Son cinco hombres, pero es circunstancial. Hace poco, tres de los museos que ahora dirigen tenían mujeres al frente. La Vanguardia ha invitado esta semana a los directores de las principales instituciones artísticas de BarcelonaPepe Serra, del Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC); Marko Daniel, de la Fundació Miró, recién nombrado; Carles Guerra, de la Fundació Tàpies; Emmanuel Guigon, del Museu Picasso, y Ferran Barenblit, del Museu d’Art Contemporani de Barcelona (Macba)– a reflexionar sobre el estado de la cultura local, sus retos, sus crisis, su misión. En una conversación de casi dos horas en una sala de la Fundació Miró, hay una palabra que no aparece ni una sola vez: Madrid.

En tanto que último en llegar a la ciudad, ¿cómo se siente aquí…?

– Marko Daniel: Desde fuera, Barcelona se ve como una ciudad de cultura. Con encanto, moderna, ambiciosa, con una rica historia. Seguramente esta imagen aún bebe de los Juegos Olímpicos, aunque ha sufrido algunos cambios en los últimos años. Barcelona no podría ser lo que es sin esta dinámica cultural. La cultura representa un papel muy importante en la definición de la imagen de Barcelona y de Catalunya, y con su potencial. En mis primeros tres meses lo que veo es potencial.

¿A qué se refiere?

– M.D.: Es un momento clave para que la cultura tenga un papel todavía más importante, y no lo digo desde el sector sino pensando en la ciudad en global. No conozco ninguna ciudad con tres instituciones monográficas como la Tàpies, la Miró y el Picasso. Juntos podemos representar un papel más poderoso, con más impacto en un público más general, a base de actividades y programación. La cultura define quiénes y cómo somos.

Daniel habla de ambición: ¿los más veteranos lo ven igual?

– Pepe Serra: Estoy muy de acuerdo con muchas cosas de las que ha dicho Marko. La ciudad vive en una extrema complejidad hoy día. El mundo está en plenas turbulencias, está frente a un reto de complejidad. Hoy tiene mucho sentido hablar del sistema cultural, porque en esta ciudad tiene una oportunidad para ganar centralidad. Para mí, el debate no es tanto si tuvimos más o menos sino qué oportunidad tenemos delante.

¿Y su ambición cuál es?

– P.S.: Me gusta la palabra ambición en el sentido de potencial. Creo que el sistema cultural es definitorio de la ciudad, pero creo que existe un gap entre la visión exterior y la centralidad real que acabamos teniendo. Podría ser mayor. Podríamos aportar más, que la ciudad nos utilice más, en el mejor sentido.

¿En cuál?

– P.S.: Los instrumentos culturales ofrecemos debate, empoderamiento, mezcla, discusión. Pero tenemos el reto de explicar hasta qué punto somos una oportunidad para la ciudad. Debemos convertir la crisis en oportunidad, porque además la ciudad tiene un momento feliz de sintonía entre instituciones, ahora que nos estamos transformando más en conectores que en prescriptores.

¿Y qué necesitan para que ese potencial sea finalmente una energía?

– Ferran Barenblit: Ojalá las políticas culturales fueran tan ambiciosas como cada uno de los museos aquí representados. Es cierto que Barcelona se representa hacia afuera por su cultura, no sólo por sus museos. Aquí se han escrito páginas de la cultura europea. En todo caso, la relevancia de nuestra cultura debemos observarla también hacia dentro, hacia nuestros ciudadanos. Con todos los altibajos qué queráis, creo que el ciudadano metropolitano es consciente del potencial que tiene.

– Emmanuel Guigon: Llevo un año y medio en el Museo Picasso, pero mi relación con la ciudad tiene 30 años. Yo percibo un cambio en el papel de los museos: cada vez más somos lugares de investigación además de ser lugares de encuentro. Esta no es una ciudad enorme, pero tiene tres museos monográficos importantes. Esto es singular. Por eso tengo la idea de proponer un encuentro en Barcelona de todos los museos monográficos de España. Euna ambición. Creo que debemos pensar en proyectos en común. El Picasso tiene la obligación de dar a conocer la cultura catalana del siglo XIX, la de Picasso, es nuestra obligación. Picasso es una marca internacional, y eso es una ventaja.

De izquierda a derecha, los directores Pepe Serra (MNAC), Marko Daniel (Fundació Miró), Carles Guerra (Fundació Tàpies), Ferran Barenblit (Macba) y Emmanuel Guigon (Museu Picasso) De izquierda a derecha, los directores Pepe Serra (MNAC), Marko Daniel (Fundació Miró), Carles Guerra (Fundació Tàpies), Ferran Barenblit (Macba) y Emmanuel Guigon (Museu Picasso) (Àlex Garcia)

¿Se sienten respaldados en esas ambiciones por las instituciones políticas?

