Jorge Mario Bergoglio se convirtió en el primer papa latinoamericano de la historia hace cinco años. El hasta entonces cardenal de Buenos Aires, jesuita, ya como papa Francisco se asomó con timidez al balcón de la plaza San Pedro después de la fumata bianca y pidió a los fieles allí congregados -a diferencia de 2005, la mayoría móvil en mano- que rezaran por él. Justo antes había bromeado al decir que los cardenales del cónclave habían ido a buscarlo “casi al fin del mundo” para dar un obispo de Roma. Venía de la periferia, un concepto muy presente y casi central en Francisco en este lustro de pontificado.

El nombre que eligió, por San Francisco de Asís -cuyo rasgo más destacado es la pobreza-, fue toda una declaración de intenciones. Bergoglio quiere una Iglesia pobre para los pobres -para todas las pobrezas, no sólo la material-. Vicente Altaba, sacerdote y delegado de Cáritas Española, afirma que no es la primera vez que se dice que los pobres son los destinatarios del Evangelio, pero ve en Francisco “un tono nuevo” que impide las excusas que debiliten ese mensaje.

Desde el principio Francisco dejó claro cuál sería su sello: gestos y obras además de palabras; porque una fe sin obras está muerta, como señala la Biblia y remarca él mismo, la cabeza visible de la Iglesia. Escogió como vivienda la residencia de Santa Marta en vez del Palacio Apostólico, usa vestimenta austera y zapatos más sencillos que sus predecesores, es espontáneo y cercano con la gente, no quiere coche oficial y se confiesa delante de los demás. Es uno más. En Semana Santa desde el primer año dio un giro a las tradiciones al lavar los pies a jóvenes reclusos el Jueves Santo, algo que ha hecho desde entonces cada año, alternando centros penitenciarios y hospitales.

Una bocanada de aire fresco del sur para la Iglesia

“Francisco nos ha traído una bocanada de aire fresco. Ha cambiado el estilo con su sencillez, su cercanía y su espontaneidad”, opina Altaba, que fue misionero en Argentina en los años 70. Nuria Calduch-Benages, profesora en la Universidad Gregoriana y en el Instituto Bíblico de Roma, cree que “ha cambiado la imagen de la Iglesia gracias a su figura campechana, carismática y muy cercana a los últimos de la sociedad”. “La sombra de los abusos, el fraude, la corrupción, las tramas ocultas en el Vaticano parecían dominarlo todo sin dejar espacio a la renovación y a la esperanza. Hoy se respira otro aire”, apunta la religiosa, que además es miembro de la Comisión Bíblica y de la Comisión para el estudio del diaconado de la mujer que impulsó el Papa.

Francisco Javier Vitoria, sacerdote diocesano de 77 años ve en el Papa “una bombona de oxígeno” para los curas de su generación, “la que creyó en el Concilio Vaticano II y las propuestas que se hizo a sí mismo la Iglesia hace más de 50 años”. “Lo más decisivo que ha hecho es desacralizar la figura del Papa”, destaca Vitoria, que fue profesor de Teología y rector del seminario de Bilbao.

Resalta de Francisco su “talante pastoral” al venir del sur y cómo ello incide en su pastoral. “No se necesita un exegeta o un vaticanista que le traduzca. Todo el mundo le entiende y tiene una gran sensibilidad social y ecológica”, añade. “Usa un lenguaje que entiende todo el mundo, sencillo e inteligible”, destaca al respecto Altaba, que afirma que no por ello es poco profundo. “Tiene la habilidad de comunicar lo profundo de forma sencilla”, sentencia.

Su visión de la ecología, recogida en la encíclica Laudato Si’, supone “una línea muy novedosa” al fomentar una Iglesia comprometida en la lucha por una defensa de una ecología integral que cuide la casa común -el planeta-, señala el delegado de Cáritas. “Defender la ecología es defender la causa de los pobres”, añade.

Un Papa inteligible “que tiene la habilidad de comunicar lo profundo de forma sencilla”

Para Jaume Flaquer, jesuita y responsable del área de teológica de Cristianisme i Justícia, este Papa “acerca la Iglesia al mundo y de forma especial al mundo sufriente”. “Sitúa sus críticas y denuncias en los mismos que criticaba Jesús: los hipócritas religiosos, el mundo del poder y las elites económicas y políticas -por no acoger a los refugiados- o el sistema capitalista”, explica. “Se trata de una vuelta al Evangelio”, añade.

