La lengua es a menudo el ingrediente central de nuestra identidad –cuando la religión se bate en retirada en una Europa cada vez más aconfesional. Aquello que nos ‘define’ respecto al resto, antes incluso de ser conscientes de que un documento nacional nos identifica. El elemento esencial en el que pensamos. Pero, además, y como organismo ‘vivo’ que evoluciona con el tiempo, nos dice mucho más. Incluso sobre la política.

Y sino que se lo digan a la Unión Europea (UE).

En mayo del 2017, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, lanzó una frase que trajo polémica: “Dudo entre el inglés o francés y he hecho mi elección: me expresaré en francés porque de manera lenta pero segura el inglés está perdiendo importancia”.

No faltaron los aplausos.

Y no era la primera vez. Juncker ‘sólo’ empleó el francés y el alemán en el pleno extraordinario que el Parlamento europeo celebró para analizar el resultado del referéndum británico sobre el Brexit. Apenas habló inglés para dirigirse a Nigel Farage, el eurodiputado que entonces lideraba el UKIP, el principal partido promotor del adiós.

¿Fue todo un simple chascarrillo?

¿O ya ‘re-entonamos’ el bonjour?

La lengua y la historia, un asunto muy europeo

La fragmentación lingüística sobre el mapamundi ha traído siempre debates y propuestas; también conflictos. Aunque como nos recuerdan los historiadores, durante tiempo fue lo de menos.

No hubo lengua oficial en el Imperio romano, cuando el latín se convirtió en ‘lingua franca’ (en especial entre los eruditos…) Luego de ella surgirían las lenguas latinas y ‘mal habladas’ –o romances–, como denota la similitud entre el francés, el castellano, el catalán, el italiano o el portugués, por dar unos pocos ejemplos.

Al igual que, con la llegada de los Estados modernos, y tal y como rememoraba el profesor del CSIC Javier López Facal en Breve historia cultural de los nacionalismos europeos, la hegemonía secular del reino francés hizo del francés la nueva lengua franca de los reyes y las cortes de Europa. Mientras, el pueblo llano seguía hablando en dialecto, los profesores en latín, y a las cortes reales les traía sin especial cuidado comunicarse con sus súbditos.

Pero luego vinieron las revoluciones liberales. Y con ellas el concepto de nación. Y con él, dar contenido a lo que significaba la lengua para un pueblo. Hasta cambiarlo todo.

Así, en el siglo XIX, en paralelo al progresivo asentamiento de los estados nacionales, hubo países, como Noruega y Francia, que impusieron el noruego y el francés como motor del cambio; en Grecia e Israel pasó en el XX; incluso hoy, en el XXI, Estados de la antigua Yugoslavia retoman aquellos tiempos para asentar la diferencia entre los muy similares serbio y serbocroata. En paralelo, los cambios socioeconómicos también tuvieron su papel. La emigración a las zonas industriales de Gales o Escocia llevaron al asentamiento del inglés. Como pasó con el castellano en el País Vasco o Catalunya. El crecimiento económico requería de trabajadores… Y estos llegaron con sus lenguas y culturas.

De ahí que, como ha señalado Paola Catenaccio, profesora de la Universidad de Milán, la lengua juegue un rol especialmente crucial para establecer y preservar la identidad nacional de un grupo, y la razón por la que, en consecuencia, los grupos nacionalistas en Europa sean tan fuertemente protectores con sus lenguas nacionales, también en contra del ascenso del inglés en la comunicación transnacional.

Lengua y supranacionalidad europea

Aunque, como rememoran los diferentes expertos, nación-Estado-y-lengua, todo a la vez, sea algo muy difícil de ver. Bien porque hay Estados que comparten una lengua –da igual aquí la distancia entre ellos, como le pasa al inglés austral, americano y británico; al castellano peninsular o americano; al portugués europeo o africano… O porque algunos Estados integran varias lenguas. O porque hay naciones y/o lenguas que se dividen en varios Estados. O porque hay naciones que ‘obvian’ la lengua para centrarse en la religión u otros aspectos como elemento nacional o estatal. Y un largo etcétera.

Pero en la integración europea la realidad plurilingüe es la que parece ir asentándose. Pese a las recurrentes polémicas en cada uno de sus Estados y su propia complejidad.

