“Les patrulles de la frontera hongaresa han arrencat la malla metàl•lica que fou la mimesi del teló d’acer: renovar-la hauria costat més que eliminar-la”. La frase está diseminada en una de las entradas del dietario Dones que dormen de Valentí Puig. Años 1989-90. Pronto caerá la grieta continental que era el Muro. La crisis soviética repercute en sus países satélite y Europa, por primera vez después del fin de la Segunda Guerra Mundial, sufre una crisis que va a transformarla. El ensayista Puig, siempre atento a la política internacional, lo intuye. Podría estar empezando un tiempo nuevo. “Si amb la Revolució Russa tot començà a canviar, i Ialta donà una nova forma al mapa d’Europa, potser vivim avui una mutació més perdurable.” ¿Qué iba a ocurrir? ¿Cómo podía articularse para bien aquella mutación? Ahora, en otro momento de crisis de la construcción política del continente, vale la pena recordar lo que se pensó en aquel momento.

Pocos lo pensaron con la profundidad de Pasqual Maragall, un político que se descubrió a sí mismo como un patriota europeo cuando en 1985 vio el sinsentido del Checkpoint Charlie. ¿Si los árboles eran los mismos en los parques separados por el muro, por qué no empezar a pensar la reconciliación? Esa idea era ética, política e intelectual. Es una parte olvidada del legado de Maragall. A través de papeles olvidados y otros inéditos, que son demostración de su ambición política y capacidad de interlocución con grandes políticos e intelectuales, aquí tratamos de contarlo.

Aquel momento crítico de Europa, en el campo del catalanismo progresista, diría que pocos lo sintieron con tanta profundidad como el alcalde Maragall. Su circunstancia concreta, que es de una concentración máxima, lo favorecía. Está inmerso en un proyecto de enorme ambición: la modernización de la ciudad de Barcelona, para que se convierta en una capital del mundo, con el horizonte inmediato de los Juegos Olímpicos de 1992. En ese periodo de frenética intensidad, de una concentración tremenda de él y de sus equipos, Maragall —que buscaba la construcción de su liderazgo político a través de la proyección internacional de los Juegos (lo vio Xavier Roig, su jefe de gabinete)— identificó una voz de la nueva Europa que hablaba por él: Václav Havel.

Con Havel

“¿Qué experiencia hemos vivido? Un intento de someter el mundo a la ideología. ¡Qué fracaso! Tal vez sirva para que los intelectuales comprendan que no basta elaborar una teoría para adaptar luego a ella la realidad”. Principios del verano de 1989. El dramaturgo Václav Havel, que todavía vivía en libertad vigilada en las afueras de Praga, respondía largamente a las preguntas de Michel Bongiovanni. El tema de la conversación era la responsabilidad de los intelectuales. En una sociedad sin libertad como la checoslovaca, pero también en una democracia digamos convencional. Construir futuro era tarea de los políticos, mientras que a los intelectuales les tocaba vigilar a los políticos cuando estos se alejaran de la realidad, cautivos de la ideología.

Al cabo de menos de un mes, el disidente Havel redactaba el discurso de aceptación del premio de la Paz que le había concedido la Asociación de Libreros Alemanes y a mediados de octubre le sería entregado en la Feria de Frankfurt. No lo pudo leer, porque el gobierno checo no le permitió salir de su país, pero sus palabras pudieron ser escuchadas precedidas de una introducción de André Glucks­mann. Al referirse tanto al político y sindicalista polaco Lech Walesa como a Salman Rushdie (contra quien el ayatolá Jomeini había dictado el edicto religioso que lo condenaba a muerte por la publicación de Los versos satánicos), Havel reflexionaba sobre los usos de la palabra. Palabras como paz o socialismo. Palabras que no eran inocentes. “La cuestión que yo querría plantear es que las palabras son un fenómeno misterioso, ambiguo, ambivalente y pérfido”. Había que luchar contra sus usos perversos. No era un reto sólo lingüístico. Era una tarea intrínsecamente ética.

