La izquierda española debería seguir el ejemplo de Mariano Rajoy y no ponerse nerviosa antes de tiempo. Cuando faltan dos años para las elecciones, las encuestas significan muy poco y deciden nada y la agenda política dista bastante de conformar ya la agenda electoral. Pero lejos de mantener la calma parece que empieza a dar síntomas de un inminente ataque de pánico.

Es la historia de siempre. La derecha le reclama autocrítica y la izquierda corre a hacerla y a darle la razón sobre lo mal que está y lo mal que lo hace todo; no vaya a ser que quede algún votante o militante que se resista a dejarse encerrar en esa realidad virtual donde la derecha gobierna siempre bien, los problemas son culpa de los demás y están más unidos que la familia Campos, mientras que la izquierda no ha nacido para mandar, todo cuanto sucede es culpa de Manuela Carmena o de Ada Colau y la Boda Roja de Juego de Tronos es lo más unida que sabe estar. Al habitual asedio por tierra, mar y aire de la derecha y el liberal progresismo emergente, se han sumado rápidamente los analistas e intelectuales de la izquierda, siempre dispuestos a demostrar que ellos son los más listos formulando una critica sobre la situación de la izquierda aún más feroz y descorazonadora que cualquiera publicada por el ABC o La Razón. El PSOE ha corrido a proclamarse segundo por enésima vez y reclamar autocrítica a Podemos, Alberto Garzón ha corrido a reclamar autocrítica a Podemos y Pablo Iglesias ha sabido estar callado hasta que no ha podido resistirse más y le ha reclamado autocrítica al PSOE y a Pedro Sánchez.

Si a estas alturas aún no han aprendido que la autocrítica es lo que hace la izquierda cuando le conviene a la derecha, entonces sí que andan en apuros. La izquierda está como estaba y está desde junio de 2016: mal pero no tan mal. Sigue pagando el precio por no haber aprovechado la oportunidad de desplazar al PP y a Rajoy cuando la tuvieron y siguen castigando a su electorado con el desanimo de intuir que si volvieran a tenerla, volverían a desaprovecharla. Todo lo demás es ruido.

Si alguien en la izquierda esperaba un buen resultado en Catalunya en unos comicios dominados por el eje nacional y tras partirse para aplicar el 155 es que no sabe dónde vive. El ascenso milagroso de Ciudadanos supone un problema, pero para el PP no para la izquierda. El problema de la izquierda ahora mismo no reside en movilizar a los votantes de centro o centro izquierda que se hayan ido a Cs. Su problema continúa siendo movilizar primero a los votantes de izquierda que empezaron a quedarse en su casa el 20J. En cuanto a la división interna presenta sin duda un gran problema, aunque únicamente para quienes se pasan el día reclamando debate interno en los partidos pero luego critican la división de la izquierda, mientras aplauden como muestras de enorme liderazgo las leyes del silencio y la adulación al líder que rigen en el PP y en Ciudadanos.

La izquierda está tan mal como la derecha, como lo está el resto del país. Le faltan las ideas que no le sobran a la derecha para salir de una crisis que se ha convertido en normalidad. Sus respuestas frente a la cuestión de la identidad nacional parecen tan malas y tan inviables como las ofrecidas por el PP, que nos han metido en este atolladero, y las que emite Cs, de quienes lo único que sabemos es que en Catalunya ni gobiernan ni dejan gobernar y todo se arreglará cuando ganen ellos las elecciones y además puedan gobernar cómodamente. A dos años de las Generales, en un país donde el votante medio aún se sitúa orientado a la izquierda (en el 4.6 según el CIS) pese al empacho de banderas y “A por ellos, oe”, la izquierda ha sobrevivido al potencial desastre del 21D, gobierna las grandes capitales y la mayoría del poder autonómico con un desgaste muy por debajo del anunciado por la derecha al día siguiente de formarse esos gobiernos y las encuestas la dejan donde lleva meses, lejos de la mayoría que suman PP y Cs, pero con un electorado que vuelve a centrar sus preocupaciones en la crisis, el empleo y el bienestar, la corrupción y la regeneración política.

La izquierda debería seguir sin complejos la estela del ‘marianismo’. Menos autocrítica y menos palabrería y más que alguien haga lo que todos sabemos que hay que hacer para ganar unas elecciones.

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