– Carles Guerra: Francamente, no. Ese apoyo suele darse cuando las instituciones nacen, pero en los últimos años tenemos un proceso de retirada de las administraciones, y debemos identificar otros recursos. No lo digo como lamento. Es muy fácil pensar que una institución cultural sólo necesita capital económico, pero es imposible imaginarla sin el capital del conocimiento y el entusiasmo, que son ­intangibles. Barcelona es rica en capital, pero no del financiero. Tiene una conectividad extraordinaria que permite que dos millones de personas salgan a la calle a plantear un debate político. Es cierto que otros dos millones no salen, pero que dos sí lo hagan describe una conectividad. Este es un bien social que no se valoriza económicamente, pero tiene un valor, es una creatividad de masa. Una efervescencia, una inteligencia que supera con creces lo que puede hacer un museo. Miquel Molina describía con pesimismo la falta de liderazgo y su recambio por la red. Pero es que los liderazgos ya no son individuales ni de los gobiernos, son resultado de una cooperación social, y el museo debe aprender a imaginarse en ese mundo. El apoyo público siempre lo necesitaremos, pero debemos aprender a buscar otras complicidades. Y una sociedad en crisis es una bendición, un gran regalo.

Hablan de masa y públicos pero a menudo el museo se percibe como lugar elitista: ¿se sienten así?

– E.G.: El museo tiene una misión social evidente. Pero opino que el nivel sociocultural de los visitantes hoy es muy alto. No significa que sepan mucho de arte, pero el nivel es alto. Y todo el mundo busca nuevos públicos. Es lo más difícil. Yo creo que hay que mezclar el blockbuster y el trabajo de investigación.

– F.B.: Todos queremos ganar públicos, pero en todos los sentidos. No sólo el que no se acerca nunca a un museo ni a la cultura, sino también aquellos que ya declaran su interés. Hay muchas estrategias, pero debemos superar la necesidad de contar público. Debemos averiguar si somos relevantes, porque la relación con un museo es emocional.

– M.D.: ¿Qué tiene el arte de especial? Para mí es el ámbito perfecto para generar preguntas. En un momento en el que la sociedad busca respuestas fáciles y rápidas, el encuentro con el arte permite calibrar el peso de las grandes preguntas. A través de estos procesos de interrogación podemos pensar en refinar las preguntas. Qué nos preocupa verdaderamente. Así se ponen de relieve la relevancia y la urgencia del arte. Sabemos que para muchos públicos esta importancia del arte es lejana. De ahí las críticas de elitismo. Pero no es que vayas a una exposición y dejes de ser un delincuente. Es más complejo. Somos un espacio de ­reflexión.

– P.S.: Yo creo que el reto es el no público. Nuestro esfuerzo consiste en dejar de ser almacén, academia. Basta de ser monodiscursales. No hay un público, hay miles de públicos. El museo es crítica, debate. Por eso debemos reclamar mayor sensibilidad hacia estos lugares, porque a veces las administraciones planean desarrollar instrumentos que ya existen. Instrumentos de crítica, reflexión, que es lo que nosotros ofrecemos, o debemos ofrecer. Incluso para que el que llega con unas preguntas salga con otras nuevas. Me encanta que los museos hayamos perdido el monopolio del contenido. Genera contenido quien quiere y como quiere. Al final me preocupa sobre todo conectar gente dentro del museo. No sólo con el arte. También entre ellos, como espacio de encuentro. Creo que la administración no es consciente de hasta qué punto tiene en su sistema unos aparatos potentísimos. Esta mañana, por ejemplo, tengo el hall lleno de estudiantes de cómic. Y es algo que nosotros no controlamos, y es fabuloso que sea así, porque el museo ya no es binario. La realidad es multidimensión. Entrar en un museo es un mecanismo de construcción de comunidad. Y a 500 metros se celebra en esta casa el seminario más importante del mundo sobre Miró.

Pero les preocupa el número de visitantes, claro.

– P.S.: Sí, pero porque hay un millón de personas que no vienen y creo sinceramente que aquí hay cosas que les interesaría. Ofrecemos diálogo, no monólogo.