Francisco pide a los religiosos que no sean acomodados y rechaza a los “obispos con psicología de príncipes”. “Critica las formas eclesiales que están preocupadas por ellas mismas, centradas en sí mismas y que buscan una Iglesia de los puros que margine a toda la gente que no llega a sus ideales. A los hipócritas que cargan fardos pesados a la gente y que ellos mismos no llevan, como los sepulcros blanqueados que decía Jesús”, concreta Flaquer sobre los religiosos hipócritas. “Vivimos más preocupados por mantener las formas que por lograr celebraciones vivas en la fe. Falta atrevimiento y creatividad”, reprocha el turolense delegado de Cáritas.

Teresa Forcadas, monja benedictina exclaustrada y líder de Procés Constituent, cree que con Francisco hay menos miedo interno en la Iglesia y menos miedo al mundo exterior. Ve una actitud más dialogante. Actualmente en Berlín, Forcades publicó en el año pasado Los retos del papa Francisco. Movimientos de renovación en la Iglesia católica actual (Akal).

Tras cinco años en la cátedra de Pedro, la popularidad de este Papa goza de buena salud. Un estudio de enero del Pew Research apunta que entre los católicos de Estados Unidos, un 84% tiene una opinión favorable de él y mientras que recibe críticas de los sectores más conservadores. En España, siete de cada diez personas se irían de cañas con Francisco (66,5%), según una encuesta de NC Report para la revista Vida Nueva.

Siete de cada diez españoles se irían de cañas con Francisco, según una encuesta de NC Report

Pero Francisco no sólo es un Papa de gestos. También de palabras. Uno de sus conceptos más significativos, las periferias -materiales y existenciales-, lo tomó de la filósofa argentina y activista social peronista Amelia Podetti, a quien le prologó un libro en 2006. “He tenido y tengo muy presentes sus enseñanzas, que hicieron una contribución importante a la reflexión y la autoconciencia del país en un momento singular de su historia, en las décadas de 1960 y 1970”, escribió el entonces cardenal porteño al inicio del un libro sobre Hegel. En alguna ocasión gente cercana al Pontífice y él mismo en alguna entrevista han revelado que ha tomado de ella ese concepto, ya que la profesora universitaria apuntaba que la realidad se ve mejor desde la periferia que desde el centro.

Se ha dicho de Francisco que era de derechas, hubo medios que aseguraron que colaboró con la Junta Militar durante la dictadura y también se ha dicho que era de izquierdas. Que era contrario y favorable a la Teología de la Liberación. Su hermana María Elena, sin embargo, afirma en el libro El otro Francisco (Homo Legens, 2018)de Deborah Castellano Lubov que se identificaba con el peronismo porque las piedras angulares de ese movimiento descansaban en la Doctrina Social de la Iglesia.

La Iglesia de Francisco no es autorreferencial, es una Iglesia en salida, un “hospital de campaña” que sitúa el centro en la periferia

Durante su viaje a Lampedusa, Francisco se refirió al naufragio masivo de refugiados como una “vergüenza”, palabra que resonó -durante unos días- en la conciencia europea, que no ha sido capaz de dar una respuesta a la llegada de refugiados e inmigrantes de los últimos años más allá de volver a frenar el paso desde los países donde se embarcan hacia Europa, hacia el sueño de una vida mejor.

Zygmunt Bauman aseguraba al final de su obra póstuma Retrotopía (Paidós, 2017), su último libro, que Francisco era el único personaje planetario con autoridad capaz de dar respuestas a la crisis de modelo social actual que impera en el mundo, que se divide entre el nosotros y ellos, con su apuesta clara por el diálogo.

“Las iglesias europeas tienen que constituirse como comunidades que contrarresten al poder hegemónico, que conduce a la insolidaridad total y a un mundo injusto. Tendrían que ser un ejemplo de resistencia en cuestiones como la de los refugiados. Es un desafío enorme que no se va a resolver con inciensos y buenas palabras”, destaca el sacerdote bilbaíno Francisco Javier vitoria, ya jubilado.

Para Bauman, Francisco es la única autoridad planetaria capaz de dar respuesta a la crisis de modelo que vive Occidente

Francisco ha atizado a la propia Iglesia, a la que ha pedido que salga de sí misma, que no se encierre, llegando a decir que prefiere una Iglesia herida y manchada a una que esté enferma por estar encerrada en sí misma. “No vive mirando para atrás, no quiere una Iglesia anclada en el pasado o encerrada en las seguridades de antaño, quiere una Iglesia abierta a las situaciones y los problemas nuevos. Quiere que arriesguemos en las respuestas nuevas. No se trata de una acomodación de la Iglesia a los tiempos modernos sino una renovación desde lo que el Evangelio nos pide hoy y desde los pobres, desde su clamor”, apunta al respecto Altaba, al tiempo que resalta la sintonía del Papa con Cáritas, donde ha promovido no sólo la atención primaria sino también el desarrollo integral de las personas, para lo que ha constituido un dicasterio especial.