Y para comprobarlo sólo hay que ver los datos sobre el estudio de lenguas por los estudiantes. Pese a las diferencias de inicio, parece que crece, con el tiempo, y con especial relevancia en el norte europeo, aquellos que tienen –más allá de la frase de Juncker– al inglés como su ‘lingua franca’ en un contexto de democracias liberales y finanzas, ciencia, tecnología o turismo de masas internacional.

Lengua y política en Europa Lengua y política en Europa (Mario Chaparro)

¿Lo seguirá siendo sin el Reino Unido en la UE? ¿O ahora que el centro de gravedad de la política europea vuelve a Francia y Alemania tras el Brexit significa también la vuelta del francés o el alemán?

Apenas es necesario acudir a los datos para certificar no sólo una imagen… Sino una realidad. El inglés es la lengua más estudiada en el Viejo Continente. Incluso es ya la segunda lengua materna más numerosa. De forma que el monolingüismo parece estar en retirada en una Europa cada vez más plural. Aunque –como todo cambio o transición trae aparejado– no esté exento de crisis.

En el meollo de la polémica

En España se recuerda de la mano del exministro José Ignacio Wert: “Nuestro interés es españolizar a los niños catalanes”, señaló en el Congreso. En paralelo llega a menudo la cuestión sobre la conveniencia o no de una inmersión lingüística en Catalunya. La realidad, en cambio, es que sea en estos casos, o en el País Vasco, la Comunidad Valenciana, Andalucía, las Islas Baleares o Galicia, la aprehensión de la lengua local y de la castellana por una u otra vía no ha impedido que se aprendiera, más allá, una segunda o tercera lengua –dependiendo de la Comunidad Autónoma concreta.

De manera muy mayoritaria el inglés.

E igual ha sido en el resto de Europa.

Vuelven el finés. El letón. Incluso el turco. Lenguas que estuvieron en algún momento en peligro de extinción –o que han estado virtualmente ‘muertas’. Pero todas ellas en paralelo a su inserción en un contexto transnacional y supranacional europeo, con fronteras abiertas y zonas económicas que han superado la típica cerrazón estatal.

De forma que igual de importante es saber algo de francés al sur de los Pirineos… como español al norte. O alemán y húngaro en la frontera del este. O turco más allá. De lo monolingüe se ha pasado a lo bilingüe en lo cercano… E incluso a lo plurilingüe en el conjunto.

Pero, ante todos ellos, sigue el avance del inglés como lengua común frente al francés.

El cambio institucional en la UE

Porque tal y como informaba Dani Rovirosa desde Bruselas, el francés ha sido durante años la lengua vehicular entre los funcionarios y diplomáticos en la capital oficiosa de la Unión Europea rememorando ese pasado reciente, pero primero por las adhesiones del Reino Unido e Irlanda en 1973, y luego por la ampliación hacia el Este en el 2004, el inglés se ha convertido en el idioma principal de las instituciones comunitarias.

También para los franceses.

“Tenemos un reglamento (…) en el que cada Estado miembro puede notificar una lengua oficial (…) Los irlandeses han notificado el gaélico y los malteses han notificado el maltés. Sólo el Reino Unido ha notificado el inglés”. Es decir, “si no tenemos al Reino Unido, no tenemos al inglés” como uno de los idiomas oficiales de la UE, aseguraba Danuta Hübner en la comisión de Asuntos Constitucionales del Parlamento Europeo.

Los datos parecen de nuevo llevarle la contraria.

La normativa que mencionaba Hübner data de 1958 y se ha modificado a medida que la UE se ha ampliado. Hoy hay 24 lenguas oficiales. Cosa bien diferente es que una vez el Reino Unido salga de la UE no sean estos mismos países –con el inglés como lengua cooficial, pero sin necesidad hasta ahora de reclamarla en Europa por la presencia de Londres en Bruselas– quienes dejen patente en un papel un hecho ya compartido.

Porque pese al próximo Brexit, el inglés continúa siendo el principal idioma de comunicación en la Unión Europea y parece difícil que deje de serlo. El negociador jefe de los 27 que restarán en la UE, Michel Barnier, francés, de hecho, ha optado por dirigirse a la audiencia en inglés. Una señal inequívoca de que volver en la historia siempre es factible pero no siempre probable.

¿Ahora que el centro de gravedad de la política europea vuelve a Francia y Alemania tras el Brexit significa también la vuelta del francés o el alemán?

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