La angustia que desatan los narcopisos se está expandiendo por el Barri Gòtic. Docenas de vecinos se concentraron ayer por la tarde a modo de protesta en la plaza Traginers. Comerciantes, entidades ciudadanas y asociaciones de familiares de alumnos exigen a las administraciones que tomen cartas en el asunto, que no permitan que ocurra lo que ya sucedió en el Raval, que frenen la creciente degradación de su vida cotidiana. A la manifestación también acudieron muchos vecinos del otro lado de la Rambla.

El pasado 31 de enero el padre de un alumno de la escuela Baixeras encontró varias jeringuillas abandonadas en las jardineras dispuestas junto a la entrada del centro, en una calle donde los críos acostumbran a jugar al salir de clase. Por aquellas fechas la alarma ya había saltado entre muchos de los progenitores de los alumnos de otro colegio del Barri Gòtic, el Sant Felip Neri. La plaza del mismo nombre es también el patio de este centro. Un niño de cinco años todo contento se acercó a su madre diciendo que había encontrado un tesoro, enarbolando ufano una jeringuilla usada.

“Tememos que acabe pasando lo mismo que en el Raval –explican desde el AMPA del Baixeras–. Ahora los servicios municipales limpian la calle antes de que los críos lleguen al colegio, pero por el camino vas con mil ojos. Las asociaciones de los colegios del barrio comenzamos ahora a coordinarnos, a plantear nuestras demandas al Ayuntamiento. Todos estamos muy preocupados. Está creciendo la presencia de toxicómanos muy degradados, gente que duerme junto a la muralla, que se pasa el día pidiendo limosna. Nuestra comisió groga encargada de las reivindicaciones está muy encima. Queremos que las administraciones los atiendan, que los ayuden… el otro día una drogadicta se cayó en la calle y los chavales de la escuela la ayudaron a levantarse, hasta le recogieron todas las monedas… Pero también queremos una mayor presión policial. El reciente cierre de los dos narcopisos de la plaza Traginers no es suficiente”.

Algunos comerciantes reparten bocinas de barcos para que la gente pueda dar la voz de alarma en cualquier momento. Es otra prueba de cómo se recupera el tejido asociativo de en uno de los barrio más castigados por la gentrificación. Muchos denuncian que la inseguridad se está disparando, que está afectando a sus negocios. Hace un par de semanas la caja registradora de una tienda de recuerdos amaneció en los fosos de la muralla. Estos días media docena de tiendas sufrieron asaltos nocturnos. Una joven habitual de los narcopisos del Raval se dedica a llevarse los cestos de las nuevas lavanderías. Lo prueba la cámara de seguridad de uno de estos establecimientos. También se están multiplicando los robos en viviendas. Los ladrones se encaraman por los canalones de los patios de luces.

Y los trapos rojos del Raval, los que penden de tantas fachadas para protestar contra la venta de drogas, comienzan a abundar por el Gòtic. Los vecinos ya comenzaron a dibujar el mapa de los narcopisos del Gòtic. El del Raval suma unos 50. Aquí, a pesar de que también abundan las viviendas vacías, los puntos de venta aún son un puñado. Uno se encuentra en la calle Correu Vell, dos están en Groc, tres en Escudellers… “Aún no estamos muy al tanto de las circunstancias de cada uno de ellos, si son de fondos de inversión, si están ocupados … Uno era un bar que perdió la licencia, y los que lo tenían alquilado dejaron de pagar y lo convirtieron en una especie de club… Creo que el dueño denunció la ocupación. Al final dejaron que se lo quedara otra gente, que tampoco paga, y el movimiento de gente que viene y va es continuo. Cuando ­cerraron los narcopisos de Traginers encontraron una lista de precios. El chute de heroína cuesta ahora cinco euros”.

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