No se fían de Theresa May. Ha perdido tres veces la votación en su Parlamento para ratificar el acuerdo del Brexit. No se fían de Theresa May. Lleva desde noviembre en la tarea de sacar adelante en Londres el tratado de 600 páginas pactado con la UE, pero hasta hace cuatro días, 34 meses después del referéndum en Reino Unido, no ha querido abrir un diálogo real con el Partido Laborista. No se fían de Theresa May, porque aunque ella prometa una “cooperación sincera” mientras sale de la UE, quieren llenar de contenido los términos de esa cooperación sincera. 

La primera ministra británica pidió el viernes pasado, a un mes de la nueva fecha de salida del Reino Unido de la UE –el 12 de abril–, una prórroga hasta el 30 de junio, con la idea de salir antes de las elecciones europeas: no obstante, se comprometía a convocar los comicios al Parlamento Europeo por si acaso no conseguía ratificar el acuerdo de retirada antes del 23 de mayo. Pero no se fían, y le ofrecen una prórroga hasta el 31 de octubre, con una revisión en junio. Y no se la dan más larga porque, el presidente francés, Emmanuel Macron, ha insistido en que cuando más tiempo permanezca Reino Unido como “Estado saliente”, más riesgo corre “el proyecto europeo”.

Pero no se fían de ella, porque no ha presentado, en su exposición este miércoles por la tarde ante los líderes de la UE, más que la confianza de tener éxito las conversaciones con los laboristas y sacar el acuerdo adelante. Pero no ha traído a Bruselas más que su palabra, y su palabra, desde noviembre pasado, no ha conseguido lo prometido por la división de su partido, la falta de colaboración de los laboristas y por una división del Parlamento británico en cuanto a los pasos a seguir.

Y los pasos a seguir, según los 27, deben conducir a la salida ordenada del Reino Unido de la UE. “Salida ordenada” es el nuevo mantra, toda vez que la “flextensión” del presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, no ha terminado de cuajar. Pero para esa “salida ordenada”, entienden los líderes de la UE, se necesita tiempo. Tiempo para que maduren las negociaciones con los laboristas y tiempo para que Reino Unido se aclare sobre qué relación quiere tener con la UE en un futuro. 

Porque las conversaciones entre el Partido Conservador y el Partido Laborista tienen mucho que ver con eso, en qué quiere ser Reino Unido de mayor en relación con la UE. En si quieren no hablarse, hablarse poco o mandarse mensajitos todo el rato. Y los laboristas mayoritariamente apuestan por lo segundo: una unión aduanera, que ve con muy buenos ojos Bruselas, con derecho a participar en la toma de decisiones del espacio económico común.

Pero, mientras tanto, mientras se llega a eso, los 27 son desconfiados. Unos más, y otros menos. El que más ha trasladado esa desconfianza y dureza es el presidente francés, Emmanuel Macron, convencido de que su papel en este momento histórico pasa por erigirse en el símbolo de la defensa de la arquitectura de la UE realmente existente: ya sea frente a Marine Le Pen, Matteo Salvini o Theresa May. 

Y Macron fue el que más defendió una prórroga corta, y logró así reducir a la mitad la prórroga de un año –hasta marzo de 2020– impulsada por el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk. El 31 de octubre, la nueva fecha límite –con una revisión en junio, ratificando que han celebrado las elecciones de junio y evaluar la situación–, además de Halloween, es el día en el que vence la Comisión Europea de Jean-Claude Juncker, con lo cual no tomaría posesión el comisario británico en la nueva Comisión y no participaría Reino Unido en la confección de las nuevas instituciones europeas. Salvo el Parlamento, pero de forma breve en tanto que se constituye el 2 de julio.

Pero Macron fue, también, el más empeñado en que los 27 desarrollen el significante flotante “cooperación sincera”. ¿Qué significa eso? De alguna manera, significa recuperar el anatema irlandés, una suerte de backstop 2.0 para ponérselo a Reino Unido: una salvaguarda para asegurar esa “cooperación sincera”.

En el primer borrador de conclusiones que han manejado los líderes en Bruselas, elaborado por el equipo de Donald Tusk, se daban algunas pistas: el texto afirmaba que durante la prórroga no se “permitirá socavar el funcionamiento de las instituciones de la UE […]. El Consejo Europeo toma nota del compromiso del Reino Unido de actuar de manera constructiva y responsable a lo largo de este periodo de acuerdo con el deber de cooperación sincera, y espera que el Reino Unido cumpla con esta obligación de una manera que refleje su situación como Estado miembro que se marcha de la UE”. En consecuencia, “Reino Unido facilitará la consecución de las tareas de la Unión y se abstendrá de adoptar cualquier medida que pueda poner en peligro el logro de los objetivos de la UE”.

Pero, ¿cómo se desarrolla eso? Limitando los derechos de Reino Unido como Estado miembro. Una renuncia que tiene que asumir Londres. “Si se está yendo de la UE, ¿qué interés tiene en seguir participando de las decisiones de la UE?”, se preguntaba una fuente diplomática en Bruselas. Por tanto: reuniones a 27 más allá de las que se han producido para tratar del Brexit –como la cumbre rumana de Sibiu el 9 de mayo para hablar sobre el futuro de Europa–; Reino Unido no podrá ejercer su derecho a veto ante decisiones tomadas por los 27; tendrá que participar en las elecciones europeas; pero no tendrá comisario, entre otras condiciones.

Al final, Reino Unido seguirá en la UE hasta que se vaya, con obligaciones pero con sus derechos limitados, en una suerte de asfixia que le hará cada día sentirse más incómodo dentro y, en definitiva, alimentando las ganas de irse cuanto antes, que es lo que quieren cada vez más entre los 27.




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