Este artículo es de antes del 21 de diciembre, pero es probable que no fuera muy distinto de haber sido escrito después. No, no hemos vuelto a la normalidad, ni sabemos muy bien cómo será esa normalidad futura cuando la alcancemos; sí sabemos que eso llevará tiempo.

En el plano político, se han hecho y dicho cosas que no pueden dejar de tener consecuencias, no sólo políticas; se ha pecado por omisión en ocasiones, y de esa negligencia también habrá que rendir cuentas. De definir algunas de esas consecuencias se encargarán los tribunales, y sería una temeridad tratar de adivinarlas, porque en el camino surgen incógnitas que no hay que despreciar. Hay que esperar que de los errores políticos se encarguen, tarde o temprano, las urnas. La necesaria asunción de responsabilidades será el telón de fondo ante el que se desarrollará la negociación entre el Gobierno de España y el que salga de las recientes elecciones: una negociación inevitable, porque Europa no consentirá ni el statu quo ni la ruptura.

La concurrencia en el tiempo con procesos judiciales y quizá también electorales hará aún más difícil una negociación de por sí erizada de dificultades: habrá que renunciar a pretendidos mandatos democráticos, por un lado, y al monopolio de la interpretación de la ley, por el otro; habrá que aceptar un marco lo bastante amplio para que en él quepan ­todas las cuestiones que negociar. Habrá que volver a llamar al pan, pan y al vino, vino, y volver a emplear la palabra para razonar y no para seducir. Por último, como es concebible que la negociación desemboque en un reparto de poder distinto del actual, será indispensable que las partes acepten, públicamente y sin ambigüedades, que la negociación no es, en este caso, una lucha por el poder, sino un ejercicio para facilitar la convivencia.

Sobran en nuestro país personas capaces de llevar ese proceso a buen término, pero no pueden operar en el vacío. Como suele decirse, la política es demasiado importante para dejarla en manos de los políticos: requiere la participación de todo el mundo. El procés, con la emergencia de nuevas formas de acción política, nos ha despertado de un confortable sopor, pero ha sido un mal despertar: la displicencia de unos ha exasperado la impaciencia de otros, y el resultado ha sido una confrontación tan permanente como estéril. No sólo en el terreno político, sino también en el económico y en el social.

En el terreno social, en el que nos enfrentamos a serios problemas de pobreza, desigualdad y falta de oportunidades –problemas que comparten, con distinta intensidad, todos los países llamados avanzados–, las propuestas de los partidos más recientes, surgidos de la crisis, serán simplistas a veces, otras descabelladas, pero hay que admitir que parten de problemas reales, que merecen una respuesta adecuada; ­problemas cuya evidente complejidad no es una excusa para expulsarlos de la actividad política cotidiana y dejarlos, naturalmente, en manos de las opciones más ­­ra­dicales.

Toda sociedad bien organizada, también una democracia, tiene una clase dirigente: oponerle el gobierno de “la gente” en una sociedad grande y compleja como la nuestra es una argucia de demagogo. En una economía de mercado como la nuestra es natural que los empresarios, en particular los grandes empresarios, formen una parte visible de esa clase dirigente: así lo hizo la burguesía catalana que contribuyó a las épocas de mayor progreso económico y social de Catalunya. Hoy se dice, sin embargo –y puede uno temer que con razón–, que esa burguesía ha dejado de existir, porque sólo se ven propietarios y directivos, o si ­sigue existiendo, se ha hecho invisible. Cumple con su función económica, pero ha dimitido de su papel en el proyecto de cómo ha de ser la vida en común, y el sistema de valores y virtudes que son necesarios para lograrla. Ahora parece primar en exceso el enriquecerse. Estamos ante un problema grave, la renuncia a su deber de toda una clase. Esa omisión tiene un coste: lo estamos pagando, y no sólo con el procés. Es seguramente el vacío creado por esa ausencia la causa del hundimiento del partido tradicional de centro. No hay que sorprenderse por el hecho de que ese vacío tienda a ser ocupado por otros, ni negar a esos otros un lugar bajo el sol, siempre que sigan las reglas que nos hemos dado para convivir. Hay mucho que cambiar en nuestra sociedad, pero la confrontación no es el camino del cambio. Al contrario: emprender con lealtad las mejoras, con la vista fija en el bien de todos, favorecerá la reconciliación.

Estos últimos meses dejan una gran enseñanza: la democracia tiene enemigos. La nuestra tiene en este momento tres grandes enemigos: la fragmentación, la corrupción, y la renuncia de una parte de la clase dirigente a sus responsabilidades. Para defenderla no se puede estar dor­mido.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.