Mas, de delfín de Pujol a arquitecto del ‘procés’

Después del 1-O Artur Mas dijo que no quería volver a la primera línea de la política institucional y sólo dejaba la puerta abierta a un cargo representativo en la futura e hipotética república catalana. Aun así, formó parte de lo que llamaban el estado mayor del procés, se dejó ver en el Parlament y estuvo en las reuniones del Palau de la Generalitat en aquel convulso mes de octubre, cuando Carles Puigdemont había decidido convocar elecciones autonómicas y en última instancia acabó con la declaración de independencia unilateral en el Parlament de Catalunya un día después, el 27-O, el mismo día que se consumó el 155.

Dos años después de su primera renuncia, cuando Puigdemont fue investido president de la Generalitat al forzar la CUP su paso a un lado, el arquitecto del procés ha dado su segundo paso a un lado, quizá atrás, en la política catalana: deja la presidencia del PDeCAT, partido que él mismo impulsó y refundó de las cenizas de la antigua Convergència de Jordi Pujol tras el escándalo del expresident, el buque insignia. Lo hace, según apuntó en la rueda de prensa de este martes, para que el PDeCAT ensanche su base tras los buenos resultados en las últimas elecciones de Junts per Catalunya y apremiado por la presión judicial que le deja “sin margen de maniobra”.

No me desentiendo de la política. Hay muchas maneras de estar en política, yo no estaré en primerísima línea”

“Seguiré vinculado a la política del país y comprometido”, afirmó tras anunciar su dimisión desde la sede de la formación y quiso matizar que no se retiraba de la política. “No me desentiendo de la política. Hay muchas maneras de estar en política, yo no estaré en primerísima línea”, apuntó. Según el propio Mas, la decisión la había tomado antes de verano y no la hizo pública antes para evitar que hubiera segundas interpretaciones con el referéndum del 1-O y luego los comicios del 21-D en el horizonte.

Antes de las elecciones del mes pasado había advertido a los soberanistas que debían aparcar el procés si no obtenían mayoría absoluta y en votos, la vara de medir importante a la hora de definir las relaciones entre Catalunya y España. Obtener una mayoría en escaños y no en papeletas, como ha sucedido hasta ahora, forzaba en todo caso a “invitar a las autoridades del Estado a sentarse” a dialogar para buscar una salida al entuerto catalán. Este lunes en el Consell Nacional del PDeCAT recordó que los soberanistas no tenían mayoría de votos y pidió un Govern estable y una investidura rápida, ante las voces de Junts per Catalunya, el proyecto de Puigdemont que previamente Mas había bendecido, que abogaban por fórmulas que permitan una investidura telemática y forzar un nuevo choque con el Estado. Este martes señaló que se habían malinterpretado sus palabras y quiso manifestar su compromiso con la nueva formación.

Inhabilitado y embargado por el 9-N

Mas negaba que el proceso soberanista fuera una invención de su administración y lo atribuía a la sociedad catalana y la ciudadanía, pero fue él quien comandó desde las instituciones el procés a partir de 2012, después de que Mariano Rajoy se negara a negociar un pacto fiscal. “La mitad de los catalanes, un 45%, un 48%, un 53% quizá, votan independencia y no son unos incultos ni unos ignorantes”, reivindicaba en Madrid hace unas semanas.

El año pasado, en marzo, fue inhabilitado durante dos años para el desempeño de cualquier cargo público por Tribunal Superior de Justicia de Catalunya (TSJC) por la consulta del 9-N. Tras esa sentencia, el Tribunal de Cuentas le condenó a pagar los más de 5 millones de euros públicos que sufragaron la consulta. Ahora está pendiente de un recurso ante el Tribunal Supremo en el que el propio Mas no confía y además ya ha recibido la notificación de que está siendo investigado por ese mismo tribunal en la causa del 1-O por la que Junqueras, Forn y ‘los Jordis’ siguen en prisión. El que fuera el 129º president de la Generalitat entre diciembre de 2010 y enero de 2016 tiene embargada su casa al haber pagado con ella parte de la fianza que le reclamaba el Tribunal de Cuentas.

