La esperanza de vida en España, una de las más altas del mundo, supera los 82 años: 80 para los hombres y 85 para las mujeres. Excepto, claro está, que se trate de personas sin techo. Aún no se conocen las cifras definitivas de las personas que murieron el año pasado en Barcelona y que vivían o habían vivido en la calle, pero al menos 30 de estos fallecimientos fueron de usuarios o exusuarios de Arrels Fundació. Su media de edad era de 62 años.

“De todos los prejuicios contra los sintecho, el que hace más daño es el que dice que vivir en la calle es fácil”, sostiene Ferran Busquets, director de esta entidad sin ánimo de lucro que en sus 30 años de historia ha atendido a 11.522 personas (1.913 el año pasado, el doble que en el 2012). Esta fundación y otras integrantes de la red de atención a personas sin hogar, de la que también forma parte el Ayuntamiento de Barcelona, sostienen que “vivir en la calle expone a muchos riesgos, la salud se deteriora y se reducen los años de vida”.

El 11% de las personas a las que ayudó Arrels en el 2017 eran mujeres; un tópico más: sólo ellos acaban en la calle

Ahora que parece que la primavera ha llegado definitivamente, después de uno de los inviernos más fríos de los últimos años, las entidades del tercer sector recuerdan que los problemas no se acaban con la operación frío. El descenso de las temperaturas no es el único peligro, dicen estas fuentes, que recuerdan el calor, las insolaciones, el miedo y la inseguridad. Debería haber una operación verano, una operación lluvia, una operación violencia…

El 83% de las agresiones a personas sin techo quedan impunes porque las víctimas tienen miedo a denunciar. A raíz de una reciente condena contra dos hombres que agredieron a otro en un cajero automático, en un delito de aporofobia que contó con la acusación popular del Ayuntamiento de Barcelona, trascendieron estos y otros datos preocupantes. Una de cada tres personas que viven en la calle ha sido insultada, y una de cada cinco, agredida. “Es urgente revertir esta tendencia”, reclama el abogado y teniente de alcalde Jaume Asens.

“Tener que vivir en la calle –añade Arrels Fundació– significa además una vulneración de derechos de manera continuada, en invierno y durante todo el año. De media, una persona que duerme al raso vive 20 años menos que cualquier otro ciudadano de Barcelona. Y nadie vive en la calle porque quiere”. El drama del sinhogarismo ha aumentado en los últimos años, y numerosas personas ven a otras a diario durmiendo en la calle. Arrels atiende unos 35 avisos cada semana (muchos, a través de la aplicación Arrels Localizador, disponible para dispositivos Android e iOS).

Esta fundación recibió el año pasado 3,32 millones de euros, la mayoría, cuotas de socios o donaciones particulares. Pero tuvo más gastos que ingresos e invirtió 3,34 millones en ayudas, campañas de sensibilización y coordinación de voluntarios. Los datos son provisionales porque aún no se ha presentado la memoria, pero en el 2017 ayudó a 1.913 personas (el 89% hombres y el 11% mujeres: otra realidad oculta), sirvió 71.000 comidas y logró vivienda estable para 248 sintecho.

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