Ni la participación resultó tan revolucionaria, ni la mayoría es tan silenciosa; lleva años hablando alto y claro, lo que pasa es que parece que nadie la escucha. La política no resulta tan diferente de la vida como nos suelen hacer creer. Como en la vida, la realidad siempre acaba encontrado su camino por mucho que se le niegue.

La ducha fría desatada por los electores tendrá impactos duros y relevantes en todos los partidos que nos han metido en este bucle agotador y que elección tras elección nos devuelven, reordenados entre sí, a la misma casilla de salida, esa que ninguno se atreve a aceptar y gestionar: en Catalunya coexisten dos minorías mayoritarias y a ambas les faltan los porcentajes y la legitimidad para impulsar de manera unilateral sus objetivos o bloquear de manera permanente las demandas de la otra. Eso en política, vieja o nueva, sólo tiene una solución viable, se llaman negociación y compromiso. Podemos seguir votando hasta el día de juicio final, cambiará el orden de los factores pero no el resultado final.

El independentismo aguanta pero ha tocado techo y los números no le dan. Se encuentra hoy más dividido por una competición interna que, lejos de rematar como parecía, sale recrudecida. La CUP paga la factura de un procés en el que nunca creyó. ERC obtiene un fracaso en vez de la victoria que esperaba cuando rodeó a Carles Puigdemont para que no convocara elecciones y alguien deberá pagar por el fracaso de semejante estrategia. Los demócratas han ganado el día escondidos tras la refulgente figura del president errante, pero eso sólo ha diferido los retos de supervivencia que les asediaban antes de Bélgica. Retomar la agenda unilateral del independentismo se antoja difícil sin antes recomponer una unidad ahora en precario. Su única ventaja reside en que sólo los nacionalistas miran con confianza a la movilización de su electorado si se produce una repetición electoral.

Tanto para intentar gobernar como para liderar la oposición, la fulgurante Inés Arrimadas afronta el reto de tener que hacer y decir casi todo lo contrario de cuanto prometió en campaña. Si negocia y se compromete su electorado se lo reprochará pero si bloquea una salida también lo pagará caro. Es fácil crecer enarbolando el ‘no’ a todo, lo difícil suele ser mantenerse. Socialistas y populares pueden ir aplicándose la lección que acaban de impartirles: su relevo como fuerzas principales no solo no resulta imposible sino que puede suceder más rápido de cuanto parecía.

Los populares se han convertido en una fuerza irrelevante en Catalunya que no sirve ni para bisagra y Mariano Rajoy sale tocado como estratega. Pedro Sánchez ha comprobado que Albert Rivera bebe mejor y más rápido en el caladero de centro que tanto le atrae; o se va por el voto de la izquierda o se va por el de centro, no se puede ir por ambos a la vez. Los comuns han aguantado como han podido desde su negativa a dejarse encasillar por un bloque o el otro y, al menos, no parece que vaya a tocarles decidir si facilitan un gobierno o facilitan otras elecciones; un dilema endemoniado que no tenía solución.

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