Mapache, cotorra argentina, tortuga de florida, avispa asiática, cerdo vietnamita, mejillón cebra, cangrejo rojo, siluro, mosquito tigre, picudo de las palmeras, visón americano… Las especies exóticas invasoras se han convertido en la mayor amenaza para la biodiversidad del planeta, y nuestro país es uno de los que se está viendo más afectado.

Pero cuando hablamos de bioinvasores no nos referimos tan solo a los animales que se instalan en nuestro entorno desplazando a las especies autóctonas, sino también a las plantas, que pueden resultar incluso más dañinas para la salud de nuestros ecosistemas. El caso del camalote o jacinto de agua (Eichhornia crassipes) es uno de los más graves.

Con ochocientos kilómetros de longitud, el Guadiana es el cuarto río más largo y más caudaloso de la península ibérica. En su recorrido atraviesa Extremadura cruzando por entero la provincia de Badajoz, y es a lo largo de este tramo donde sufre la irrupción y el asalto del camalote.

Esta planta acuática de gran tamaño (sus hojas pueden llegar a alcanzar un palmo) es originaria de Sudamérica. En 2004 aparecieron los primeros ejemplares flotando en el Guadiana. Hoy lo cubren a lo largo de más de 150 kilómetros, casi la totalidad de su tramo extremeño.

Estanque invadido por el camalote o jacinto de agua ('Eichhornia crassipes') Estanque invadido por el camalote o jacinto de agua (‘Eichhornia crassipes’) (WP)

La presencia de esta planta invasora amenaza con arruinar 40.000 hectáreas de regadío y a todas las empresas que se dedican al cultivo de arroz, tomate, pimiento, espárragos y el resto de la rica y variada producción hortofrutícola de la vega del Guadiana.

Los efectos en el ecosistema fluvial son letales. La espesa capa de camalotes que flotan en el río lo hace desaparecer por completo, impidiendo que la luz entre en contacto con sus aguas y alterando gravemente la vida acuática.

Es dramático acercarse a la orilla y comprobar cómo el antiguo cauce se ha convertido ahora en un alargado pasillo vegetal, un camino verde sobre del que han desaparecido las aves acuáticas o las nutrias.

Los habitantes de su ribera no alcanzan a entender lo que está pasando con este bioinvasor que les ha robado literalmente el río. Los pescadores han dejado de acudir y las actividades relacionadas con el turismo fluvial se han tenido que abandonar. El mes pasado, por ejemplo, tenía que celebrarse el campeonato de Extremadura de piragüismo al paso del río por la ciudad de Mérida, pero tuvo que suspenderse porque bajo sus puentes no discurre el agua sino que se extiende una tupida alfombra.

El coste económico de la lucha para erradicar a esta especie exótica está resultando altísimo. En los últimos diez años se han invertido más de treinta millones de euros en todo tipo de iniciativas: desde barreras flotantes de contención hasta labores de extracción con maquinaria pesada. El año pasado se extrajeron 170.000 toneladas de camalote: casi un millón desde que fue detectado. Una lucha titánica en la que se llevan invertidos más de 30 millones de euros procedentes en su mayor parte de fondos europeos.

Nenúfar mexicano ('Nymphaea mexicana') Nenúfar mexicano (‘Nymphaea mexicana’) (WP)

Pero el camalote no es la única planta acuática invasora que amenaza a nuestros ríos. También se está extendiendo el nenúfar mexicano (Nymphaea mexicana), que aunque menos rápido a la hora de propagarse, es mucho más difícil de erradicar allí donde aparece. La causa es que mientras el camalote es una planta flotante sin raíz, la especie norteamericana enraíza con fuerza en el lecho fluvial formando bulbos desde los que se reproduce, por lo que su eliminación resulta más compleja.

Ambas especies figuran en el listado de las cien especies invasoras más perjudiciales que elabora la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza) y desde 2011 está prohibido su cultivo y comercialización, tanto en España como en el resto de la UE.

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