“El arte no es un espejo para reflejar el mundo, sino un martillo con el que golpearlo”, advertía el poeta y dramaturgo Vladimir Maiakovski a comienzos del siglo pasado. Lejos de aceptar la función provocadora del arte a la que hacía alusión el artista ruso, la sociedad actual cuenta con una la larga lista de creaciones que han caído en las redes de la censura. Un veto que, aunque siempre ha existido, se ha intensificado en los últimos tiempos, por lo que cabe plantearse si el arte también está viviendo su particular 155 –en referencia al artículo de la Constitución aplicado en Catalunya-.

Los recientes intentos –algunos de ellos consumados- de suprimir y retirar de la esfera pública algunas obras de autores en España contrastan con la legalidad vigente sobre la cuestión, recogida en la Constitución, que en su artículo 20 reconoce y protege los derechos de los ciudadanos a expresar y difundir libremente sus pensamientos, ideas y opiniones así como la creación literaria y artística. Si bien no hay que pasar por alto que estos derechos puedan entrar en contradicción en ocasiones con otros, como el del honor, delitos como la apología al odio o el terrorismo, o bien con el rechazo que una obra concreta pueda generar en algunos sectores de la sociedad.

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Este es el caso de la muestra Presos Políticos y la España Contemporánea del artista madrileño Santiago Sierra, que fue retirada de la feria ARCO de Madrid; el secuestro judicial del libro Fariña, de Nacho Carretero; las condenas a prisión a los raperos Pablo Hásel y Josep Valtònyc por sus canciones, así como la obra teatral Autorretrato de un joven capitalista español , de Alberto San Juan, que el Partido Popular de Granada pidió que se cancelara del teatro municipal de Pinos Puente (Granada).

A pesar de estos ejemplos, ¿realmente existe un retroceso en la libertad de creación y expresión artística? Mientras que el profesor de Estética y Teoría de las Artes de la UPC Pedro Azara considera que “nunca ha habido tanta libertad artística” como en los dos últimos siglos, la comisaria especializada en arte contemporáneo Helena Tatay sostiene “que vivimos una época de retroceso en todo el mundo, y en España particularmente”.

“Se está practicando una especie de 155 generalizado”

“Pienso en las Jornadas Libertarias que tuvieron lugar en Barcelona en 1977 y hoy, seguramente, todos los que estuvieron en el parque Güell durante esas jornadas estarían en la cárcel”, opina Tatay. Por su parte, el profesor Azara, si bien reconoce que en el mundo occidental todavía se dan casos de condenas o apresamientos a autores, la situación “no es nada comparable” a lo que sucedía en épocas anteriores en las que, si una obra disgustaba, el creador podía acabar siendo ajusticiado.

“La censura ha existido siempre”, afirma de manera contundente el profesor de los estudios de Arte y Humanidades de la UOC Joan Campàs. Aún así, está convencido de que en el mundo de la cultura también “se está practicando una especie de 155 generalizado en todo el país –en referencia al artículo de la Constitución aplicado en Catalunya-. Una censura permitida muchas veces por los propios artistas ya que “prácticamente la totalidad de prácticas culturales, entre ellas el arte, están subvencionadas”, comenta Campàs.

El rapero Valtonyc, condenado a tres años y medio de cárcel por delitos como enaltecimiento del terrorismo, amenazas, calumnias e injurias graves a la Corona El rapero Valtonyc, condenado a tres años y medio de cárcel por delitos como enaltecimiento del terrorismo, amenazas, calumnias e injurias graves a la Corona (EFE)

Una afirmación a la que el doctor en Historia contemporánea acompaña de perspectiva histórica. En este sentido considera que es preciso diferenciar dos grandes momentos. El primero de ellos iría “desde el Paleolítico hasta mediados del siglo XIX”. “Está documentado que sobre todo en el Renacimiento y en el Barroco el cliente le indicaba al artista cómo debía ser su obra, por tanto, la censura –si podemos hablar de censura- la imponía el cliente”.

Según Campàs, existen algunas excepciones, como la del mural al fresco El Juicio Final (1565) de la Capilla Sixtina, en el que aparecen figuras desnudas, lo que provocó fuertes críticas, que se acusara al pintor de herejía y se intentara destruir el fresco. Finalmente, cuando murió Miguel Ángel el papa Julio III decidió corregir la obra colocando paños para tapar los genitales de todos los personajes sin ropa que aparecían en ella.

