Dentro del amplio catálogo de ruindades que se han dicho sobre Diana Quer, de su hermana y de su madre, destaca, por sólo unos centímetros, una crónica abyecta en la que se contaba que la madre de Diana Quer frecuentaba un bar en el que las mujeres buscaban a hombres para casarse con ellos. No sabemos si la coincidencia de estas mujeres se producía con hombres que quedaban en aquella cafetería para, no sé, leer a Rubén Darío, hombres ínclitos de raza ubérrima.

Ocurre cuando no hay noticia, pero sigue habiendo morbo y audiencia. No hay nada que contar, pero hay que seguir contando como si hubiera algo nuevo que contar.

¡Qué puntería! que siempre se pone el foco en la mujer, la mujer culpable, sentenciada antes de encontrar su propio cadáver, el de su hija, el de su hermana. La madre de Diana Quer le decía a su hija que se tomara un “orfi”, y ahí parecía asomar la culpa. Contaban que la hoy asesinada tenía, al parecer, querencia por los malotes, que se llevaba mal con su hermana y las dos con su madre, que las tres eran unas histéricas. Sospechosas.

No tardó mucho en salir la especie de que Diana buscaba fuera de la familia el cariño que no encontraba en su familia. ¡Qué nivel de conocimiento hay que aparentar para escribir eso! Es como meterse en la cabeza de un suicida. El psicólogo de guardia dijo que Diana era depresiva y tenía la autoestima por los suelos. Humm. Más delitos.

Por supuesto, el hecho de que sus padres estuvieran separados –ella buscando otros hombres, en bares de hombres, se contaba, cercanos al lugar en el que apareció el móvil de su hija, él se supone que embebido en la hermenéutica de Rubén Darío también influía poderosamente en la trama de sospechas sumadas sobre Diana Quer. Diana presentada como culpable de sí misma. Culpable sentenciada, sin posibilidad de defensa. Diana y su madre, las malas de la película; la hermana de la asesinada, sospechosa secundaria.

Mientras las tres mujeres eran criminalizadas, el padre miraba a cámara con la solvencia del que se siente libre de las miserias de las tres hembras, como un actor de culebrón, cuerdo en un mundo de locas. Miraba a cámara previo pago de un asesor de imagen y solemnizaba que él era el único que se mostraba emocionalmente solvente ante una situación desgarradora.

La madre de Diana Quer, como si tuviera afasia, era sospechosa por el destrozo de la desaparición en el relato de algunos medios. Llegó a comparecer acompañada por otra mujer, una amiga, que trataba de explicar que lo estaba pasando mal, que ella no era la culpable y que deseaba que su hija volviera. Secuencia de obviedades difíciles de transmitir por una mujer devastada por la pérdida y enfocada como potencialmente culpable. En medio, le quitaron la custodia de su otra hija y el padre cuerdo y asesorado dijo: ya era hora, demasiado tarde.

Cuando un hombre asesinó a una mujer en El Salobral (octubre 2013), hubo quien escribió que era una muerte “pasional”, que la cría estaba “muy desarrollada”, que en su perfil escribía de sí misma “oscuridad”, que era “gótica”, que su madre estaba “separada”, que “la tuvo muy joven”. Verdades consecutivas que construían una enorme mentira: la asesinada era culpable. (Decían otras cosas de la chavala asesinada, pero me niego a reproducirlas).

El asesino, apodado el “Fraguel”, era relatado como “amigo de sus amigos” -la noticia sería que fuera enemigo, digo yo-, que le gustaban las motos, que tenía destreza en el manejo de las armas y que ya había dicho muchas veces que la mataba  -vamos, que era coherente-, serie de verdades que construían la mentira de que era un tío enrollao. Sus amigos engominados así le describían después de que asesinara a su novia, después de que esta le dijera que ya le valía, que cortaba.

Hay crónicas que dicen, en otros crímenes machistas, que sorprendía que un hombre hubiera asesinado a su mujer, cuando eran una familia “estructurada”. Otro día quedamos y nos explican qué es lo que es, eso de estructurada.

El caso es que antes de que apareciera el presunto culpable del asesinato de Diana Quer -un homínido reincidente-, detenido gracias a su redundante reincidencia, ya se había establecido una alineación de culpables que empezaba por la propia víctima, por su madre y por su hermana.

No pasa nada. Ojalá no vuelva a ocurrir lo mismo, pero seguro que algunos lo contarán igual.

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