Sus tímidos aire de renovación y sus críticas al clericalismo que impera en la Iglesia le han llevado a soportar también críticas de los sectores más conservadores, que han llegado a tacharlo de hereje y se han puesto en pie de guerra por su exhortación apostólica postsinodal Amoris Laetitia, en el que autoriza a revisar caso por caso el poder dar la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar con una nota a pie de página.

“Ha tenido mucha oposición, incluso pública, de cardenales con nombres y apellidos. Esto no había pasado ni con Juan Pablo II ni con Benedicto XVI. Todo ello sólo por intentar aplicar la misericordia a los divorciados, admitiéndolos en algunos casos a la comunión”, apunta Flaquer. Y ese debate sigue abierto. “Quizá se han puesto muy fuertes con esto para marcar un muro y que no vaya más allá en otras cuestiones”, comenta el jesuita que reside en Barcelona.

“El episcopado que se encuentra Francisco es más conservador que el que se encontró Juan XXIII, de la línea restauradora en lenguaje de Ratzinger. Son más de 30 años con la línea anterior”, advierte Vitoria. Altaba también señala que es necesario cambiar el episcopado para cambiar realmente el cambio de la Iglesia y critica que aunque cambian las palabras, no ha cambiado la pastoral. “Hay que dar a los laicos y sobre todo a la mujer el papel que les corresponde en la Iglesia”, añade.

Sandro Magister, vaticanista, opina que las cosas han cambiado mucho aunque sin decidir nada con claridad sobre las cuestiones más controvertidas, permitiendo que todos opinen y se den situaciones contradictorias.

Varios cardenales se han manifestado públicamente en contra de Francisco, algo que no había pasado de forma tan significativa con Benedicto XVI o Juan Pablo II

Preguntada por los cambios en la Iglesia, Nuria Calduch dice que “se ha hablado mucho, se han hecho negociaciones e incluso promesas, se han abierto algunas puertas, también se han denunciado flagrantes trasgresiones y se ha intentado que los culpables no quedasen impunes, pero los cambios profundos, de fondo, se hacen esperar”. “Cada vez que se proponen son rechazados por los defensores de la ortodoxia”, se queja y lo achaca achaca a las estructuras del poder eclesiástico, que “no se doblan ante los vientos de la innovación y parecen inmunes al cambio, reacias a la creatividad y recelosas de la mujer”.

Francisco Javier Vitoria asegura que Francisco “es un Papa de signos, señales, gestos y sensibilidades, más que de cambios. “No ha tomado ninguna decisión de las decisivas para el futuro de la Iglesia. Está atrapado en un sistema terrible, el sistema curial. No veo un paso adelante. Creo que hay gestos, pero hacen falta hechos”, afirma. Señala como cambios necesarios el papel de la mujer en la Iglesia, el cambio en el celibato de los presbíteros y que estén más cerca de su comunidad o la autonomía local de las iglesias. “Me pregunto cómo alguien que no hace nada puede consagrar y alguien que hace todo en la Iglesia no consagra”, dice en referencia a las mujeres, aunque reconoce que no sería el primer cambio que impulsaría.

“Se trata de actualizar la Iglesia a nuestros tiempos y a su verdad, al espíritu de Jesús. No estaba adaptada hace cien años y hoy tampoco, aunque se ha despertado esa sensibilidad”, opina Vitoria, que recuerda que se compara a Francisco con sus antecesores cuando sólo lleva cinco años en el Vaticano y la línea anterior estuvo más de treinta.

Los cambios que no llegan al topar con la realidad de la Iglesia y su jerarquía

Flaquer plantea que el repliegue que se ha visto en Europa entorno a la identidad y la política por los recién llegados también se está viendo en la Iglesia con los progresistas y la llegada de musulmanes. Además apunta sobre los cambios de Francisco que “si el Papa puede cambiarlo todo, significa que el culpable de que las cosas no hayan funcionen es el Papa en última instancia. Y eso no es así, es la suma de los cristianos y de toda la jerarquía, que es más complicado de cambiar”.

En ese sentido, Forcades apunta que hay quien habla de cisma aunque cree que eso no pasará. “Puede ser que grupos significativos marchen de la Iglesia, aunque se lleva todo con la máxima delicadeza y cautela para evitar escándalos. Pero puede pasar, como pasó cuando los anglicanos permitieron el sacerdocio de las mujeres”, opina.