En el contexto actual podríamos ser pesimistas…

– P.S.: La ciudad a veces se lamenta, pero tenemos un sistema único. No nos parecemos a nadie, y eso es fabuloso. Es la única ciudad del mundo que puede mezclar una tradición con una modernidad, y esta complejidad está por desplegar. Quizás tiene un techo, sí, pero estamos lejísimos. Estamos adoptando un nuevo rol que sin banalizar al museo lo convierte en otro lugar. Y por eso los sistemas de evaluación deben ser más complejos, más que valorar números. Aquí, por ejemplo, pueden convivir bien el vecino y el ­turista.

– F.B.: Pocas instituciones como el museo se proponen como laboratorios de nueva institucionalidad. En ningún sitio encontrarás un debate sobre la propia institución como en un museo.

– C.G.: La cuestión del público está en nuestras cabezas, claro. Hemos sido medidos siempre por números. Pero hay una transformación profunda del propio comportamiento del museo que no podemos medir porque no existe la tecnología adecuada. A lo largo del siglo XX los museos dedicaban el 90% de sus recursos a exposiciones y el 10% a actividades. Esta proporción a inicios del siglo XXI se ha invertido.

– P.S.: Y el gobierno de nuestras instituciones también debe cambiar. Porque colectivos representativos desde el punto de vista social, con capacidad económica o sin ella, que tienen voz relevante, deben incorporarse. Y la manera de socializar del museo debe ser co: Cooperar, colaborar, cogestionar.

– C.G.: Debemos refundarnos.

– P.S.: Esto es un cambio en mayúsculas.

– C.G.: Refundación no significa negar todo lo anterior.

– P.S.: Es que ya lo estamos haciendo, de manera informal. Nosotros tenemos una persona del museo en las reuniones del distrito, en la universidad… esto será creíble cuando sea estructural en el mejor sentido de la palabra.

Se refiere a los órganos de gobierno.

– P.S.: Claro, pero suena muy rígido. Se trata de cómo evaluamos a las instituciones, cómo las discutimos. Todo debe ser co. No unos tipos en este despacho decidiendo unos programas y unos señores que entran a consumirlos. Esto se acabó.

¿Y los museos están preparados para este cambio?

– P.S.: Sí. Incluso tienen ansia por desplegarlo. Aunque estamos cambiando las estructuras internas con grandes problemas. Cambiar el organigrama del MNAC es como hacer la declaración de la renta en chino. Porque tenemos el aparato para conservar y estudiar, pero no tenemos proyección. Y queremos que nos usen.

– C.G.: Es que el museo ya no puede asumir todo el proceso completo. Los museos están estableciendo nuevas alianzas con agentes privados.

– P.S.: Es que Barcelona es una ciudad entusiasta. Tendríamos que dejar de impugnar el pasado. Los Juegos Olímpicos fueron muy importantes, faltaría más, pero vivimos otra realidad. ¡Yo soy muy de Barcelona, y celebro que aquí sale un tío a tocar la pandereta y van 100.000 personas! ¿Son idiotas? ¡No! ¡Lo que nos gusta es poder explicar experiencias así! No es provincianismo ni orgullo malentendido, es entusiasmo por lo colectivo. Y debemos recuperarlo.

Los directores de los cinco mayores museos de Barcelona conversan en un momento distendido del encuentro Los directores de los cinco mayores museos de Barcelona conversan en un momento distendido del encuentro (Àlex Garcia)

¿Qué opinan de las franquicias de museos, alguna de las cuales tiene planes para instalarse aquí?

– P.S.: Con todo respeto, no hay que traerlas. Esta ciudad tiene una potencia única. No me gusta la palabra, pero nuestro lobby tiene que ser mucho más fuerte.

Hay un lobby de la clásica, Barcelona Obertura… ¿Lo envidian?

– C.G.: Aquí debemos entonar el mea culpa. Sólo nos coordinamos cuando hay llamadas de la administración.

– M.D.: ¡Pero lo estamos cambiando!

Usted lo dijo en su primera rueda de prensa…

– F.B.: Sí que estamos unidos, a través de gerentes.

– P.S.: Y a nivel técnico.

En los museos, el fenómeno del turismo de masas tiene cada vez un papel más importante. ¿Se sienten interpelados por esa responsabilidad del tipo de ciudad que conformamos entre todos?

– F.B.: Para mí es una realidad tan clara… Sólo hay una cosa peor que el turismo, que es no tenerlo. Y me declaro turista. Visito más museos cuando viajo que cuando estoy en casa.

– P.S.: Y hoteles, y restaurantes…

¿Pero puede un museo incidir en el tipo de turista que viene a la ciudad? ¿Les preocupa?