Jorge Semprun y Pasqual Maragall con 'Teulades de Barcelona', de Picasso Jorge Semprun y Pasqual Maragall con ‘Teulades de Barcelona’, de Picasso (LVD)

En aquella entrevista clandestina, comparando el presente con el pasado más duro, Havel anunciaba que en su país “está apareciendo el esbozo de una vida pública”. A mediados de noviembre de 1989, enfrentándose con el régimen decadente, el esbozo de sociedad civil se convertía en realidad movilizada: la gente ocupó las calles de Bratislava y Praga pidiendo la dimisión del gobierno comunista. Era la revolución de terciopelo, en cuyo corazón latía el movimiento reformista Foro Cívico, donde Havel despuntaba. A finales de año el intelectual se había convertido en el político que lideraría la democratización del país. El 29 de diciembre era elegido presidente de la República. Era un referente democrático global. También para Maragall. Así lo explicitó este en un artículo publicado en las páginas de La Vanguardia, pocas horas antes de la visita relámpago que Havel hizo a Barcelona a finales de 1990. “Su reflexión sobre el valor de la palabra ha propuesto una nueva mirada política y moral sobre nuestro tiempo.” Decía Maragall que había recomendado una vez y otra Paraules sobre paraula, la traducción al catalán que Monika Zgustová hizo del discurso de Frankfurt. La lección de Havel valía para todos. También para los catalanes, “tan a menudo autosecuestrados en la polémica sobre nuestras grandes palabras”. Durante el año siguiente, justo antes de las fiestas de la Mercè, Maragall visitó Praga para entrevistarse con Havel; también lo había hecho, por cierto, Jordi Pujol.

Entonces, como una trágica onda expansiva de la implosión soviética, por primera vez después de la Segunda Guerra Mundial, la guerra volvió al corazón de Europa. Yugoslavia explotaba en un conflicto brutal donde, solapado a la ambición de expansión territorial, se mezclaba el odio entre comunidades. Odio étnico, religioso, nacionalista. La brutalidad de la guerra entre hermanos era, otra vez, una presencia real. Maragall, que estaba adquiriendo cierta relevancia como político internacional a través de los Juegos, sintió el dolor en su piel de alcalde. Un alcalde que creía que Europa, sobre todo, era una trama de ciudades. Desde esta posición lee otro texto de Havel: On home. Es cautivador. Era el discurso que Havel pronunció al serle concedido el doctorado honoris causa de la Universidad de Lehigh en Pensilvania en octubre de 1991.

Maragall lo descubrió en las páginas de diciembre de The New York Review of Books. Quedó tan magnetizado, como si Havel pusiera palabras a sus intuiciones, que él mismo hizo una adaptación personal y en catalán —A casa meva— que se publicó como artículo en La Vanguardia. Frente a las visiones que intentaban extirpar la identidad nacional de la vivencia individual de la política, Havel lo asumía como necesario punto de partida para edificar una sociedad cívica. Este modelo de sociedad era el punto de llegada de su compromiso político. Construir el civismo —“un sistema polític basat en el ciutadà i que reconegui els drets fonamentals, civils i humans, en tota la seva universal validesa, i aplicats amb igualtat”— debía ser el objetivo del Estado. “Establir un Estat sobre qualsevol altre principi que el del civisme —per exemple el principi de la ideologia, la nacionalitat o la religió— significaria fer més important que els altres un aspecte de casa nostra i, per tant, ens reduiria com a poble, reduiria el nostre món natural. I això quasi mai no condueix a res de bo”. Europa era el ámbito donde Maragall —intuyendo la globalización que vendría— creía que esa sociedad cívica podría construirse.

