Miguel Ángel Perera y un fuenteymbro, de poder a poder

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Es lo que tiene haber echado un  corridón de toros hace apenas cinco días. Y en Sevilla. Llegas a Madrid después de que todo el mundo habla maravillas de la penúltima tarde de toros en la Maestranza y te encuentras el hándicap de un referente difícil de superar. “A ver qué nos trae a Las Ventas Ricardo Gallardo”, dirían los aficionados del Foro, visto, leído y oído la legitimidad de su triunfo sevillano. Pues ya lo vieron: una corrida de tremendo trapío, que por ahí es por donde debe empezar el ganadero.

Por lo demás, en conjunto, la corrida no alcanzó, ni de lejos, los beneplácitos esperados. El primer toro ya empezó a renunciar a seguir los capotes y se mostró hosco hacia todo bicho viviente que le rodeara. Llegó al último tercio pegando arreones, con tranco discontinuo, porque lo mismo se quedaba a medio muletazo como seguía el viaje sin el menor aspaviento. Un si es no es, vamos. El segundo le pegó un talegazo de órdago al picador Oscar Bernal, que cayó de cabeza sobre la arena, sin mayores consecuencias, pero nunca se desplazó con franquía. El tercero fue un cinqueño pasado, castaño de pelo, cuerna arremangada y manifiesta corpulencia, que metió los riñones con bravura y poder en el peto, recibió un buen puyazo de Ignacio Rodríguez y se desplazó con  largura y codicia en los capotazos de brega. Toro muy encastado, de gran seriedad, tranco suelto y viaje humillado. Ah, y no paró de escarbar durante la lidia. Era la escenificación del preámbulo de un ataque inminente, no un síntoma de mansedumbre como nos quisieron hacer creer algunos gurús de épocas pretéritas. Escarbar –lo repetiré cuantas veces fuere necesario—no es más que un movimiento sicomotriz del toro de lidia, un acto sicosomático, independiente de su bravura o mansedumbre. El cuarto fue un toro largo, alto y poderoso que derribó al caballo antes de empujar con fijeza, pero acabó empleándose de manera incierta ante las telas de torear y remoloneando en las embestidas, hasta alcanzar el calificativo de reservón. El quinto fue una belleza de toro, con sus 521 kilos armónicamente repartidos bajo su piel zaina. Lo que se conoce en el argot como un zapato, macizo, bajo de agujas y astifinísimo. Se empleó con fragoroso ardor en el caballo de picar y sufrió un castigo bien  severo. Sangrado en exceso, siguió con templado y largo viaje el capote de El Víctor en la brega, en actitud premonitoria de clase y nobleza; pero se vino abajo demasiado pronto. ¿Por causa del lacerante puyazo? Probablemente. Y, en fin, el sexto, fue el toro más deslucido de la corrida porque manifestó una palmaria flojedad. Fue muy protestado, y con razón. Y si no se derrumbó repetidas veces fue porque el mágico capote de Javier Ambel y las bien lubricadas muñecas de este torero, le llevaron en palmitas durante el tercio de banderillas; pero el toro fue el menos toro de los fuenteymbros lidiados.

Con este material hubieron de vérselas Finito de Córdoba, Diego Urdiales y Miguel Ángel Perera, ante un público que abarrotaba los tendidos (se colgó en No Hay Billetes), la presencia del Rey emérito don Juan Carlos y la Infanta doña Elena, en una tarde calurosa y, a ráfagas, ventosa. Del Fino, solo destacar los chispazos de torería en el primer toro de la corrida, que salpimentaron una actuación que los antiguos revisteros calificarían de “asedada”, y el comienzo de faena al cuarto, ganándole terreno hasta medios de la Plaza. Después, impotencia ante el deslucido comportamiento del toro. Bajonazo, previo pinchazo al primero y estocada habilidosa y descabello al otro. Y a otra cosa, mariposa. Aviso y silencio. Ya vendrá el verano, que decían a Curro. Y de Urdiales, poner el acento en su naturalidad y certidumbre ante un lote de toros manifiestamente negativo. Lástima que se apagara tan pronto el quinto, que prometía favorecer el luminoso arte de este torero. Pinchazo, estocada y descabello en el segundo y pinchazo y media (estocada) a ese quinto. Mismo resultado: aviso y silencio. Ídem de lienzo.

Aparte la fantástica brega y los pares de banderillas del citado Ambel y Curro Javier (a quien se sumó en el saludo Vicente Herrrera), lo más destacado de la corrida tuvo por protagonistas el encastado toro castaño que se jugó en tercer lugar y la poderosa actuación del torero Miguel Ángel Perera. El uno (el toro), amenazando con arrasar con sus veloces embates todo lo que encontrara a su paso, el otro (el torero), plantado como un acebuche centenario de los ribazos de la Janda, esperándole a pie firme, con la muleta por delante y el corazón al ralentí, botando junto al medallero. Faena de poder a poder, de ven tú que te doblego yo con un trapo rojo arrastrado sobre la arena. Faena de máxima exigencia para ambos, de la que salió claramente victorioso este espigado mozo extremeño, que también llegó a Madrid con los ecos de su reciente triunfo en Sevilla. Las series por el pitón derecho se sucedieron a cual más y mejor acabadas, con el toro enroscado a la cintura, antes de ser expulsado con largos pases de pecho. Ni una sola concesión a las “inas”, tan habituales hogaño. Ni un solo tirón, ni una destemplanza. Fue una armónica sucesión de ritmos trepidantes que calaron hondamente en el graderío.  Quizá le faltara alguna tanda más por el pitón izquierdo. Quizá le sobró este largo interludio para cuadrar al toro antes de la estocada letal. El caso es que la pañolada en demanda de la oreja fue unánime y bastante más rala la petición de la segunda. Sin embargo, el presidente concedió el segundo trofeo. Dos orejas que abren una Puerta Grande que este año –por variados motivos—era largamente deseada por Perera. Con esta van… ¡siete!

Entremos en la esgrima de la polémica: ¿Fue de dos orejas la faena? Pues, verán: una tanda más con la izquierda y tres o cuatro vueltas y revueltas menos en los preparativos de la estocada (espacios muertos que en las corridas de toros equivalen al rigor mortis del entusiasmo colectivo) y son dos orejas impepinables y, por tanto, Puerta Grande indiscutible. Como no fue así, habrá de considerar la ligera desmesura del premio. Solo ligera, porque la faena fue de enorme mérito, dadas las condiciones del toro. Ahora bien, desmesurada también me parece la bronca final de un sector de público, que guardó su mayor coraje y cabreo para tratar de abochornar la imagen procesionada del triunfador de la tarde. Fue un cuadro esperpéntico. Y, además, una colerización inútil, porque para nada enturbia o enfría la patente realidad que la estadística del futuro ya tiene registrada. Ahora bien, ¿se quedaron a gusto los enfáticos protestantes? No me cabe la menor duda.

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