– F.B.: Claro.

– P.S.: Nos toca y nos ocupa.

– E.G.: El Picasso es un museo muy turístico, pero el que viene a la ciudad a emborracharse no viene a los museos. El público de tu museo depende de lo que ofreces, claro.

¿Cómo les han afectado las turbulencias de los últimos meses?

– E.G.: En el Picasso hemos perdido público español.

– P.S.: En el MNAC igual.

– E.G.: El museo más grande del mundo, el Louvre, está lleno de turistas… Como aquí.

– P.S.: Pero tenemos ejemplos de que cambiando los formatos cambiamos el público, por ejemplo en la Nit dels Museus tenemos 14.000 locales. Y van corriendo a cuatro museos en una noche.

– E.G.: Hay actos que funcionan de maravilla. Hay que decir algo que quizás la gente no sabe tanto: el museo cada vez más está fuera de sus paredes. En la cárcel, en los hospitales, en los colegios. El Big Draw [unas sesiones de dibujo para niños que organiza el Picasso] funciona en Barcelona mejor que en ningún otro sitio.

– P.S.: Es lo de la pandereta.

– E.G.: Es mágico que 25.000 personas invadan todo un barrio un día para dibujar. Lo que critico es que de eso al día siguiente en la prensa hay dos líneas.

– P.S.: Pero tienes un impacto en el vecindario muy fuerte.

– C.G.: Es que debemos garantizar la multiplicidad de experiencias. No debemos imponer una experiencia populista y fácil. Ni la netamente académica o elitista. El museo ha de ser el lugar de esa pluralidad radical. A través del objeto y a través de la historia va catalizando lecturas, emociones… eso es peligroso en este momento en que el público se ha convertido en una especie de material en bruto que explotar directamente. El público es un material que hay que conocer para rentabilizarlo. El museo debe conquistar a esa gente, pero debe darle un trato decente, que no es meramente instrumentalizador. El museo es el lugar donde aparecen agencias espontáneas, inesperadas, de gente que ahora con el museo cosas que nosotros no habíamos previsto.

– Barenblit. Es que no somos museos ni de historia ni de objetos, sino de relatos. De múltiples relatos, a veces contradictorios. Queremos ser academia, pero debemos responder a públicos muy amplios; queremos ser significativos para los locales, pero resulta que vienen muchos turistas. Y todo eso se negocia a través de la generación de múltiples relatos, que cada uno de nosotros recorre de una manera diferente y también inesperada. Incluso para nosotros mismos.

Vemos que Barcelona es una ciudad de cultura y es una ciudad turística, y ustedes pueden ser un lobby… ¿Qué medida concreta puede proponer para que la avalancha de turistas beneficie a la cultura?

– P.S.: Barcelona tiene unos niveles de turismo infinitamente por encima de lo que marcaría su tamaño. No se calculó bien, y es un éxito. Pero el éxito sin gestión es muy problemático. Nadie pensó en que saliera tan bien, y debemos alegrarnos. Y como va a seguir siendo así tenemos una oportunidad. Porque es enriquecedor, y no hablo de ­euros. Entre la turismofobia que sólo ve los problemas y la turismomanía que sólo ve el enriquecimiento hay un punto medio donde vuelve a aparecer la oportunidad del museo. El museo es un lugar perfecto de convivencia. Yo tengo un 50% del público local, el carácter nacional de mi museo interpela a mucha gente, aunque el museo nunca habla de nación. Es muy interesante ver la reacción de gente por ejemplo de Mur, que tardan dos horas en autocar para ver el fresco que le arrancamos de su pueblo. Y se lo debemos todo. Hay que incorporar su voz al museo. Pero al lado hay unos japoneses delante y tenemos que conseguir que dialoguen entre ellos. Ya ha pasado dos veces que los japoneses nos preguntan ante la Lapidación de san Esteban por qué le tiran panecillos. Son piedras, claro.

Usted ha reclamado un plan para Montjuïc.

– P.S.: Sin caer en lo naif, creo que Barcelona tiene una asignatura pendiente en Montjuic, donde están MNAC, Miró, el Arqueològic, el Mercat de les Flors… Aquí vuelve a tener una oportunidad. Creo que falta responsabilidad en la política para afrontar la complejidad, con todo respeto. Se afronta con simpleza. El sector turístico no puede ser hoteles y restaurantes. La tasa turística debería ser para los museos, para quienes generamos atracción. Así se hace en Berlín. Debemos ser combativos en esto.