El segundo gran momento histórico al que hace referencia Campàs comienza a partir de la segunda mitad del siglo XIX, cuando “la corte, la monarquía, la aristocracia y la Iglesia dejan de ser los comitentes principales [del arte] y , por tanto, el artista tiene que sobrevivir vendiendo en el mercado”. Para lograrlo, el creador deberá diferenciarse del resto –el origen de las vanguardias-, lo que dará pie a conocidas rivalidades entre artistas, y los actos de censura serán impuestos por los sectores más poderosos.

“La censura multiplica el poder de la obra de arte”

“El arte del siglo XX ha intentado provocar, transgredir, sobrepasar los límites, cuestionar hasta dónde se puede llegar y lo vemos como un valor positivo”, declara el antropólogo Roger Sansí, “pero también hay una reacción en contra”. Un rechazo que, según él, no es sólo a la imagen, sino también a la gente que hay detrás de ella, de la política que representa. La paradoja es que la censura o la destrucción de una obra le otorga más poder, ya que su valor económico y artístico “se multiplica”, añade Sansí.

Para muestra un botón. La exposición mas visitada del Macba, recuerda Helena Tatay, fue La Bèstia i el Sobirà , que el centro artístico canceló por incluir una escultura de la artista austriaca Ines Doujak y el británico John Barker donde se reproducía una imagen “inapropiada” del rey Juan Carlos. “Seguramente si no se hubiera censurado la escultura hubiera pasado sin demasiada atención”, asevera Tatay.

En este punto surge la pregunta eterna sobre cómo valorar una obra de arte. Uno de los errores más comunes es hacerlo desde criterios “no artísticos”, comenta Pedro Azara, “juzgándola desde el contenido o por el tema expresado y no cómo ésta ha sido producida”. En cambio, para el historiador Joan Campàs es “un documento histórico” del que es interesante saber “de qué está hablando, a quién se está refiriendo y cómo refleja el mundo en el que fue pintado”. Al mismo tiempo alerta de las dificultades que entrañan las obras actuales a la hora de ser interpretadas, ya que hace falta conocer también al artista, lo que busca con su obra y el conjunto de su trabajo.

'Therese Dreaming' de Balthus ‘Therese Dreaming’ de Balthus (.)

“Las buenas obras de arte, aquellas que consideramos interesantes, no dan un mensaje, sino que están abiertas a distintas interpretaciones que varían según la época y según el espectador, al que se considera parte activa del significado de la obra”, dilucida Helena Tatay. Y prosigue: “Nosotros proyectamos nuestras certezas sobre la obra –igual que proyectamos nuestras creencias sobre la realidad que nos envuelve-“.

La comisaria hace alusión a la petición on line que reclamaba al Metropolitan Museum of Art de Nueva York que dejase de exhibir el cuadro de Balthus Therese Dreaming en la que aparece una adolescente mostrando su ropa interior mientras cierra los ojos perdida en sus ensoñaciones. “Evidentemente, es un cuadro inquietante para el espectador, pero el arte precisamente formaliza experiencias difíciles de catalogar”, sentencia Tatay.

“Muchos trabajos artísticos abordan aquello que socialmente se suele obviar o esconder, como lo abyecto, lo grotesco, o bien cuestionan lo normativo o los discursos hegemónicos proponiendo otras experiencias, otros relatos. Si lo que se desea es moverse en un mundo seguro, regulado y conocido, el arte no es ese territorio. El arte es el lugar en el que podemos pensar el mundo de otra manera”, añade la comisaria.

“Las imágenes que pueblan el espacio público y los medios deben ser reguladas”

“En realidad, cualquier obra puede ser juzgada perversa o santificable, según los ojos que la miran”, apostilla Pedro Azara, que sostiene que la perversión está en la mirada de quien juzga perversa una obra y no en la misma. Una visión probablemente no compartida por redes sociales como Facebook o Instagram, que han rechazado algunas famosas obras por considerarlas impropias, a pesar de que este veto haya generado controversia e, incluso, haya sido objeto de demandas judiciales.

Como le ha ocurrido a la red social creada por Mark Zuckerberg, inmerso en la actualidad en el escándalo de las filtraciones de datos de usuarios, que cerró el perfil del profesor francés Frédéric Durand-Baïsas después de que éste publicara un documental sobre la concepción de El origen del mundo de Gustave Courbet. La pintura, en la que aparece una mujer exhibiendo su vagina, fue catalogada por Facebook de pornográfica, lo que llevó al usuario a emprender en 2011 una batalla legal contra la famosa red social.

