Durante los cinco años que María Tania Varela Otero estuvo en paradero desconocido, tuvo una hija, Claudia, a la que no pudo ni inscribir en un libro de familia porque durante todo este tiempo la mujer guardó en el fondo de un cajón todos sus documentos de identidad. Era una fugitiva. Una de las 70 delincuentes más buscadas por la Interpol. Cansada seguramente de esconderse, el lunes por la tarde casi agradeció que una cabo de la unidad central de estupefacientes de los Mossos d’Esquadra le comunicara su arresto.

“Cariño, mamá tiene un problema. Lo arreglo y vuelvo”. Así se despidió Tania de su pequeña en el área infantil de la urbanización Vall Pineda de Sitges en la que la niña, de cuatro años, jugaba con una ­amiga. Dos policías uniformados se acercaron aprovechando un momento en que la niña estaba alejada. Le preguntaron por su nombre. Y la mujer respondió que se habían confundido, y les dio otra identidad, pero ningún documento que la acreditara. Los agentes la invitaron a acompañarles a una comisaría, con mucho tacto para no asustar a la niña. Tania pidió a la madre de la amiga de su hija si podía encargarse de su pequeña, y se despidió llenándola de besos y abrazos.

“Sí, soy Tania Varela”, les dijo al tiempo que se derrumbaba y empezaba a llorar

En el coche, camino de la comisaría, no articuló palabra y al llegar se prestó a que le realizaran la comprobación de las huellas dactilares. “Sí, soy Tania Varela”, les dijo al tiempo que se derrumbaba y empezaba a llorar.

Durante un buen rato, la mujer sólo estuvo pendiente de la infra­estructura que debía organizar para que alguien cuidara de su hija. Sabía que ese mismo día dormiría en los calabozos de la comisaría de Vilanova i la Geltrú y que al día ­siguiente el juez de guardia dicta- ría su ingreso en prisión, aten­diendo a las dos órdenes de búsqueda y captura que en los últimos años han emitido la Audiencia Nacional y un juzgado de Cambados.

En todo momento se mostró colaboradora, no contó por qué huyó, complicándose de esa manera la vida cuando se enfrentaba a sólo una condena de siete años por tráfico de drogas. Pero mantuvo todo el tiempo, sin que los Mossos se lo preguntaran, que ella era inocente y nunca estuvo al corriente de aquel desembarco de cocaína que años después la ha conducido a la cárcel.

Mantuvo que ella era inocente y nunca estuvo al corriente de aquel desembarco de cocaína

Tampoco se negó a que los investigadores inspeccionaran su casa, un chalet de una buena urbanización de Sitges, con vistas al mar, y del que debía el alquiler desde hacía cuatro meses. La casa no mostraba grandes lujos por dentro. Era evidente que allí vivía una niña y que pasaba muchísimas horas en casa porque había juguetes por todos los rincones. “Me tienen que disculpar, si llego a saber que va a venir la policía, hubiera hecho las camas”, llegó a comentar a los investigadores.

No encontraron nada que hiciera sospechar de que en el año y medio que ella aseguró que llevaba viviendo en Sitges hubiera tratado de ponerse en contacto o bien con los narcotraficantes con los que estuvo relacionada en Galicia o con alguno de aquí. También dejó que los Mossos se quedaran sus teléfonos móviles y sacó del fondo de un cajón toda la documentación a su nombre que en los últimos cinco años había mantenido escondida.

Eso le impidió poder escolarizar a su hija, y la obligó a inventar alguna milonga cuando la llevaba a urgencias del hospital, aunque, con su conversación educada y de persona muy preparada, convencía a cualquiera. La mujer tampoco trabajaba y contó que los gastos de la casa corrían a cargo de su pareja, del que dijo que estaba de viaje en Estados Unidos.

Cuesta creer que esa mujer ­diminuta, con el mismo rostro de buena niña de la foto con la que Interpol solicitaba colaboración ciudadana, estuviera considerada durante unos cuantos años como una de las narcotraficantes más peligrosas de Europa.

Es cierto que durante un tiempo convivió con narcos y participó de sus negocios. Pero lo cierto es que Tania Varela ejerció el poder a remolque de sus parejas, que no eran cualesquiera. David Pérez Lago, hijo de Esther Lago, la fallecida mujer de Laureano Oubiña; y el abogado madrileño especializado en la defensa de narcotraficantes y mafiosos rusos Alfonso Díaz Moñuz, al que asesinaron en presencia de Tania de dos tiros en la cabeza. Cuando ella se fugó, el primero estaba encarcelado, y allí sigue, y el segundo, muerto. Difícilmente pudo seguir viviendo de aquello.

El martes ingresó en la prisión de Wad-Ras, mucho más tranquila cuando pudo localizar a una hermana que vive en Estocolmo y que le prometió venir inmediatamente para quedarse con su hija. El pró­ximo 5 de abril tendrá que declarar en calidad de testigo en el juicio contra uno de los presuntos asesinos del abogado Miguel Ángel Durán, que como ella también trató de huir, en su caso a Brasil, donde fue detenido.

Pese a todo, persiste una duda que sólo ella puede resolver. ¿De qué huía Tania Varela? De su pequeña condena, o de David Pérez Lago. Antes de esfumarse, la mujer le culpó del asesinato de su pareja en una declaración ante la policía. Nunca se hallaron pruebas.

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