En el golfo Pérsico, allí donde el mar se adentra caprichoso entre una maraña de áridas montañas, se encuentra la península de Musandam, separada totalmente del resto de Omán por una franja de territorio del emirato de Sharjat.

La zona se conoce como los fiordos de Omán. Veinte kilómetros de intrincado litoral formado por montañas que son pura roca y que alcanzan más de 2.000 m de altura. Aunque –hay que decirlo–, las cálidas aguas del mar Arábigo quedan muy lejos de las latitudes en las que se encontraban los grandes glaciares del cuaternario que crearon los auténticos fiordos.

Frente al reto de descubrir una geografía tan compleja, resulta evidente que la mejor manera de hacerlo es desde el mar. Un recorrido en kayak de varios días, acampando en playas vírgenes, permite recalar en bahías de aguas cristalinas y aisladas aldeas de pescadores cuyo acceso por carretera se convierte en una odisea, cuando no es imposible.

El tamaño reducido y la manejabilidad de este tipo de embarcación, sumados a que en la zona apenas hay oleaje, son la clave que garantiza el disfrute de los rincones más extraordinarios.

Existe también la posibilidad más relajada (y menos esforzada) de contratar un pequeño crucero en dhow, la embarcación tradicional árabe de vela triangular. Pero es interesante recordar que la cercanía con el agua permite un contacto más íntimo con la vida marina. El ritmo pausado de una travesía en kayak permite lanzarse al agua para un improvisado snorkel con tortugas, rayas águila, inofensivos tiburones de arrecife… y no es nada inusual el encuentro con delfines.

Pero que nadie se olvide las botas de trekking: inevitablemente, la curiosidad viajera asaltará al marinero y le conducirá a explorar alguna de las altas montañas que forman los fiordos.

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