El martes por la mañana, aprovechando su día de descanso, Myriam Barros estaba en los juzgados de Arrecife (Lanzarote) acompañando a una limpiadora que ha denunciado al centro cultural en el que tra­baja por encadenar innumerables minicontratos. Poco después, mientras atiende por teléfono a La Vanguardia, participa en una recogida de firmas a favor de pensiones dignas. “Firme aquí, señora”, se oye en medio de la conversación. Es la misma mujer delgada y resuelta que, junto a otras cuatro compañeras, consiguió hace apenas una semana que la protesta de las camareras de piso entrara en la Moncloa.

Las cinco kellys explicaron durante dos horas a Mariano Rajoy la situación de un ejército silencioso de millares de trabajadoras de hoteles y apartamentos turísticos de toda España, que a un ritmo endemoniado han de hacer camas, limpiar lavabos, mamparas, cambiar toallas, repasar puertas, armarios… mientras arrastran pesados carros con productos de limpieza y ropa de recambio o los tienen que llevar a pulso. La lucha de las kellys, las que limpian, irrumpía así en la encorsetada agenda política del día –con el permiso del escandalazo del máster de Cristina Cifuentes–, gracias al inusual encuentro con el presidente del Gobierno. Y con ellas, el símbolo de la precariedad que azota al mercado laboral, justo en uno de sus sectores insignia como es el ­turístico. “Éramos invisibles, pero ahora definitivamente nos han puesto cara”, afirma esta curtida activista que participó en el 15-M y se precia de haber educado en el feminismo a sus dos hijas de 21 y 14 años.

“Éramos invisibles; teníamos que salir”, dice la curtida activista que trabaja en la limpieza de hoteles

Myriam Barros, presidenta de la asociación Las Kellys, decidió hace cuatro años cambiar su trabajo como camarera de restaurante por un contrato fijo de kelly, para conciliar mejor su vida personal. “Sabía que era un trabajo duro, pero nunca me imaginé que lo fuera tanto”, explica esta mujer de 39 años y origen uruguayo, que reside en la isla de Lanzarote desde hace casi un par de décadas, y que ya arrastra una lesión en el codo y sufre ansiedad severa. “Aunque tuve la suerte de entrar a trabajar en un hotel donde se respetan las condiciones laborales, otras compañeras me empezaron a contar sus problemas… y no pude mirar para otro lado”.

Hace dos años un grupo de camareras de piso se constituyó en asociación para denunciar abusos y reclamar mejoras en sus condiciones laborales y salariales. Las primeras en organizarse fueron Las Kellys de Lanzarote, al lograr reunir a más de 300 trabajadoras. Ahora son casi 3.000 en toda España, explican. “Al principio, formamos un grupo privado en Facebook en el que compartíamos vivencias. Pero llegó un momento en que vimos que, si nos quedábamos ahí, no íbamos a conseguir nada. Teníamos que salir”. Así llegaron las concentraciones delante de los hoteles que externalizan su servicio de limpieza, la movilización en las redes sociales, las denuncias en los juzgados, las apariciones en la prensa, la defensa de iniciativas legislativas en parlamentos autonómicos, en el Congreso de los Diputados… Y la Moncloa. Pero la visita a Rajoy no es una meta, aclara Myriam Barros, al tiempo que avisa: “No vamos a parar, conseguiremos todas nuestras reivindicaciones. No tenemos miedo a nada”.

“Siempre las recuerdo corriendo”

Rajoy se salió del guión tradicional al aceptar por sorpresa la propuesta de la senadora de Nueva Canarias, María José López Santana, de escuchar a las camareras de piso. López Santana conoce las duras condiciones laborales de las kellys desde que era niña. Su madre fue gobernanta; sus tías y primas han trabajado o aún trabajan como camareras de piso. Cuando era pequeña y acompañaba a su madre, explica, veía asombrada cómo un grupo de mujeres trabajaba a un ritmo frenético. “A todas las recuerdo siempre corriendo, cargadas con fardos de ropa sucia, cogiendo otros de sábanas y toallas limpias… y vuelta correr”. La situación actual, se queja, no ha cambiado, “incluso es peor”, con las externalizaciones. “No se puede sostener un negocio sobre las espaldas de mujeres deslomadas”.

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