A sus 32 años, Mohamed bin Salman teme por su vida y considera que todo el mundo debería temer por la suya. Hace bien el príncipe heredero de Arabia Saudí en ser precavido porque las reformas socioeconómicas y religiosas que está llevando a cabo han fortalecido a sus enemigos, que no son pocos. Entre ellos están los yihadistas de Al Qaeda y el Estado Islámico, los rebeldes hutíes en Yemen que lanzan misiles iraníes sobre Riad, los ayatolás de la República Islámica, Hamas, Hizbulah, los clérigos radicales saudíes que se oponen a la modernización de las costumbres y los miembros de la familia Saud que van perdiendo privilegios, entre ellos el de poder apropiarse con impunidad de la riqueza nacional. El último gran modernizador que tuvo Arabia Saudí fue el rey Faisal, asesinado por un sobrino en 1975.

Mohamed bin Salman –conocido también como MBS– estuvo esta semana en Madrid, última escala de una gira que inició en Londres, siguió durante tres semanas en Estados Unidos –donde además de verse con Trump en la Casa Blanca, lo hizo con los pesos pesados de Harvard, Hollywod y Silicon Valley– y recaló también en París. La diplomacia pública es una estrategia hasta ahora prácticamente inédita en la monarquía saudí. MBS tiene mucho que decir, explicaciones que ha vertido en entrevistas de prensa y televisión, donde ha mostrado un estilo directo y afable, ambicioso y osado. En la cadena CBS, al ser preguntado por el yate de 500 millones de dólares que acaba de adquirir, reconoció que “no soy Gandhi ni Mandela”. A la revista The Atlantic aseguró que el líder supremo de Irán, Ali Jamenei, “es peor que Hitler” porque intenta apoderarse del mundo. MBS no se muerde la lengua ni se anda por las ramas y contesta las preguntas más incómodas de forma directa. Sabe lo que quiere, aunque no, necesariamente, cómo obtenerlo.

Estuvo esta semana en Madrid

Yemen es un buen ejemplo. Bajo su liderazgo –es ministro de Defensa, entre otros muchos cargos que hacen de él el verdadero hombre fuerte del reino–, Arabia Saudí bombardea Yemen con el objetivo de contener la amenaza de Irán, aliado de los rebeldes hutíes en el norte del país. La guerra ha provocado un desastre humanitario y la consiguiente publicidad negativa contra Arabia Saudí. Su ejército no está en una posición para poder ganar ni tampoco para poder retirarse sin comprometer su seguridad porque si lo hace, Irán reforzará sus posiciones y también lo hará Al Qaeda. Irán es el enemigo que batir, un rival al que MBS acusa de exportar una ideología excluyente, apoyar el terrorismo y violar la soberanía de otras naciones. Irán es el gran enemigo desde la revolución islámica de 1979.

El ayatolá Jomeini quiso usurpar la autoridad de los Saud como protectores de La Meca y Medina, y de todo el islam. Aquel mismo año, unos radicales asaltaron la gran mezquita de La Meca. Acusaban a la monarquía de ser corrupta y prooccidental. Los Saud se pusieron en manos de los clérigos, que apuntalaron el régimen imponiendo un estricto código religioso. Se cerraron los cines, se prohibió la música y se creó una policía religiosa con poder para inmiscuirse en la vida privada de los saudíes y detener a los que se desviaban. Este sistema ultraortodoxo, misógino y antioccidental creó la base ideológica y financiera para el yihadismo internacional, desde los talibanes en Afganistán hasta Al Qaeda y el Estado Islámico.

MSB recuerda que los primeros en recurrir a los islamistas radicales fueron los americanos en Afganistán en 1979

Frente a la evidencia de que el extremismo islámico se ha propagado con apoyo saudí –madrasas, libros y dinero–, MSB recuerda que los primeros en recurrir a los islamistas radicales fueron los americanos en Afganistán en 1979 con el objetivo de contener el comunismo. MBS afirma que Arabia Saudí combate el terrorismo islamista mientras culpa a Qatar de seguir financiándolo, enviando a los yihadistas el dinero que recauda entre familias saudíes y del resto de los emiratos de la península. En todo caso, MBS parece decidido a moderar el conservadurismo ultraortodoxo del wahabismo, una doctrina que lastra el desarrollo socioeconómico y es incompatible con las aspiraciones de los jóvenes en un país donde el 70% de la población tiene menos de 30 años. MBS reduce el poder de los jeques religiosos y trata de ganarse a todos los que puede.

Los que se resisten acaban en la cárcel. La mayoría, sin embargo, acepta que se reabran los cines (esta próxima semana), se programen conciertos y se permita a la mujer conducir, montar negocios y servir en las fuerzas armadas. Son pasos significativos, bajo la premisa de que el Corán no discrimina a la mujer. Las saudíes, sin embargo, todavía necesitarán la tutela de un pariente varón para muchas cosas. MBS entiende que debe adecuar esta costumbre sociocultural con la libertad que exige la mujer contemporánea. Cuadrar el círculo no será fácil, como tampoco lo será hacer convivir el estado de derecho que requiere una economía moderna con la jurisprudencia que han fijado los jueces ­religiosos.

MBS será un monarca absolutista como sus antepasados, pero está decidido a ser uno ilustrado: libertad de expresión, espectáculos, turismo, emancipación de la mujer, bienestar, seguridad y tolerancia religiosa. La meta es el 2030, año en el que también habrá preparado la economía para crecer más allá de los hidrocarburos. Si lo consigue, puede transformar Oriente Medio y también el propio islam.

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