– F.B.: Queríamos turistas y han venido personas. Viene una persona, está un rato y se va. Debemos desafiar sus expectativas. Muchas veces el turista no va al museo a conocer sino a reconocer. Como esta ciudad siempre ha ido un poco por delante, hagamos lo mismo con nuestro turismo. En lugar de jugar a lo que juegan todas vamos a jugar a lo que sabemos jugar, a innovar desde la cultura.

– C.G.: Sobre la exigencia de programar grandes nombres, creo que no sabemos lo que decimos. Esta demanda es resultado de una demagogia cortoplacista y ciega. Barcelona sin ir más lejos es el crisol de la modernidad crítica. ¿Pero qué problema hay? Aquí tenemos cuatro o cinco de los grandes nombres de la cultura universal, pero si somos realmente modestos, el provecho de esa modernidad no se produce aquí sino en grandes centros, como el Pompidou o el MoMA, y la investigación puntera de esas figuras se hace fuera. Vivimos en la paradoja histórica de ser generadores de experiencia crítica que nunca queda incorporada ni rentabilizada aquí. Creo que debemos mantener las agallas y apostar por seguir siendo lugar donde generar diferencia, donde generamos propuestas del futuro. Estoy intentando preparar una exposición del Tàpies que creo que nos merecemos , y tenemos todo tipo de problemas, no podemos importar porque tenemos que presentar avales que superan nuestros presupuestos, ni siquiera la puerta del museo está preparada para permitir entrar Tàpies de los años sesenta… Así que basta de reivindicar los grandes nombres.

– P.S.: Nosotros trabajamos con el Museo d’Orsay en un relato sobre Gaudí. Pero no es un Gaudí de postal, es un Gaudí de ceniza y fuego, un relato del anarquismo, de la ciudad en llamas.

– C.G.: El propio Tàpies se convierte en un artista moderno en los años cincuenta, en pleno régimen franquista. A pesar de ello conecta con la modernidad, con la pureza formal, con la radicalidad política. Esto es parte de la riqueza del relato de esta ciudad.

Pero también es un relato de esta ciudad que no pueda acoger el mejor Tàpies posible.

– M.D.: Creo que aquí y ahora estamos ante una gran oportunidad de intentar colaborar entre los museos para no dejar a Carles y la Fundació Tàpies aislados sino que somos todos los que pensamos que Barcelona se merece la mejor exposición de Tàpies que se puede hacer. Y lo mismo con Picasso, con Miró… Porque es importante para todos los barceloneses y todos los públicos, vengan de donde vengan.

Es una idea nueva e importante: que los problemas de Carles Guerra son de todos.

– P.S.: Absolutamente.

– M.D.: Debemos hablar de esta forma, conjuntamente. Aquí empieza.

¿Se sienten también comprometidos todos con el futuro del polo cultural de Montjuiïc?

– P.S.: Cuando yo estaba en el Picasso tenía clarísimo que si al MNAC le va mal, a todos nos va mal.

– F.B.: Lo que no podemos hacer es política cultural. Nuestra responsabilidad es nuestra institución.

– P.S.: Y necesitamos políticas a medio y largo plazo.

– C.G.: Si uno analiza qué economía representa Barcelona en las últimas décadas, es una economía modélica de servicio, en la que la capitalización de atractivos inmateriales como es la cultura tiene que ser como una máquina que no deje de funcionar. Invertir en el espacio que ocupa la cultura es lo más razonable. Aunque sabemos que cuando aquí se estira por un sitio otra parte queda descubierta. Pero en una situación normal, en la que entendiéramos cómo funciona la economía metropolitana, eso es lo que hay que hacer. Lo están haciendo ciudades como Rotterdam o Praga. ¡Si nos creemos lo que somos, vamos a por ello! Invirtamos en espacios, les daremos buen uso. Sin dejar de atender aquello que tenemos, claro.

– P.S.: Hay que creérselo.

– C.G.: La asignatura pendiente de Barcelona es describir apropiadamente la economía que la está haciendo rica y atractiva. ¿Por qué el hotelero tiene derecho al retorno en forma de tasa turística y no quien en buena parte está haciendo atractiva a la ciudad?

– F.B.: Somos motor y generamos empleo…

¿Por qué las escuelas no han sido capaces de situar la cultura en el centro de los intereses de la educación, de crear la sensación de necesidad?

P.S.: Es que la cultura debe hacer un esfuerzo por ganar centralidad, pero necesitamos acompañamiento y la creencia inicial en el potencial. Esto ayuda a que los ciudadanos no se dejen tomar el pelo, que sepan discernir en unos tiempos complicados.

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