“Como supongo que intentan satisfacer el supuesto gusto de la mayoría, se llegan a auténticas aberraciones como censurar una fotografía de un cuadro que se puede ver tranquilamente en un museo”. Una visión diferente de la del antropólogo Roger Sansí, que manifiesta que las redes sociales nos hacen replantearnos la distinción entre lo público y lo privado. “Hace 500 años que existen los cuadros de desnudos, pero se exhibían en sitios concretos, no en medio de la calle”, añade.

Una obra del pintor Egon Schiele Una obra del pintor Egon Schiele (.)

“Evidentemente, las imágenes que pueblan el espacio público y los medios deben ser reguladas”, opina la comisaria Helena Tatay, y recuerda el caso de los carteles publicitarios con desnudos de la muestra de Egon Schiele que Alemania y Reino Unido se negaron a exhibir tal cual en vallas publicitarias y fachadas de edificios. “Creo que estas imágenes deben ser tratadas como publicidad y atenerse a las mismas restricciones”, argumenta.

Otra de las cuestiones candentes es cómo abordar creaciones artísticas que nacieron en otras épocas cuyos valores chocan con los de la sociedad actual. “¿Tenemos que censurarlas?”, cuestiona el profesor de Estética Pedro Azara, y contesta: “No, simplemente, debemos enmarcarlas y advertir o prohibir a ciertas personas o grupos –como niños o adolescentes- que tengan mucho cuidado con su lectura”, advierte. “Censurar es considerarnos incapaces de juzgar una obra”, sentencia.

Los museos como parte del relato nacional

“¿Quién elige las narrativas importantes y determina qué es o no es parte de la historia cultural?”, pregunta Helena Tatay. Un debate que recientemente la Galería de Arte de Manchester abrió al retirar la pintura Hylas y las ninfas de John William Waterhouse por considerar que cosificaba el cuerpo de la mujer. La comisaria sostiene que los museos del siglo XIX fueron determinantes en la cultura y el relato de la identidad nacional. “El hecho de que la obra de Santiago Sierra retirada de Arco haya sido expuesta, inmediatamente, en el Museo de Lleida no hace más que confirmar el papel de los museos como parte del relato nacional”, apostilla.

Según el profesor de Estética, “sí que es legítimo retirar una obra porque es mediocre”, y pone como ejemplo la retirada de la estatua en Barcelona del naviero esclavista Antonio López de Frederic Marès o la destrucción del Franco ecuestre de Josep Viladomat en Montjuïc, que fue misteriosamente decapitado en 2013. Por su parte, el historiador Joan Campàs se muestra crítico con la idea de que el artista esté “por encima del bien y del mal”. Una concepción procedente del Romanticismo que, según él, impera en Europa.

La exposición 'Franco, Victòria, república. Impunitat i espai urbà' con las esculturas de la 'Victòria' de Frederic Marés y la escultura ecuestre de Franco de Josep Viladomat La exposición ‘Franco, Victòria, república. Impunitat i espai urbà’ con las esculturas de la ‘Victòria’ de Frederic Marés y la escultura ecuestre de Franco de Josep Viladomat (BORN CENTRE DE CULTURA I MEMORIA)

“Tenemos obras de arquitectos que no dejan poner ni una papelera porque dicen que distorsiona el espacio público”, comenta, “yo creo que tendría que quedar claro en el contrato, si es que está pagado con dinero público, el tiempo en el que va a estar expuesta la escultura”. Y añade que a menudo la gente olvida que el arte también puede ser “malo, cutre, una horterada”.

Sin embargo, el peor sacrilegio del que puede ser objeto el mundo de la cultura y el arte es su destrucción. Un extremo que continúa produciéndose en lugares como Irak y Siria, donde el Estado Islámico ha dinamitado y hecho añicos patrimonio arqueológico. Unos actos que persiguen “neutralizar o impedir el conocimiento”, reflexiona Azara, “cómo las personas del pasado se enfrentaron al mundo”, el que en su día, como apuntó el escritor y poeta suizo Hermann Hesse, fue contemplado por el artista desde “un estado de gracia”.

“Censurar es considerarnos incapaces de juzgar una obra”

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