Presbíteros casados y el papel de la mujer, las dos cuestiones más peliagudas para el Papa exigidas por quienes quieren una renovación profunda

La religiosa exclaustrada, profesora universitaria, vaticina que el primer cambio significativo será la aprobación de los sacerdotes casados, quizá en Brasil, donde faltan sacerdotes en la zona del Amazonia. “El siguiente país podría ser Alemania, donde colaboran pastores casados protestantes con los católicos”, se aventura a decir. Aunque cree que no ha cambiado “el clericalismo, el sexismo y la connivencia con el poder”. “El Papa intenta superar el clericalismo, pero no es fácil. Ha creado la comisión que estudia el tema del diaconado femenino, pero parece que no será homologado con el masculino. En la Iglesia la ordenación es condición sine qua non para tener peso en la toma de decisiones”, se queja.

Flaquer, no obstante, opina que no será Francisco quien afronte esa cuestión, igual que la de las mujeres. “No hay un problema teológico con ello, pero supondría un cambio de mentalidad y de estructura económica. Si un sacerdote, que suelen ser mileuristas, tiene familia, debe cobrar más”, apunta. Sobre la ordenación femenina, apunta que “si ya ha habido oposición con la comunión a los divorciados, no se podrá abordar el tema de las mujeres”. “Estas cuestiones deberían tratarse en un concilio, no sólo en un sínodo”, comenta.

El jesuita destaca que parece que este Papa ha legitimado algunos postulados de la Teología de la Liberación, antes condenada al ostracismo. En Argentina la Teología de la Liberación se fijó en la cultura popular, muy arraigada en una sociedad multicultural, y en la religiosidad del pueblo y no en el análisis marxista-leninista como en otras partes de América Latina, donde triunfó en los años posteriores al Concilio como herramienta para combatir la pobreza y la desigualdad desde el Evangelio, aunque en muchos casos abrazó los postulados marxistas. “Quizá este Papa ha llegado demasiado tarde porque ya tiene ochenta años. Pone el sello evangélico de lo mejor de la teología de la liberación, la teología del pueblo”, opina.

Forcades señala como clave para que se mantenga el rumbo de cambio que ha tomado la Iglesia –en ningún caso en lo dogmático– que Francisco viva unos años más para que el colegio cardenalicio, con capacidad de elegir al próximo papa, sea de su línea. Por ahora ha nombrado 61 cardenales, de los cuales 49 son menores de 80 años y tienen derecho a elegir al próximo sucesor de Pedro –entre ellos Osoro, de Madrid, y Omella, de Barcelona-. En el último cónclave hubo 106 cardenales electores de los 120 que puede llegar a haber. Magister, aunque es del ala más crítica con el Papa, cree que los vientos de cambio “avanzan por fuerza propia”.

El futuro de la Iglesia en manos de todos, religiosos, institución y fieles

Con Francisco la Iglesia mira al futuro, que a juicio de Nuria Calduch “es imprevisible”, aunque está “convencida de que las generaciones venideras encontrarán una Iglesia mejor, más abierta, más acogedora, más evangélica y menos preocupada por las leyes, la ambición y el poder humanos”. “Todos nosotros, en nuestra medida, podemos contribuir a ello”, apunta y recalca que la Iglesia son todos los católicos y no sólo la estructura o los religiosos. “Cuando digo Iglesia, pienso en cada uno y cada una de sus miembros. Nadie está excluido”, apunta la profesora universitaria.

”La Iglesia debería dejar de pensar en ella misma y abrirse al mundo. Debería perder el miedo a lo diverso y al cambio, y lanzarse a evangelizar impulsada por la energía del Espíritu. Debería posicionarse ante las injusticias sin pactar con los poderosos. Debería proteger a los niños y jóvenes y dar prioridad a los pobres, enfermos, marginados, a las minorías perseguidas y todas las personas que sufren violencia. Debería dar más espacio y responsabilidad a la mujer en ámbito de gobierno… Y podría seguir, pues la lista es interminable”, afirma Calduch.

La Iglesia Católica cuenta con 1.285 millones de fieles en todo el mundo, siendo el tercer colectivo mundial sólo por detrás de China e India

La Iglesia Católica cuenta con 1.285 millones de fieles en todo el mundo, siendo el tercer colectivo mundial sólo por detrás de China e India

Francisco es un pastor con una rebaño enorme. La Iglesia católica cuenta con unos 1.285 millones de fieles en todo el mundo -los cristianos son más de 2.300 millones en total-. Aunque ha cambiado la distribución geográfica de sus seguidores tras la acelerada secularización de Europa, el porcentaje de católicos respecto a la población mundial -en torno al 17%- se ha mantenido estable en el último siglo. Sólo China e India, como países, son colectivos organizados formados por más personas. Aunque en 2050 habrá en el mundo tantos musulmanes (ahora en total unos 1.800 millones) como cristianos.

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