Los últimos doce pasos de un líder valiente

El mundo no está poblado de héroes. Los actos heroicos suelen producirse en situaciones tan extremas que son capaces de hacer que de pronto un hombre olvide -aunque sólo sea durante unos instantes- de su integridad personal y actúe en aras del bien común. En muchas ocasiones el héroe ni siquiera es consciente de su heroicidad, de eso se entera más tarde cuando es loado y condecorado.

Esto es así en lo referente a la mitad masculina de la humanidad. En la otra mitad, la femenina, todas nacen heroínas por necesidad. Al menos así se desprende de las incontables historias de maltrato, vejaciones y toda clase de violencias y discriminaciones a las que están sometidas a diario a lo largo de sus vidas tantísimos millones de mujeres y niñas, y que sólo ahora comienzan a ser denunciadas y, por ahora, en algunos pocos casos, enjuiciadas, condenadas y castigadas.

Entre los líderes políticos –sean del sexo que sean- más bien escasean personas con vocación de héroe, ni tan siquiera sea en circunstancias que revisten peligro. Y se comprende. Dado que la primera –y se diría que única- prioridad de un mandatario consiste en perpetuarse en el puesto, se cuidan muy mucho de exponerse a situaciones que podrían requerirles un acto de heroicidad. Para estos menesteres están los subordinados y las mal pagadas y denostadas fuerzas del orden.

Son pocos los mandatarios dispuestos a admitir en público que han cometido algún error

Incluso menos numerosos son los mandatarios dispuestos a admitir en público que han cometido algún error, por muy grande o pequeño que éste sea. Tampoco hay perdedores en la carrera política: todo es cuestión de perspectiva e interpretación. Ni tampoco ladrones confesos. Pero ahora que cada vez son más los políticos condenados a penar en la cárcel, sería bueno pensar que alguna lección beneficiosa aprenderían de los otros reos que se hallan encerrados porque nunca disfrutaron de las oportunidades que sí les brindó la vida a esos políticos nada heroicos.

Cuando un mandatario se equivoca causando gran perjuicio tanto a su equipo, partido, familia y hasta su país, ¿no debería dar la cara en nombre de todos y pagar por lo que ha hecho? Semejante gesto se podría interpretar como un acto de heroicidad. Bastaría un “¡he sido yo!…y estoy dispuestos a pagar por ello en nombre de todos.” Mas resulta que un gesto así sería más propio del código de los piratas; de los de antes, claro.

Hacia finales del siglo XIV, la poderosa Liga Hanseática se esforzaba por imponer su hegemonía, de la manera que fuese, en el Báltico. De entre las filas de los que se oponían a la imposición de tantos impuestos abusivos y castigos arbitrarios y crueles, había un hombre de complexión fuerte y espesa barba rojiza llamado Klaus Störtebecker, que habría de erigirse en el indiscutible líder de los otros como él dispuestos a navegar en defensa propia bajo el pabellón pirata.

Que un mandatario diera la cara y pagara por sus errores se podría interpretar como un acto de heroicidad, pero un gesto así sería más propio del código de los piratas

Abordaban las naves de la Liga y repartían el botín conseguido entre las pobres gentes que moraban en los puertos en los que fondeaban. La fama y popularidad de Störtebecker y sus hombres aumentaba a la par que la recompensa que ofrecía La Liga Hanseática por su cabeza. Aún eludió algún tiempo ser capturado. Pero en la primavera de 1400 fue apresado y llevado con algunos de sus hombres a Hamburgo. Muerte por decapitación, rezó la escueta sentencia.

Ahora bien, antes de morir Störtebecker, tendría que presenciar la decapitación de sus fieles compañeros; precisamente en esto –enseguida lo comprendió- consistía el verdadero escarnio del pirata. Pidió al burgomaestre al mando que permitiese que fuese él el primero, argumentando que sería a cambio de ofrecer al ávido público un espectáculo que les iba a entusiasmar.

Dijo que quería ser decapitado de pie y que por cada paso que diese una vez que su cabeza hubiese tocado el suelo se salvase uno de sus hombres. El burgomaestre aceptó. Y el Klaus Störtebecker sin cabeza dio doce pasos antes de desplomarse.

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