Hace mañana medio siglo, el político conservador Enoch Powell pronosticó que correrían ríos de sangre por Inglaterra si continuaba abriendo los brazos a los inmigrantes (que entonces procedían en su inmensa mayoría de la Commonwealth) y concedía la nacionalidad británica a sus hijos y nietos por el hecho de haber nacido en este país. Sus ideas calaron hondo. En Margaret Thatcher, en Nigel Farage y en Theresa May, por citar tan sólo tres ejemplos.

Era el 20 de abril de 1968 y Martin Luther King había sido asesinado dos semanas. Powell –un intelectual brillante que representaba en el parlamento la circunscripción de Wolverhampton Sur, había estudiado en Cambridge, vivido en la India y hablaba urdu– tenía que pronunciar un discurso en el Centro Político de Birmingham, una organización tory. Y, en un lenguaje apocalíptico y racista, optó por pronosticar la hecatombe si no se cortaba de tajo la inmigración y se procedía a las repatriaciones forzosas, algo que hasta entonces no se había planteado y abrió un profundo debate que, con sus altos y bajos, todavía sigue. Al día siguiente fue cesado como responsable de Defensa de la oposición, pero hubo manifestaciones en favor de sus tesis y le llegaron cientos de miles de cartas de apoyo.

Parafraseando a Virgilio, dijo sentirse como “los romanos cuando vieron el Tíber cubierto de espuma sanguinolenta”, y que era trágico observar cómo Gran Bretaña “se inmolaba en su propia pira funeraria” y pronto sería un lugar “donde no vale la pena vivir” por culpa de los inmigrantes y sus descendientes. “El hecho de nacer aquí no hace a nadie inglés”, señaló con su potente oratoria y sentido europeo blanco de superioridad, en un discurso histórico que fue bautizado por la prensa como “los ríos de sangre”.

May ha pedido perdón por la crueldad de su política hacia los caribeños que llegaron tras la II Guerra Mundial

Los extranjeros objeto de su ira fueron el medio millón de afrocaribeños de la “generación del Windrush” (el nombre del primer barco que los trajo al Reino Unido). Las colonias del Caribe aún no se habían independizado, y eran por tanto sujetos de la Corona que atendieron al llamamiento de mano de obra barata de la “familia imperial”en la época de la industrialización, tras la II Guerra Mundial, y al sueño de una vida mejor. Con lo que se encontraron, en cambio, fue con sueldos de subsistencia, discriminación y carteles propios del apartheid sudafricano que decían “no perros, no negros y no irlandeses”, o “Back Britain, no Black Britain”. Así era la Inglaterra de la posguerra.

El líder tory Edward Heath se deshizo de Powell, y entre los pocos miembros del gabinete en la sombra que salió en su defensa figuró Margaret Thatcher, que empezaría la campaña antiinmigración que ahora ha llevado al Brexit. Una directiva de Theresa May cuando fue ministra de Interior, y reafirmada tras su acceso a Downing Street, impuso “crear un clima hostil a la inmigración” y “deportar primero y apelar después”, aplicable a tantos extranjeros como fuera posible.

El funcionariado, siguiendo sus instrucciones al pie de la letra, ha perseguido en los últimos meses a afrocaribeños que llegaron de Barbados o Jamaica de niños, en la época del discurso de Powell, pero carecen de documentos que lo prueben, por haberlos perdido o por razones de salud mental. Han sido privados de sus empleos , se les ha expulsado de sus casas y metido en centros de internamiento, para ser deportados a países de los que salieron en los años sesenta y no han vuelto a pisar, y donde no conocen a nadie. Se les ha negado de repente el acceso a la sanidad pública, lo cual ha costado la vida a una mujer.

La prensa, sin embargo, todavía sirve para algo, y una campaña de denuncia con nombres y apellidos orquestada por el diario The Guardian (afín al Labour) ha obligado al Gobierno a poner el freno, cuando menos respecto a los inmigrantes del Caribe. La ministra de Interior, Amber Rudd, ha reconocido “errores”. Theresa May ha pedido disculpas al Parlamento y a los líderes de las doce excolonias británicas de la región. Tan sólo al día siguiente de esta rectificación, un funcionario ha explicado anónimamente que toda la documentación relativa de los miembros de la “generación del Windrush” fue destruida cuando el Servicio de Inmigración se trasladó de sede en el 2010, a sabiendas de los problemas que ello plantearía. Aún así, la Administración dictaminó que el peso de la prueba sobre la entrada legal en el país correspondía a los extranjeros.

La mañana de su incendiario discurso, Enoch Powell, padre del nacionalismo británico, salió de la casa adosada de cinco habitaciones que tenía en Wolverhampton, y ahora objeto de una gran polémica sobre si merece una placa que recuerda su presencia. Pasó por la escuela primaria de West Park (aún existe), que mencionó en su intervención porque la madre de un alumno se había quejado de que era el único blanco de la clase. Y atravesó unas calles en las que entonces vivían 15.000 inmigrantes, y ahora 150.000. Los extranjeros constituían un 2% de la población del Reino Unido, ahora son un 8%. Pero nunca han corrido ríos de sangre.

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