Sus primeros pasos en la administración pública y en política

Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad de Barcelona, el político barcelonés se afilió a Convergència Democràtica de Catalunya (CDC) en 1982, el mismo año en que empezó a trabajar para la administración pública catalana. Fue concejal del Ayuntamiento de Barcelona entre 1987 y 1995, cuando saltó al Parlament de Catalunya y ocupó la cartera catalana de Política Territorial y Obres Públiques con Pujol de president. En 1997 pasó a la conselleria d’Economia i Finances y tras su pugna con Duran i Lleida se convirtió en el delfín de Pujol y pasó a ser conseller en cap en 2001.

Duran i Lleida y Artur Mas en 2001 durante la toma de posesión del segundo como conseller en cap Duran i Lleida y Artur Mas en 2001 durante la toma de posesión del segundo como conseller en cap (Pedro Madueño)

En los primeros comicios sin el president catalán tras 23 años, en 2003, Mas lideró a la antigua federación de convergentes y democristianos y ganó, pero la mayoría de izquierdas sumaba y hubo tripartit. Tres años después, cerró con Zapatero el Estatut de Catalunya que años después sería recortado por el Tribunal Constitucional tras el recurso del Partido Popular, hecho que se toma como punto de partida del procés para muchos. Aquel mismo año, volvió a ser el más votado en las elecciones catalanas, pero hubo reedición del tripartit y le tocó comandar a la formación en el ostracismo durante cuatro años más. Al término de aquella legislatura al fin logró su objetivo, llegar al Palau de la Generalitat.

Dos legislaturas como jefe de la oposición y el salto al Palau de la Generalitat

Después de dos legislaturas como jefe de la oposición, en 2010 ganó por tercera vez las elecciones con 62 escaños y formó un Govern en minoría que inició los primeros recortes en España. Entonces Artur Mas defendía la “austeridad como valor” y recortó los salarios de los funcionarios públicos que dependían de la Generalitat. Aquel año, en julio, había habido la primera gran manifestación catalana después de que el TC recortara el Estatut que había sido aprobado en referéndum.

Artur Mas con Joana Ortega durante su primera reunión con sus consellers como president Artur Mas con Joana Ortega durante su primera reunión con sus consellers como president (Pedro Madueño)

Un año después de llegar al Govern cuando preveía aprobar los presupuestos, los indignados asediaron el Parlament y obligaron al entonces president a acceder en helicóptero al hemiciclo y varios diputados llegaron escoltados por la policía y gracias al cordón policial.

Con la crisis económica en su punto álgido, en 2012, la Diada se convirtió en multitudinaria y Artur Mas reclamó a Mariano Rajoy el pacto fiscal que llevaba en su programa electoral, advirtiendo de las consecuencias que tendría no aceptarla. Aquello fue por la mañana y esa misma tarde la manifestación fue la más numerosa que había habido hasta la fecha. Unos días después Mas se reunió con el presidente del Gobierno en la Moncloa, pero no obtuvo ningún acuerdo. No había margen para hablar de financiación. Tras ello, en el debate de política general decidió disolver el Parlament y convocar elecciones para el mes de noviembre, en las que quería una mayoría amplia para liderar el procés, y anunció que impulsaría una consulta sobre la independencia de Catalunya, aunque en el pasado había remarcado que él no era independentista.

De luchar por el pacto fiscal a la consulta del 9-N

Decidió convocar elecciones porque pretendía legitimar con las urnas el cambio de rumbo que iba a tomar el país, decía Mas. Hasta entonces, había gobernado en minoría con el apoyo del Partido Popular, que aprobaba sus política económicas y hacía viable el Govern en minoría.

