Escribir tiene que ver con el cuidado de la forma y la profundidad del fondo, pero también con el adecuado continente para ambos. No se si les he contado alguna vez que, a pesar de ser mi vocación inicial la de novelista, tras muchos años en el periodismo me costó mucho decidirme a escribir ficción. Algo me bloqueaba. Una especie de fuerza profunda que me hacía sentir un enorme malestar si lo que se vertía sobre el papel era inventado. Lastres de periodista. De modo que en las informaciones se escribe la realidad contrastada y se busca la verdad con las armas del periodismo y en las opiniones se escribe con honestidad la valoración que uno hace de las cosas. Y cuando uno se lanza en brazos de la novela, entonces ficciona. No conviene sacar las cosas de su lugar. Nunca. Ni escribir opinión en las informaciones ni emboscar reportajes como obras de ficción. Hacerlo es un error y una estafa a los lectores. Me darán la razón. Pero ¿qué es entonces escribir periodismo en un papel timbrado? ¿Qué sucede si un relato periodístico, una crónica política, se introduce en un proceso judicial bajo la forma de un texto legal o criminal? Eso ha vuelto a suceder.

Si el Lazarillo, el Buscón y Molly Flanders forman parte del género picaresco, el último informe presentado por la Guardia Civil al juez Llarena inaugura el género picolesco, que es una crónica política revestida de formato policial. Aquí no se trata de estafar al lector, que es técnico y avispado, sino que se busca dar soporte a una acción jurídica que pretende describir como delictivo lo que a priori no lo era. Abracadabra. El informe 2017-101743-00000112 que tiene como objetivo “la investigación de los hechos relacionados con la DUI” es una pieza fuera de todo encaje. Pudiera suceder que los que lo han realizado, estén inaugurando un nuevo género que no sería ya el periodístico judicial sino, muy por el contrario, el judicial periodístico en el que se abre un amplio campo inexplorado y demasiado peligroso.

Los llamados investigadores han recopilado todos los documentos públicos y conocidos sobre el llamado procès. Lo que compilan ha sido publicado y reflejado en los medios de comunicación durante años. Eso sí, lo salpimentan con ese lenguaje vanamente florido de los atestados, añadiendo de su cosecha algunos verbos y palabras que permiten crear la atmósfera precisa para el fantasmal delito de rebelión. Así afirman que “la estrategia de Junts per Si giró con virulencia y quizá por las presiones de la CUP, socio imprescindible”. ¡Pero qué me cuentan! ¡Cómo han llegado a descubrir este arcano! Ni una tarde googleando lleva encontrar el material que contiene el informe aunque, eso sí, al salpimentarlo con el “virulento” giro, es decir, “que es violento y agresivo”, introducen un elemento digamos de estilo que les vendrá muy bien para atender al objetivo final: demostrar que hay rebelión porque hay alzamiento violento.

El argumento es fabuloso. Descubren tras mucho trabajo indagatorio, supongo, que “determinadas decisiones políticas no se habrían adoptado sin el respaldo de las movilizaciones” pero eso, señores, no es todo. ¡Que va! Miren que  “la movilización social no habría alcanzado los niveles actuales si los partidos independentistas no hubieran asumido las esferas de los poderes legislativo y ejecutivo”. ¡Las esferas! ¿Se dan cuenta? ¡Ganaron las elecciones y tomaron posesión! Todo eso está escrito en papel oficial y presentado en el Tribunal Supremo. No es broma. Con la apariencia de un informe que analiza comportamientos delictivos se presenta un resumen, peor redactado que el de cualquier medio, de circunstancias y hechos que no sólo hemos vivido en directo sino que han sido analizadas por columnistas y analistas desde hace años. Los documentos incautados inciden en lo mismo. Las misteriosas agendas contienen un compendio de lo que muchos compañeros llevan años publicando. Nadie se olió que se estaban cometiendo ilícitos penales. Nadie. Ni los delegados del Gobierno que autorizaban esas masivas Diadas que ahora se quieren criminalizar.

No se yo por qué, acostumbrada a leer instrucciones e investigaciones, pensaba que los criminales solían ocultar su modo de operar y sus motivaciones que sólo las intervenciones, escuchas y otras diligencias acaban por mostrar a los ojos del instructor. No es este el caso. Fueron muy listos. Delinquieron a ojos de todos, sin que nadie reparara en que delinquían. Hemos asistido a una rebelión en fascículos y diferida en la que toda la violencia de años se concentró en los daños cometidos en unos coches policiales. ¿Se dan cuenta qué listos son estos rebeldes? Cometen una rebelión violenta pero lo hacen sin violencia para disimular y que no nos demos cuenta.

El género no es nuevo. Siento defraudar a los autores. Por contra, hace años que se practica y la Guardia Civil ha debido adquirir cierta destreza en él. La cosa empezó con la lucha contra ETA y fue especialmente aplaudida por el justiciero juez Garzón. Él fue el diseñador del sellado de las zonas de impunidad. Los círculos. Los asesinos. Los que les arropaban. Los que les subvencionaban. Los políticos que les apoyaban. Los que simpatizaban. Los que pensaban lo mismo. Los que bailaban un aurresku. Todo es ETA. Yo he visto a jueces dar puñetazos sobre la mesa indignados por algún paso de los informes policiales al género novelesco. Todos hemos visto como décadas después se anulaban las extensiones de la criminalización a medios periodísticos por expresar ideas independentistas (como Gara o Egunkaria). No, no es nuevo que la Guardia Civil escriba de más y, desgraciadamente, tampoco lo es que algunos jueces recorten y peguen de tales informes y tiren millas hasta llegar a algún lugar donde el despropósito se frena.

La confusión, voluntaria o no, entre las ideas políticas y las reivindicaciones lícitas que no gustan y el crimen organizado da mucho miedo. Mucho. Que el procès era ilegal ya lo determinó el TC anulando sus formas de apariencia jurídica. Que además de ilegal sea criminal es algo que se está gestando con demasiada soltura argumental.

No hay duda de que la Guardia Civil debe investigar el origen del dinero que pudo ser malversado, su destino, y que busque pruebas de todo ello. Lo de construir un grupo criminal con la crónica política catalana de los últimos años se escapa de lo democráticamente deseable. Da miedo. Mucho.

Y la realidad también se la da a muchos. Si se estima que estos hechos no violentos que llevaron a una falsa DUI deberían ser delictivos, sólo hay que legislar y tipificarlos para ulteriores ocasiones. Lo demás es retorcer los tipos penales para lo que no fueron hechos y eso está en las antípodas de cualquier Justicia.

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