Antes de dormir siempre pide que le leamos un cuento. Y aunque lo habitual son títulos maravillosos de editoriales como Kalandraka o Takatuka o Pintar-Pintar (personas con criaturas que lean esto sabrán de lo que hablo) me pide el de Wonder Woman. Tiene narrativa de cómic, con muy pocas secuencias, es para peques. Cuenta la historia de Diana, amazona superfuerte comprometida con la justicia, las personas, los animales y el medio ambiente (sic). Algunas noches nos pedía el de Batman (mismo tipo de libro) pero desde que descubrió a Wonder Woman, él no quiere otro. Quiere ser como Wonder Woman porque es buena y vuela en un avión que se hace transparente, y eso “mola pedazo”. Tiene cinco años y la capacidad ya de evidenciarme mi desfase con el argot. 

En realidad, yo quería hablar de Star Wars, de la última entrega. Y adelanto que soy una friki de los episodios IV, V y VI (y sí, yo intento hacer como que los I, II y III no existen, aunque mi hijo ya sabe quién es Jar Jar Binks, totalmente a mi pesar) y que éste último, el VIII, me ha gustado mucho. Lo dejo claro para quien prefiera no seguir leyendo, que han sido unas Navidades entretenidas de haterismo, de cualquier tiempo pasado fue mejor, de hacerse cruces con el “flying Leia” y de repetir casi todas las críticas que en 1980 se hicieron a su adorado El Imperio contraataca. Lo que son las cosas. 

Quiero hablar de Star Wars incluso pese a Disney, que ha ido haciéndose con la infancia de quienes nacieron en los setenta y quienes nacimos en los ochenta, porque a nuestros años seguimos gastando dinero en juguetitos y eso no es para dejarlo pasar. Quiero hablar de Star Wars pese al mercado, qué le vamos a hacer. A veces, por mucho que nos gusten los márgenes, tiene sentido referirnos a aquello que llega a millones de personas y darle una pensada y hasta disfrutarlo (me lo apunten ustedes en la lista del guilty pleasure, si es preciso). Quiero hablar de Los últimos jedi y de feminismo. 

Porque en esta entrega no sólo está el personaje de Rey que ya conocíamos en el episodio VII. En esta todos los personajes de proactivos que aportan soluciones a los conflictos son mujeres. Sí, tenemos a Dameron y a Finn, y a Kylo Ren. Tenemos a Skywalker. Pero son Leia, la Vicealmirante Holdo, Rose y Rey quienes resuelven los conflictos de esa escapada de la Primera Orden que hace la Resistencia.

No sólo se trata de darles a los personajes femeninos el peso de la acción, que también, sino qué acciones y de qué modo deciden llevarlas. Lo personal es político en estos personajes que deciden cuidar, proteger, preservar. Que despojan por fin de testosterona este episodio de la saga. Y en el guión esto se muestra con maestría: nos parecen necias en su perseverancia. Nos parecen traidoras o ignorantes. Nos parecen cobardes o ingenuas. Unas tontas al frente de la flota de la Resistencia o de las últimas esperanzas de la Orden Jedi.

Y sin embargo todas están tomando las decisiones más valientes. Todas son conscientes de cómo se las lee, de cómo se las interpreta. Todas podrían sacar su argumentación adelante de por qué hacen lo que hacen, pero prefieren no discutir con señores que se han envalentonado en exhibiciones de hombría y heroicidad. Igual que ellas salvan todo lo posible la situación en la que derrota está más que augurada, la película logra niveles de épica que dejan muda la sala (la Vicealmirante Holdo atravesando el Destructor Estelar con la velocidad de la luz). Resulta que esta manera de hacer es, además, más legendaria.

Y claro que Leia Organa puede usar la Fuerza en el espacio para salvarse a sí misma y no es ridículo por más memes que nos haya tocado sufrir. No lo veríamos ridículo en Luke (y eso que nunca ha tenido el carisma de su hermana). Quizás lo que nos choque más es ver a un personaje que además de ser mujer es mayor haciendo uno de los “flipazos” a los que Lucas nos acostumbró con sus personajes masculinos (aún me sangran los ojos con las acrobacias del joven Obi Wan o con las coreografías que aceptó hacer Christopher Lee). Me resulta a día de hoy más inverosímil que se vistiera a Leia como una esclava sexy al inicio de El retorno del jedi que verla volar por el espacio. Diría que salvar la vida propia, y con ella la esperanza de tantas compañeras y compañeros de lucha, bien vale el uso de la Fuerza. 

Podemos seguir a vueltas con si Disney no es de fiar, que si nos han llenado el imaginario de Sirenitas que renuncian a su voz por amor, Bellas que soportan Bestias porque él cambiará, un abanico de muchachas durmientes que esperan a que llegue el príncipe. Aunque también Disney ha hecho Lilo & Stich, por ejemplo. Pero pienso en que hace dos años vi a muchísimas preadolescentes vestidas de jedi, no de Leia sexy. Empoderadas y encantadas.

Pienso en que si el referente es Rey quizás esas adolescentes no se sienten puritanas sino dueñas de su cuerpo cuando un baboso que les parece un baboso les roce su entrepierna en el autobús, les lance besos (no, no halagadores, sino de los que te hacen sentir sucia y ni siquiera sabes por qué y no dices nada pero te ocultas en tu abrigo y piensas qué estarás mostrando, cuerpo o actitud para haber provocado eso) y le respondan diciéndole que de qué va o le hagan un expresivo y pertinente corte de manga, invirtiendo la vergüenza a donde ha de estar ubicada. ¿Se imaginan a Leia -o a Carrie Fisher, por cierto- aceptando impertinencias? Porque quien nos gusta y nos hace sentir bien no es impertinente ni sentimos que eso sea insistir, sino entablar algo. Si insiste, es que molesta. Si molesta, no creo que Rey lo aguantara. Y pienso que muchas de las chicas que hayan visto Los últimos jedi tampoco. Y eso nada tiene que ver con el puritanismo, y todo con la libertad.

Vuelvo a mi hijo. Varón, de cinco años. Va construyendo sus referentes de ficción llenando su cabeza de hombres y de mujeres valientes. ¿Tiene importancia esto? Podría parecer que lo que enrede la ficción en la ficción se queda (como si no tuviera toda, la que cuestiona lo establecido y la que lo acepta, ideología). Pero yo soy más de pensar en que esos espacios se contaminan continuamente. Y en la cabeza de mi hijo está Wonder Woman como está Ada Colau. Recordarán aquello que dijo la alcaldesa de Barcelona, de que las niñas ya no quieren ser princesas: quieren ser alcaldesas. Mi hijo, varón, en la efervescencia de aquellas elecciones de 2015 hacia el 20D, con el nombre de Colau en la tele muy presente, dijo en un autobús que quedó perplejo que él quería ser alcaldesa. Los referentes no sólo los necesitan nuestras niñas y adolescentes. Los necesitamos el conjunto de la sociedad. Referentes valientes que solucionen los problemas anteponiendo a las personas sobre las supuestas grandes gestas. Esto lo tiene presente la Fuerza para su pervivencia: los y las jedis serán feministas o no tendrán a quien salvar.

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