Tras una campaña electoral, en la que hubieron informes de la UDEF e informaciones de los medios de Madrid que acusaban de corrupción a Artur Mas y su padre y una huelga general de por medio, el resultado no fue el esperado para Mas. Esquerra Republicana subió de nuevo hasta los 21 escaños y Convergència i Unió perdió 12 escaños.

En aquella legislatura hubo acuerdo entre ERC y CiU y un Govern en minoría de nuevo liderado por Artur Mas, aunque esta vez sustentado por los republicanos. Dos años después se materializó la consulta del 9-N, en 2014. El president puso las urnas, aunque el referéndum no era vinculante y el Estado no hizo nada para impedirlo a diferencia del 1-O, cuando desplegó en Catalunya agentes de policía e intentó clausurar colegios usando la fuerza y la violencia en muchos casos, más allá de la causa que se impulsó desde la Fiscalía General del Estado con el ya fallecido José Manuel Maza al frente. Las imágenes siguen presentes en muchas retinas.

Tras el 9-N la situación política catalana seguía en un punto muerto y el siguiente paso del procés para que fuera vinculante el resultado de una consulta fue convocar unas elecciones autonómicas en clave plebiscitaria, aunque las fuerzas constitucionalistas y los comunes no las entendieron así.

El primer paso a un lado y la ruptura de Convergència i Unió

Mas y Puigdemont en el Parlament de Catalunya el pasado 10 de octubre Mas y Puigdemont en el Parlament de Catalunya el pasado 10 de octubre (Àlex Garcia)

Las elecciones fueron en septiembre y antes de ello hubo un duelo de conferencias entre Mas y Junqueras. Éste último, hoy encarcelado en Estremera, rechazaba la lista única que finalmente se impuso y se materializó en Junts pel Sí, cuyo cabeza de lista en Barcelona de forma simbólica era Raül Romeva. Unos meses antes de los comicios del 27-S hubo una crisis de Govern y los consellers de Unió Democràtica de Catalunya dejaron sus carteras y se rompió la histórica federación de Convergència i Unió por las diferencias con la CDC después de que en una consulta interna la militancia democristiana rechazara el procés en los términos que los planteaba Artur Mas.

En las elecciones del 27-S Unió, la pata moderada dentro de la federación ya desde 2012, no obtuvo ningún escaño y en estos últimos comicios catalanes sus dos partidos herederos han acudido divididos: uno en coalición con el PSC, capitaneado por Ramon Espadaler, y el otro, soberanista y comandado por Antoni Castellà, con ERC.

La refundación de CDC: nace el PDeCAT

En el 27-S el independentismo no sumó mayoría de votos aunque sí de escaños. Junts pel Sí sumó 62 asientos en el Parlament y al CUP otros 10, por lo que tenían mayoría absoluta. Pero los anticapitalistas habían prometido enviar a Mas a la papelera de la historia y no investirlo. Y así fue. La formación que había accedido por primera vez con tres escaños al hemiciclo catalán en 2012 forzó el paso a un lado de Mas, que por su parte se cobró el de dos diputados de la formación anticapitalista, Busqueta y Julià de Jodar. Aquello catapultó a Puigdemont a la presidencia de la Generalitat también un 9 de enero. Era 2016. Mas renunció a su acta de diputado para centrarse en la refundación de CDC un día después de la investidura de quien había sido hasta la fecha alcalde de Girona.

En 2016 Mas pasó a presidir junto a Neus Munté de vicepresidenta el PDeCAT y sin lista que les hiciera oposición. El proyecto político que remplazaba a la antigua CDC, en fase de liquidación y a la espera de la sentencia por la presunta financiación irregular del caso Palau, echó a andar con los mismos rostros de su partido madre, aunque la dirección la llevan los jóvenes Marta Pascal y David Bonvehí, que también proceden de CDC. Ahora, Mas deja a Munté en el cargo representativo que ostentaba en su partido y da un paso más.

Artur Mas y Marta Pascal en una ejecutiva del PDeCAT Artur Mas y Marta Pascal en una ejecutiva del PDeCAT (Toni Albir / EFE)

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