Es una idea, de hecho, una vivencia, que tuvo su concreta traslación en el discurso inaugural de los Juegos. Se dirigió a los ciudadanos del mundo y, con toda naturalidad, los llamó hermanos. Después de hablar de Catalunya, España y los países latinoamericanos, se refirió explícitamente a una nueva patria —Europa— e hizo suyo el clamor del presidente de las Naciones Unidas para que, en sintonía con el espíritu olímpico, hubiera una tregua en los Balcanes. No fue posible, pero su compromiso con la paz tendría su mejor visualización en la comida de alcaldes celebrada el primer domingo olímpico en el Saló de Cent del Ayuntamiento. Lo reconstruyo a través de la crónica que escribió Mayka Navarro. Aunque el alcalde de Belgrado había sido invitado, no asistió. Sí lo hizo Muhamed Kresevljakovic, el alcalde de Sarajevo. Con la ciudad asediada por las bombas desde el mes de abril anterior, Kresevljakovic había recibido tarde el fax que lo invitaba a la inauguración, pero aun así pudo llegar al Saló de Cent. Se sentó en la mesa presidencial y expuso su mensaje de agonía micrófono en mano. Maragall —defendiendo la idea de que las ciudades son el corazón de las naciones y la esperanza de la humanidad— se solidarizó con él: “Barcelona y sus ciudadanos se comprometen solidariamente a ayudar a Sarajevo en su lucha por la paz”. No fueron sólo palabras: la vinculación de Barcelona con la ciudad fue real.

La cuestión, tras el éxito de los Juegos y en el magma de reflexión sobre Europa en el que Maragall estaba buceando, era cómo transformar en una propuesta política concreta ese capital de prestigio y ese proyecto ideológico en elaboración. Y esa reconfiguración, tan sugestiva, no pudo ser bien encauzada. Nunca sería hegemónica en la casa que Maragall, tras los Juegos, asumió que, más pronto o más tarde, debería habitar: la Generalitat de Catalunya.

Identidad local y política europea

A finales de 1994 Catherine Camus acudió a Barcelona para presentar una obra póstuma de su padre: El primer hombre, traducida simultáneamente en castellano (Tusquets) y catalán (Empúries). La presentación tuvo lugar en un acto celebrado en el Col•legi de Periodistes —hablaron Josep Ramoneda, Jorge Semprún, Lluís Bassets y Florence Malraux— y otro en la Universitat Pompeu Fabra, donde intervino también Antoni Marí. En este segundo acto, entre el público, se sentaba Pasqual Maragall. Pocos días después, Maragall recibía un ejemplar de la edición no venal que Tusquets imprimió de Una tumba en las nubes: el discurso, titulado con un verso de Paul Celan, que Jorge Semprún había pronuncia-do en octubre cuando le fue con­cedido el premio de la Paz en Frankfurt.

El alcalde escribió a Semprún una carta de agradecimiento. “Me ha interesado sobre todo tu especulación, en el mejor sentido, sobre la memoria alemana y europea.” ¿Ya se podía empezar a elaborar, después de la gran sacudida, cultura europea? “Algo de eso se intuye en tu discurso de Frankfurt”. Quizá la capitalidad europea de la cultura, para la cual Barcelona se postulaba, podría ser el pretexto para profundizar en ello. Y recordaba el discurso de Havel de hacía cinco años. “Es quien ha ido más lejos, quizás, en la expresión de una cultura europea venida del frío, superadora de nacionalismos vacuos y universalismos ingenuos, hija de la locura centroeuropea y de la estupidez estalinista, coetánea del ecologismo y del pensamiento leve, escéptica y esperanzada a un tiempo”. El afán de amasar esta cultura europea, partiendo de Barcelona y de Catalunya, fue un desafío —un desafío que le llevaba a refundar su propio marco de comprensión de la realidad, como explica Joan Fuster Sobrepere en Pasqual Maragall. Pensamiento y acción— que obsesionó a Maragall durante la primera mitad de 1995. Estaba inmerso en la preparación de las últimas elecciones a las que se presentaría para revalidar la alcaldía, en plena agonía de un felipismo desnudo y avejentado.

