Seguía sus huellas con la esperanza de encontrarlo. Era la quinta vez que Clementina Murcia participaba en la Caravana de Madres Centroamericanas para buscar a su hijo Mauro, al que perdió el rastro hace 16 años cuando decidió abandonar Honduras para migrar a Estados Unidos. Murcia gritó su nombre en las plazas que pisó, recorrió a pie decenas de kilómetros portando con ella la fotografía de su hijo. Nadie sabía nada de él.

El 11 de diciembre, pudo abrazarlo de nuevo. Esa foto, la que siempre llevaba con ella, desconcertó a Claudia Ivette, la esposa de Mauro. Acababa de ver en las noticias a la mujer sosteniendo el retrato de su marido y no dudó en contactar al Movimiento Migrante Mesoamericano (MMM), que organiza la caravana cada año.

Murcia y su hijo se reencontraron en un albergue de Guadalajara entre los aplausos y los gritos de “sí se pudo, sí se pudo” de las otras madres de migrantes desaparecidos. Mauro, que se fue de casa con 22 años, no pudo contener el llanto. Ambos se fundieron en un abrazo de más de cinco minutos. “Te extraño, hijo. Ojalá mis hermanas también encuentren a sus hijos como yo lo hice”, afirmó Murcia, según recoge la web de la organización. La mujer también pudo conocer a su nieta, que ahora tiene 15 años. 

Como Clementina, otras siete madres procedentes de Honduras y El Salvador han podido reencontrarse con sus hijos desde que comenzó el pasado 2 de diciembre la XIII edición de esta caravana que recorre los principales puntos de la ruta migratoria por México. Miles de kilómetros y 16 días, dicen, de “búsqueda y resistencia”.

“Vamos en autobús y hacemos paradas estratégicas en el trayecto migratorio. Caminamos alrededor de las vías, recorremos la ciudad, nos paramos en los parques, vamos a los hospitales y a las cárceles. Exponemos las fotografías de los desaparecidos, nos reunimos con otros colectivos, entrevistamos a la gente del pueblo y muchos nos dan pistas”, explica Marta Sánchez, presidenta del MMM, en una entrevista con eldiario.es. 

“¿Han visto a esta muchacha?”,  preguntaba en cada tienda del municipio de Tuxtla Gutiérrez (Chiapas) Dilma del Pilar Medina. La mujer hondureña llevaba colgado en el pecho el retrato de su hija Olga, de 36 años. A través de una foto enviada por WhatsApp, supo que Olga vivía allí pero, según relatan desde el MMM, no lograron localizarla por teléfono.

Algunos de los vecinos, tras ver los carteles en los postes de luz y las paredes, aseguraron conocerla y saber cuál era su casa. “Creo que he visto a esta muchacha caminar por el parque todos los días”, les dijo una señora. Madre e hija volvieron a encontrarse después de ocho años sin verse.

¿Por qué desaparecen?

“Señor, señora, no sea indiferente, se pierden los migrantes en la cara de la gente”. Fue la consigna coreada por las madres en su marcha por las calles de Puebla. Desde hace trece años, la caravana ha localizado a 277 personas a las que se les perdió el rastro cuando decidieron emigrar a México y a EEUU.

Pero, ¿por qué ocurre esto? “De todos los que hemos encontrado, solo uno no se quiso comunicar por voluntad propia, no quería saber nada de la familia, la mayoría es porque sufre un trauma fuerte. En el transcurso de su tránsito les quitan todo, el dinero, sus documentos, no se pueden comunicar, son muy vulnerables”, explica la activista mexicana.

Doña Pilar y Rubén Figueroa, de la caravana, en Tuxtla Gutiérrez.

Doña Pilar y Rubén Figueroa, de la caravana, en Tuxtla Gutiérrez. Consuelo Pagaza

“Muchos salieron hace bastantes años y no tenían teléfonos celulares porque no existían. Muchas veces, en sus pueblos no hay electricidad, ni calles señalizadas. Algunos escribieron muchas cartas que no llegaron, quedaron sin respuesta. No había redes sociales como ahora que ayudan a mantener contacto”, prosigue.

