La preocupación por el golpe de Estado en Cataluña cae ocho puntos según el CIS. El independentismo, sin embargo, se sumerge en un periodo de enormes turbulencias a una semana de la constitución del Parlament. Dos dimisiones en un día. Y se esperan más. Artur Mas deja la presidencia del PDECat en vísperas de la sentencia del ‘caso Palau’ y tras un choque frontal con Puigdemont. Carles Mundó, exconsejero de Justicia, rumoreado como posible sucesor de Oriol Junqueras en el papel de ‘investible’, también ha dado un portazo, sin aviso previo. Ya no lo soporta.

El conglomerado secesionista brujulea como pollo sin cabeza, sumido en una fase de absoluto desconcierto. Carles Puigdemont, en su refugio de Bruselas, no adelanta sus planes, más allá de su decisión de no volver a España hasta ser elegido de nuevo presidente de la Generalitat y promover un nuevo ‘choque con el Estado’. Una estrategia egocéntrica, desmesurada e irracional, según fuentes del separatismo. El enfrentamiento entre el ‘núcleo del president’ y el partido produce ya un indisimulado estruendo. Los planes de Puigdemont obligarán a que la Mesa del Parlament retuerza el reglamento de la Cámara y permita la ‘investidura telemática’ del prófugo. 

El camino de la prisión

Un nuevo escenario de tensión, en el que se maneja con enorme soltura el expresidente fugado. También, un foco de tensiones. Artur Mas, quien puso en marcha la maquinaria de la secesión hace cinco años, defendió este lunes ante la cúpula de su partido la necesidad de ‘un gobierno estable’ y ‘una legislatura larga’. Nada de las aventuras que maquina el ‘fantasma de Flandes’.

Mas ha dimitido apenas unos días antes de conocerse la sentencia del ‘caso Palau’, el escándalo de la financiación ilegal de Convergencia. Tampoco ocultaba ya sus continuos choques con Puigdemont, a quien nombró sucesor y con quien jamás mantuvo una relación amigable. En la rueda de prensa tras  su renuncia ha subrayado que ni está investigado ni citado a declarar por el ‘caso Palau’, en un inútil empeño de aliviar de relevancia a tan decisivo episodio. 

El ‘heréu’ de Jordi Pujol, el ‘astuto’ para unos, el ‘rey Artur’ para otros, el desastre sin paliativos para gran parte del soberanismo, deja el cargo ‘representativo’ tras conseguir la fractura social y el hundimiento económico de Cataluña, la desaparición de Convergencia y la escisión cainita en el secesionismo. Una balance que oscila entre el desastre y el horror. Nadie le echará de menos, comentan algunos exconvergentes de primera hora. 

Este mismo martes dimitió también, por sorpresa, Carles Mundó, exconsejero de Justicia, llamado a ocupar la presidencia del ‘Parlament’ en sustitución de Carme Forcadell, de retirada. Mundó es el símbolo del rechazo de ERC a los planes que emanan desde Bruselas. El partido de Junqueras reclama un presidente “que gobierne desde el minuto uno”. Ese no puede ser Puigdemont, quien, en el caso de regresar a España, emprendería la misma ruta que Junqueras. Ambos en la cárcel. Mundó se va. No recoge su acta. Puigdemont y Junqueras sí lo han hecho. Igual que Jordi Sánchez, ex líder de la ANC y Joquim Forn, exconsejero de Interior, ambos en prisión. También Toni Comín, del grupo fugado. 

El calendario se acelera

El baile de las actas puede propiciar un escenario inquietantante para los separatistas. La mayoría parlamentaria de la DUI está en peligro. De no haber alguna renuncia, los separatistas tendrían tan sólo 65 escaños habilitados para votar, ya que los de Bruselas y los presos se supone que no podrán personarse para ejercer su derecho al voto. El secesionismo logró 70 escaños el 21D. Ahora tendría dificultades no sólo para lograr la mayoría absoluta de 68 escaños, sino también la simple. Está por ver qué hace el resto de los fugados, ya que Clara Ponsatí y Lluís Puig no han movido fecha. 

La idea era que los fugados en Bélgica renunciaran al acta a cambio de un puesto en el futuro Gobierno. Es decir, un sacrificio personal con cargo y un sueldo asegurado. No está nada claro que ese pacto se vaya a cumplir completamente. La borrasca que hace zozobrar al secesionista no permite ver con claridad los siguientes pasos. Una mayoría parlamentaria en juego. Una investidura, en el alero. Una presidencia, pendiente del iluminado de Bélgica y todo el bloque de la independencia, en fase de resquebrajamiento. 

El calendario corre aceleradamente. No se adivina un camino de sensatez para despejar las incógnitas de una investidura, salvo la cerrazón de Puigdemont en no renunciar a ella.

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