Sí, sí, Orhan Pamuk (Estambul, 1952) ha publicado 18 libros y ganado el premio Nobel de Literatura en el 2006. Todo lo que quieran. Pero ha sido La mujer del pelo rojo (Random House/Més Llibres), su última novela, publicada ahora entre nosotros, la que más ejemplares ha vendido en Turquía, con diferencia, y eso que salió a la calle en el 2016. La historia de un chico de familia bien que se va de aprendiz con un maestro pocero a intentar encontrar agua en una localidad de las afueras de Estambul y cómo su existencia cambia profundamente en esas semanas de pico, pala y poleas, donde el amor y la culpa entran como un torrente desbocado en su existencia, ha conectado de forma profunda –tan profunda como ese pozo que va excavando– con el público de su país. La conexión de esa historia con dos de los libros que leerá el chico, el Edipo Rey de Sófocles y el Libro de los reyes del poeta persa Ferdousi, le da un vuelo casi mitológico a lo sucedido. Pero dejemos que sea el propio Pamuk –que ayer presentó su obra en el CCCB– quien nos lo explique.

“Quise escribir una historia realista sobre la profesión de pocero –cuenta–, el arte de cavar un pozo a la antigua, y conectar eso con dos grandes clásicos de la literatura, uno occidental, el de Sófocles y otro oriental, el de Ferdousi”.

“Esta historia me rondó en la cabeza –prosigue– durante veinticinco años. Mientras intentaba acabar de escribir El libro negro (publicado en 1990), al lado de donde trabajaba, estaban excavando un pozo con instrumentos antiguos. Los hombres trabajaban durísimo, todo el día, solo paraban para comer y por la noche bajaban al pueblo. Tenían un pequeño televisor portátil que se veía muy mal y que conectaban a una fuente autónoma de energía. El maestro pocero le gritaba cada día a su aprendiz, lo humillaba, le regañaba, le sometía. Pero esa relación, por la noche, se transformaba completamente: el pocero se mostraba entonces cariñoso, afable y tierno con el muchacho, se preocupaba de si comía, de si estaba cómodo… Era una relación paterno-filial, que yo nunca tuve porque me crié con un padre ausente. Así que fui testigo privilegiado de lo que era eso por primera vez, ahí, durante ese lapso de tiempo”. Un día que los obreros le pidieron un poco de agua, “aproveché para hacerme su amigo y les pedí que me explicaran historias, lo hago siempre con la gente, tengo un banco de historias enorme, solo utilizo luego una pequeña parte”.

El padre ausente del aprendiz –apuesto, mujeriego, comprometido políticamente con la izquierda–, pues, tiene algo del padre real de Pamuk. ¿Le traumatizó eso de no ver mucho a su padre? “¡Al contrario! –salta– Mi padre me convirtió en una persona más libre, era libertario, me enseñó que los soldados, la policía, los pachás… todos los autoritarios eran mala gente, que los buenos eran Sartre y los valores europeos, puso a mi disposición su biblioteca. No he sido aplastado por un padre autoritario, como mis amigos. El libro sería, en todo caso, una gran celebración de ese padre ausente. Hombre, lo que sí me faltó es la ternura… pero a cambio recibí mucha libertad, la libertad que me permitió ser escritor y artista”.

“Años después –continúa– mientras escribía Me llamo Rojo (1998), leí la historia de Rostam y Sohrab en el Libro de los reyes. Si en Edipo rey es el hijo quien mata al padre sin saberlo, en este otro monumento de la literatura era el padre el que mataba al hijo sin saberlo. Edipo y Rostam lloran ambos por el crimen que han cometido. Su ansiedad tiene un argumento: lo hice sin saber, no soy culpable. Eso legitima sus respectivos asesinatos”.

La mujer del pelo rojo es “una ­novela de ideas, en el fondo, como todas las mías. Sófocles nos habla de la individualidad del hijo, Edipo. Ferdousi nos habla del autoritarismo del padre. Fíjese que, para Só­focles, no había que resistirse al destino, no puedes escapar de él, por eso Edipo se siente culpable y se arranca los ojos. Pero nosotros, lectores modernos, entendemos que Edipo quiera ser individuo y le exculpamos. En la historia de ­Rostam y Sohrab sucede lo contrario: lloramos con el padre y le exculpamos a él, legitimamos el autoritarismo, al Estado-papá por ejemplo”. Esa es la lectura política indirecta de su libro, que se publica justo cuando “mi país sufre una deriva autoritaria”.

La fascinación del aprendiz por una actriz pelirroja es otro de los elementos clave de la obra. “En la gran literatura europea, de Shakespeare a Sylvia Plath, las mujeres pelirrojas son de carácter descontrolado, se asocian a la ira, la rabia, la enajenación, la fuerza sin ­control. Y, en mi parte del mundo, lo pelirrojo es lo artificial, por eso se asocia a los artistas y a las mu­jeres con quienes se puede tener sexo fácilmente. ¿Por qué hay mujeres en mi país que hoy se tiñen de rojo? Justamente porque no ­quieren aceptar las reglas, reivin­dican su diferencia, es una elección política y de género, no se pliegan a su destino”.

El pozo es, asimismo, una metáfora recurrente en literatura. “Simboliza la inutilidad de la acción humana, del infinito quehacer de los hombres. Y también que puedes estar en la miseria más absoluta y, de repente, un chorro de agua que aparece te hace rico”.

Dijo Pamuk, también, que no quería hablar mucho de política. Pero no pudo ser. “No soy un hombre político, soy escritor, me ocupo de la belleza, pero el modo en que Erdogan dirige el Estado turco tiene que ver con el tema de mi novela, con que la gente normal apoye o disculpe a los padres que matan a sus hijos. Con defender al individuo o al padre autoritario. A mí me gustaría ser siempre un muchacho gamberro frente a los represores”. Otro tema de la novela es la culpa: “Yo me siento culpable por no hacer lo suficiente” en un país donde ha habido 40.000 personas encarceladas por motivos políticos. Pero también criticó el papel de la Unión Europea: “No somos una democracia europea con libertad de expresión e independencia judicial. Habíamos iniciado ese camino… pero se truncó. Cuando vine por primera vez a Barcelona, a principios de los 2000, manifesté mi apoyo entusiasta a la UE. Entonces, un periodista veterano, de aspecto paternal, me puso la mano en el hombro y me dijo: ‘No te preocupes, Orhan, si estos tíos han aceptado a España, Turquía acabará entrando’. Pero, dieciocho años después, seguimos fuera de la UE, con todo lo que ello comporta”.

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