Al grito de “tu no eres nuestro héroe” cayó uno de los símbolos más siniestros que hasta ayer se exhibía en Nueva York, en uno de los lugares de honor en Central Park, en la confluencia de la Quinta Avenida y la calle 103.

“No podemos pensar que a alguien se le ocurra erigir una estatua a Mengele”, sostiene, como ilustración del caso, la afroamericana Bernadith Russell, médico especialista en obstetricia. Ha venido de propio, luciendo la bata blanca, desde el hospital del bajo Manhattan en el que trabaja.

Si Mengele experimentó en Auschwitz con los que elegía entre los destinados a la cámara de gas, el doctor J. Marion Sims (1813-1883), uno de los pioneros de la ginecología, logró avances en la ciencia usando a mujeres negras esclavas, a las que, sin anestesia, trató peor que a ratas de laboratorio.

“Bye, bye”, corean los concentrados cuando la camioneta se lleva la estatua de Sims, descabalgada de su pedestal de granito. “Sabemos de su contribución, pero no se debe permitir poner a alguien así en una posición de honor”, insiste la doctora Russell.

La primera residencia de la estatua fue Bryan Park. Se erigió a finales del siglo XIX. La evacuaron por las obras de construcción del metro en los años veinte de la pasada centuria y la colocaron en 1934 en este enclave, justo enfrente de la Academia de Medicina,

La cita este martes es a las ocho de la mañana. Como recuerda Nilsa Orama, presidenta de la junta del distrito once de Manhattan –East Harlem–, esta satisfacción es el fruto de casi un decenio de lucha vecinal.

La Gran Manzana salva de la condena del deshonor a las representaciones de Pétain y Colón

“Las mujeres de las que se sirvió no eran reconocidas como seres humanos, sino como conejillos de indias”, dice Gabin, un negro en edad madura. Remata su sentencia:

–Era un carnicero, un asesino en serie.

Los operarios ponen unas cintas alrededor del cuerpo de bronce, de una talla muy superior a la de cualquier humano de altura. Hay una sensación de ajusticiamiento al echarle un lazo al cuello y, entre aplausos, empiezan a levantar el corpachón. Recuerda la viva imagen de la ejecución en el cadalso.

De hecho, la estatua recibió el veredicto de culpable. La única que ha recibido semejante pena.

Pese a que la protesta se inició en el 2010, el asunto cobró fuerza en el verano del 2017. En Charlottesville (Virginia) murió una joven en la contraprotesta a la marcha neonazi convocada para defender la estatua del general confederado Robert E. Lee.

Entonces, el alcalde neoyorquino Bill de Blasio convocó una comisión para revisar los llamados “símbolos de odio”. Dos figuras se han salvado. Una, la del mariscal francés Philippe Pétain, por enviar a miles de personas a los campos de concentración; y la otra la de Colón (aquí, Columbus) por el exterminio de indígenas. A los dos se les cambiará la placa para contextualizar “su tributo”.

Ningún grupo étnico –los italianos estaban como una moto por el ataque a uno de los suyos– salió a defender a Sims. Los que opinaron a favor de mantener su estatua por razones históricas se expresaron en voz baja.

“Es una demostración de poder que se vaya”, comenta Aletha Maybank, médico y miembro del comisionado de Salud de Nueva York. “Tuvo méritos, pero los alcanzó por el sacrificio de mujeres cuya propiedad se atribuyó”, añade.

La comadrona Berenice Kernizan porta un cartel. “Creed en las mujeres negras”, indica. Ella está convencida de que en la sensibilización del alcalde ha jugado un papel su esposa, Chirlane McCray, afroamericana. “Esta es una victoria de la comunidad”, proclama Melissa Mark Viverito, expresidenta del consejo municipal del ayuntamiento y concejal de East Harlem, al iniciarse esta protesta. Ahora queda el hueco y el reto de ocuparlo con algo aleccionador.

Algunos activistas pidieron destruir la estatua. Pero la figura del doctor Sims tiene otro destino. Su nueva residencia será el camposanto de Green-Wood, en Brooklyn, donde se reunirá con su original.

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