Aunque parezca excesiva, lo más probable es que la anécdota sea cierta. Debió de ocurrir en el mes de abril de 1921. Joan Miró (Barcelona, 1893-Palma de Mallorca, 1983) paseaba junto a sus amigos catalanes por París y de repente, al llegar a la entrada de una estación de metro, Enric Cristòfor Ricart se llevó las manos a la cabeza, dio gritos y empezó a dar vueltas en torno a Miró. Este, extrañado, preguntó qué sucedía y tanto Ricart como el resto de amigos le dijeron que le había aparecido un aura alrededor de la cabeza. Inmediatamente fueron a una pitonisa para interpretar su significado. Tras realizar una serie de rituales mágicos, dictaminó: “Usted es un hombre señalado por el cielo. Después de pasar por un camino de sufrimientos, está destinado a una gloria, a una gloria universal”. Cuando al fin sus amigos no pudieron contener la risa y empezaron a desternillarse, porque todo era una broma pesada, el amor propio de Miró sufrió una herida intensa que lo alejó de los suyos. Para mí lo significativo no es su comprensible enfado. Lo biográficamente relevante es que, hasta escuchar las risas, Miró se lo había creído. Y sólo porque íntimamente creía algo así posible, al fin, la falsa profecía se cumplió.

La historia de este cumplimiento es el tema de la magna biografía que ha escrito el periodista y hombre de cultura J osep Massot (Palma de Mallorca, 1956). Hoy Miró ya tiene su Ian Gibson. Desde muy pronto el libro es leído con la conciencia de estar ante un hito no sólo en el conocimiento de la trayectoria de Miró sino también de las vanguardias de la primera mitad del siglo XX (las españolas, por su relación de padrinazgo encadenado con el ejemplar Picasso y Dalí, pero también las internacionales, de Picabia a Calder). La parábola central de El niño que hablaba con los árboles es la que va desde la primera exposición del año 1918 en las Galeries Dalmau de Barcelona (sin éxito) hasta la que, junto a la obra de Dalí, organizó el MoMA a finales de 1941 (cuando ya había acabado la serie de las Constelaciones). Este cuarto de siglo tiene como fogonazo, no podía ser de otra manera, París. Fue una exposición en junio de 1926 y era su segundo intento. Durante aquellas dos semanas, con el aval de la plana mayor del surrealismo (todos firmaron la invitación), empezó a cumplirse su ambición.

Taller de Mirón es Mont-Roig. Taller de Mirón es Mont-Roig. (Ana Jiménez)

La historia de este cumplimiento es de fe y de lucha, de trabajo obsesivo, de conocimiento de las reglas del arte y de despliegue de la genialidad. Pero hasta ahora había resultado imposible desvelarla desde dentro porque parece como si Miró, más allá del taller (el espacio donde vivía en plenitud, ya fuera en Mont-Roig o en un precario cuchitril), hubiese ocultado su intimidad. “Le interesaba que de él se conociera sólo su pintura, no su biografía”. Massot ha abierto la caja fuerte.

¿Cómo entrar en el “palacio del espíritu”? ¿Cómo asediar “el temperamento del sabio primitivo” (para decirlo con Max Jacob) tan universal y tan profundamente enraizado a su tierra? Además de la sensibilidad del biógrafo para describir diversos cuadros emblemáticos (el capítulo sobre La masia descrito como “laboratorio central” es espléndido), su acopio de documentación para escribir este libro es colosal. No es sólo disponer de la recepción crítica de la obra del artista (de anónimos sarcásticos en tiempos del noucentisme a un juicio de Motherwell). No es sólo el dominio de la literatura autobiográfica sobre el personaje y su circunstancia (con cartas y recuerdos cruzados entre todos), que permite inscribirlo en los ecosistemas artísticos de su tiempo. Es que Massot ha revisado desde los borradores de las memorias de Lola Anglada (donde se aclara su matrimonio frustrado) hasta las palabras tachadas en el borrador de una carta de Miró al director general de Relaciones Culturales del gobierno franquista. Ha descubierto materiales colaterales inéditos (sobre la huida a Francia en 1940, sobre su instalación en la Mallorca franquista) y durante décadas ha conservado recuerdos orales de sus familiares.

Joan Miró en su estudio. Joan Miró en su estudio. (Alain Dejean / Getty)

“No tolerar a ningún precio la menor traba al libre desarrollo de mi espíritu, pues cuanto uno es más hombre, más artista es”, le dijo al galerista Loeb. “Me propongo destruir, destruir todo lo que existe en pintura. Siento un asco profundo por la pintura; sólo me interesa el espíritu puro”, declaró a un periodista del diario Ahora.

¿Qué había tras ese furor honesto y radical? En la mitad de la biografía para mí está el capítulo donde se revela el secreto. Se titula El libro secreto de Miró. Massot rescata primero un artículo de Sebastià Gasch donde Miró era definido como un esquizotímico. Frío y nervioso, logra controlar esa energía penetrando en la profundidad de lo real y ese saber lo instala en su alma para inscribirlo después en la pintura. Como hará en otras ocasiones, el biógrafo penetra la intimidad del pintor analizando su biblioteca. Da con una especie de ensayo de autoayuda francés que fue como una biblia para Miró y, subrayando lo subrayado por Miró, Massot descubre el tesoro escondido en la caja fuerte: “Bajo la apariencia de ese hombre de aspecto y costumbres burguesas latía el corazón salvaje de un iconoclasta perpetuo que necesitaba un muro de contención para no arder en su propia llama”.

Josep Massot

Joan Miró. El niño que hablaba con los árboles/ Joan Miró. El nen que parlava amb els arbres

Galaxia Gutenberg. 832 páginas.29,90 euros

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