Sánchez asegura que muchas de estas personas también son víctimas de trata y se ven forzadas a prostituirse y a trabajar para el crimen organizado bajo la amenaza de “O me pagas, o te mato”.

Cuando las madres encontraron a Fernando (nombre ficticio), uno de los hijos desaparecidos, estaba atemorizado. “Se cayó en las vías de un tren y un cacique de la zona, lo curó y se lo llevó a su rancho. Lo tuvo cuidando de sus animales. No le pagaba, le golpeaba. Cuando logramos sacarlo de allí, no miraba de frente, no hablaba, temblaba de miedo. Después de diez días con nosotras, comenzó a sonreír y a platicar”, relata Sánchez. 

“Ya no somos compañeras, somos hermanas”

Cerca de 500.000 personas cruzan la frontera sur mexicana cada año, según Naciones Unidas. La mayoría proviene de Centroamérica, una región azotada por la violencia generalizada y la pobreza. Sin embargo, como apunta la activista, la violencia también es una constante en el propio trayecto migratorio. La desaparición de migrantes en México tuvo como punto de inflexión la masacre de San Fernando en 2010, en la que 72 migrantes fueron ejecutados por el cártel de Los Zetas.

“Solo el activismo social busca y encuentra migrantes”, repite la caravana de madres, que, además localizar a sus hijos, exige al Gobierno mexicano que tome cartas en el asunto. “Nosotros hemos encontrado a 277, y ellos a ni uno solo”, recalca la representante del MMM.

“Prometen mil cosas, hay algunos avances, pero muy pocos. Es falta de voluntad política y de recursos. También de conocimiento de cómo se busca, nosotras hacemos trabajo de campo, vamos puerta por puerta”, critica la activista. “Es la sociedad la que atiende a los migrantes, la que los recibe en albergues, la que les cura los pies, la que les ayuda a poner denuncias. Son las organizaciones civiles y de la iglesia”, añade.

La Caravana de Madres se despide en el Puerto Fronterizo El Ceibo, antes de ingresar a Guatemala.

La Caravana de Madres se despide en el Puerto Fronterizo El Ceibo, antes de ingresar a Guatemala. Consuelo Pagaza

Gracias a su activismo, Catalina Narcisa, Justina Hernández, Doris López, María Inés García y José Baras han podido volver a reunirse con sus seres queridos. Algunas han regresado a sus países con la alegría de saber que están vivos, otras pasarán las fiestas con ellos con el permiso de las autoridades mexicanas. Pero todas lo tienen claro: la lucha sigue.

“Tras la experiencia, regresan a sus países con otra actitud. Se convierten de víctimas, en defensoras de derechos humanos. Sus organizaciones locales, al principio, eran incipientes. Ahora son fuerzas políticas. Con la caravana han tomado las riendas y están empoderadas, trabajando en sus comunidades”, asegura Sánchez. “Es un proceso muy intenso y sanador porque hablan entre ellas, construyen apoyos, son días de viaje juntas”.

Después de cinco caravanas, Murcia se había convertido en una de las portavoces “mas duras y combativas” contra la desaparición de migrantes. Cuando, por fin, abrazó por fin, cogió el micro ante la mirada de las otras madres. “Yo le doy las gracias a la caravana, porque cuando nos sentimos tristes, nos apoyamos las unas en las otras. Ya no somos compañeras, somos hermanas. Sigamos adelante, no desmayemos, porque a cada quien le va a llegar su día”, dijo la mujer.

Y asegura que su lucha no cesa, por sus compañeras y por ella. Ahora buscará a su segundo hijo desaparecido, Jorge Orlando, bajo el lema que agrupa a estas madres incansables: “Sigo tus huellas con la esperanza de encontrarte”. 

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