Maragall pasó aquel fin de año en su casa del Empordà. De esos días, de aparente remanso, quedó como testimonio una crónica muy personal, escrita en formato de diario, que ocupó cuatro páginas al publicarse en el Diari de Girona. El arranque era espléndido: “Tots anem en el mateix vaixell assetjat per mil tempestes, fent aigües per més d’un forat i tots sentim els crits d’uns passatgers contra els altres”. A partir de aquí, lluvia de ideas. Funde vida, pensamiento y política. Mezcla sensaciones de preocupación civil con la experiencia paisajística o las lecturas que tiene tiempo de hacer. Desde el último poemario de Àlex Susanna, pasando por un artículo de Jean Daniel hasta otro discurso de Havel: el que pronunció en el Congreso Internacional del Pen Club. Y finalmente, a partir de una carta publicada en la prensa de una víctima de ETA, reflexionaba sobre cómo podría articularse políticamente la reconciliación. Las palabras de Cristina Cuesta, injertadas en la reflexión de Havel y un viaje reciente que había hecho a Sarajevo, le llevaban a esperanzarse con “una sensi- bilitat mundial creixent en aquest sentit”.

¿Desde dónde podía trabajar políticamente él para acrecentar esa sensibilidad? Desde Europa, claro, más allá de Barcelona. ¿Desde el gobierno de España? Algunos de sus colaboradores más cercanos fantasearon con esa posibilidad. Pero, al fin, su radio de acción, si lo ampliaba, era claro dónde lo situaba. En Catalunya. En Catalunya, como patria de partida, para seguir ahondando en el camino que llevaba a la patria de llegada: Europa.

Por entonces Maragall ejercía de presidente del Consejo de Municipios y Regiones de Europa, mientras que Pujol lo era de la Asamblea de las Regiones de Europa. Desde esa posición, en marzo de 1995 escribió una carta privada a François Mitterrand, presidente de la República Francesa. Le recordaba que le había visto por primera vez “un jour gris” de octubre de 1959 en París. Aquel día, Maragall, que venía del silencio civil español, había descubierto escuchándole la oratoria política. Y, mucho después, había tenido la suerte de haber podido reunirse con él. La última vez en Estrasburgo, en octubre de 1993, durante una reunión del Consejo de Municipios y Regiones. Mitterrand había hablado en aquella ocasión de la guerra de los Balcanes y Maragall apuntó unas palabras que repitió en esa carta. La escribía para pedirle al presidente francés que siguiese comprometido con Europa, un compromiso que pasaba por asumir la subsidiaridad como forma de acrecentar democráticamente la vida de los europeos.

Subsidiariedad era cesión de poder de los estados a las regiones y a las ciudades. Subsidiariedad era replantear la soberanía para acercarla más y más a la gente. Subsidiariedad es aún hoy la esperanza que puede reconstruir la utopía de la Unión como espacio democrático donde encarnar la agenda revolucionaria de la libertad a través de la fraternidad que hace posible la igualdad.

Era la misma idea que había formulado hacía un mes en cartas tanto a Felipe González como a Jorge Semprún. “No dejes el gobierno, no dejes el poder, como dice la gente, pero deja poder”, le pedía a González. Ese era el núcleo del pensamiento europeo que quería elaborar y sobre el que también le hablaba, desde la cultura, a Semprún a partir de unas palabras de Semprún mismo: “Las patrias sólo son vías hacia el universalismo de la razón democrática”. Esa patria de partida, en el pensamiento europeo de Semprún, era el monte de Ettersberg, junto a Weimar, cerca de Buchenwald. Para Maragall también podía serlo el Empordà. “Viaje y quietud. Tranquilidad y vigilancia. Lenguaje y creencia. Esos son los polos de una de las almas de Europa, el alma catalana. Y segu­ramente de todas”. Esa filosofía ­europea quería convertirla en acción política. Para decirlo con una expresión que quiso patrimonia­lizar y que ha estudiado Jaume Bellmunt: se trataba de intervenir en Europa a partir de una acció catalana.

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