad la posibilidad de poner anuncios solo a potenciales clientes, a usuarios que ya han demostrado algún tipo de interés en su producto.

Olvida los “me gusta”: la actividad del usuario es la base del negocio de las redes sociales y éstas han aprendido a minar datos sin tener que recurrir a que estos pulsen un botón. Toda la navegación por sus plataformas está completamente monitorizada para inferir información. Hasta la velocidad a la que los usuarios navegan por encima de determinados contenidos, o si se detienen tres segundos en uno antes de seguir bajando, les sirve para saber mejor quiénes son.

Las redes sociales descubrieron que los contenidos que generaban más interacciones, más negocio, eran los que hacían aflorar sentimientos extremos en las personas. Después, que los sentimientos extremos más sencillos de provocar eran ira, escándalo u odio. Es mucho más fácil enfadar que cautivar. Las cadenas de televisión ya lo sabían: “Internet en ese sentido replica el mundo real previo. Las tertulias, incluso antes de la existencia de Internet, ya buscaban ese nivel de confrontación”, explica Gemma Galdón, directora de la Fundación Éticas. 

“Polarizar, crispar y extremar pega a los otros a la pantalla”, coincide Víctor Sampedro, catedrático de Opinión Pública. ¿Por qué tardaron tanto Facebook, Twitter, Google o YouTube en reaccionar ante las noticias falsas, a pesar de que eran conscientes de que sus plataformas se habían convertido en pozos de información nociva? Porque las fake news son una auténtica bomba de atención e interacciones. Los algoritmos de las plataformas digitales guían a sus usuarios por los contenidos que son más rentables para ellas. No es una voluntad oculta de destruir el mundo, son solo negocios. Es el método más rápido para ganar dinero.

Además, pueden recibir un dopaje automatizado. “Por muy poco dinero tienes a 5.000 personas en la India induciendo tráfico e interacciones falsas para engañar a los algoritmos y hacer que crean que algo es popular de forma artificial”, alude Galdón. Se trata de un amplio mercado en el que operan granjas de bots, influencers a sueldo y cuentas mercenarias, aquellas que cambian de discurso según el cliente. “Se buscan las vulnerabilidades de las personas para poder manipularlas mejor. Hay una inversión muy grande en entender cómo funcionan estas dinámicas de comportamiento e intentar incidir sobre ellas son múltiples fines”, continúa.

¿Tienes poco peso político? Entra en las redes como un elefante en una cacharrería y sé abiertamente extremo. Te generarás innumerables críticas y una multitud se te echará encima. Seguramente en el proceso  salgan datos a la luz que cuestionarán tu discurso y se desmientan tus mentiras, pero la posibilidad de que eso quede sepultado entre miles de informaciones es alta.

“La espiral de crítica lo que hace es fortalecer a los adeptos, a las personas ultra-convencidas o que ya militan por una idea. A cambio, obliga a dar cada vez una vuelta de tuerca más y aumenta la visceralidad, lo que expulsa a los sectores tibios, a una mayoría más blanda que rehuye la agresividad del combate digital”, explica Antoni Gutierrez Rubí, consultor político especializado en el terreno virtual. “Entonces solo quedan los núcleos duros. Toda la zona gris desaparece, lo que acaba fortaleciendo a tu rival, que de punto de partida quizá tenía mucho menos peso político, militante o digital, pero que al generar una polémica muy intensa y expulsar a los que forman mayorías, se iguala contigo”.

Hay una figura digital conocida por su maestría para canibalizar la atención de los usuarios empleando muy pocos recursos. Es el troll. Lanza mentiras y finge que su interés es debatir como uno más, pero solo desea disfrutar viendo como los demás lo rebaten. El consejo de Rubí, el de siempre: “No lo alimentes”. 

“El escándalo, la provocación, tiene un gran capacidad para descentrarte. Tu oponente no quiere tus argumentos sino atraparte en la disputa digital. Eso fagocita tu tiempo, ayuda a difundir sus ideas, expulsa a los sectores moderados y además alimenta el algoritmo de tu contrincante en detrimento del tuyo”, enumera. En resumen: “Es un malísimo negocio”.

Ahora que tengo tu atención 

Vox ha conseguido ocupar una gran porción del debate político online, y no ha sido solo gracias a sus simpatizantes. Como demostró un análisis de la investigadora de la Universidad Carlos III Mariluz Congosto en Twitter, la mayoría de los comentarios sobre el partido de ultraderecha vienen de perfiles de izquierda y centro-izquierda. Analizó un período amplio, del 17 al 27 de diciembre, cuando el asesinato de Laura Luelmo, el Consejo de Ministros celebrado en Barcelona o la elección de la Mesa del Parlamento andaluz ocuparon las noticias. Lo que opinaba Vox sobre ellas atrapó gran parte del tiempo de los usuarios.

La crítica masiva también es un medio para dar a conocer sus ideas. Como recuerda Víctor Sampedro, acaparar el debate desencadena toda una serie de procesos que no son exclusivos del terreno digital, pero que han sido universalizados por las redes. El más importante, apunta, es que fija el marco mental: “La opinión mayoritaria es la crítica, pero eso les beneficia en el eje del discurso. Son sus ideas las que se discuten”.

Si la teoría del tiempo como bien escaso y el Don’t feed the troll son casi tan viejos como Internet, la que entra en juego en este punto tiene más de una década. Es el principio de “No pienses en el elefante”, enunciado por el lingüista George Lakoff en 2007. Se basa en que es imposible no pensar en un elefante cuando se escucha esa afirmación. “Los marcos de referencia no pueden verse ni oírse. Forman parte de lo que los científicos llaman el «inconsciente cognitivo»”, detallaba Lakoff. “En política nuestros marcos conforman nuestras políticas sociales y las instituciones que creamos para llevar a cabo dichas políticas. Cambiar nuestros marcos es cambiar todo esto. El cambio de marco es cambio social”.

Llevado a la práctica: Santiago Abascal dice que las denuncias falsas por violencia machista afectan “a millones de hombres españoles”. El líder de Vox es desmentido por medios de comunicación y organizaciones feministas, que citan al Consejo General del Poder Judicial, el órgano de gobierno de los jueces, que dice que solo el 0,0078% de ellas son falsas. Pero entre una cifra y otra se genera un gran ruido potenciado por redes y medios de comunicación y un problema que no existe colapsa el discurso político.

La trampa es que ese ruido no es representativo de la opinión pública. Lo explica Sampedro: “No se puede identificar en ningún momento un debate en Twitter o cualquier red corporativa publicitaria con el discurso social. Tampoco las tertulias en las televisiones privadas, a las que llaman a estrambotes que calientan a los adversarios para atraer audiencia. Los dos son montajes para ganar dinero y votos”.

Vox está utilizando las mismas estrategias que Donald Trump, pero no se basan en una herramienta digital secreta para hackear voluntades (algo que no se ha demostrado que pueda hacerse solo con el rastro de datos personales que tienen las redes sociales, ni tras un año de investigación del escándalo de Cambridge Analytica). Donde Trump gritaba “muro”, Vox dice “52.000 inmigrantes ilegales”, mientras que su alegato contra el ObamaCare tiene el eco de la Ley de Violencia de Género en España. Medidas con incontables críticas que consiguieron robar el debate en redes y ocupar portadas.  




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