Si tuviéramos que definir el sentimiento que nos define como españoles, la mayoría caería en la cuenta de lo difícil que es formar una idea de España, sin el sentir de las diferentes identidades que la configuran. La mayoría tendemos a sentirnos españoles sin perder de vista el lugar del que formamos parte o en el que hemos nacido, como demuestran los últimos resultados del CIS.

Siempre decimos que nuestro país arrastra una herida territorial, que es una patria difícil o que es una nación tardía. Creo que es hora de asumir que nos equivocamos. Nos equivocamos porque siempre caracterizamos -y peleamos por hacerlo- nuestra identidad como país en términos de lo que fue, pero nunca de lo que va a ser.

El concepto clásico de nación en España ha estado en demasiadas ocasiones monopolizado por las élites intelectuales, académicas y económicas. De esta forma, se nos quiso presentar la nación española como un recipiente formado por barreras sólidas que determinarían nuestro carácter, nuestro sistema político y nuestra cultura de forma natural, venida de un origen divino. Esta organización de la nación pretende prefigurar como ciudadanía imponiéndonos un deber ser, cómo debemos ser. Todo ello siempre dictado desde afuera y desde arriba del cuerpo social.  El concepto de nación de los próceres y mitos son útiles para el poder pero vanos para la cotidiana vida en común.

En España nunca nos creímos a Híspalo pero tampoco fuimos capaces de sedimentar nuestra idea de nación desde su contrapunto, esto es, desde las prácticas y victorias populares. En definitiva, el problema no es el historicismo del análisis de la cuestión sino el ahistoricismo de la imposición de una concepción “natural” o “divina” de la nación, como un bloque monolítico y exclusivo al que adaptarse. Esta exclusividad al final excluye a quienes no ven que el traje a medida de otros le valga, pero no es nuestro trabajo desvelar lo evidente, sino proponer fórmulas de cómo ser una comunidad basada en la decisión de ser juntos. Recuperar nuestro hilo popular que ante la nación monárquica opone un proyecto patriótico de España al servicio de las mayorías sociales. La idea de Rajoy de España como “la nación más antigua de Europa” sirve para aquilatar la confrontación entre quienes comparten la idea conservadora de España y quienes no. Solo una idea de nación abierta y proyectada hacia el futuro sirve para aglutinar y convencer: la comunidad política como voluntad de ser y no como un pasado glorioso. La España de Rajoy pertenece al pasado en términos políticos y de construcción de discurso. La España del 15M está cargada de futuro.

Ortega y Gasset ya concebía las naciones, desde la razón histórica, como entes orgánicos, vivos, que se constituyen como una comunidad de propósitos, de anhelos que conviven, no por estar juntos, sino para hacer algo juntos. Cuando aquejamos la falta de relato de nuestro país lo hacemos siempre mirando como recoserlo hacia atrás, lo que en realidad muestra nuestra incapacidad de recoser hacia el futuro. Es  la ausencia del para hacer juntos que permita nuestro estar juntos el espectro conservador ha sido siempre incapaz de poner sobre la mesa y que en la época moderna se tradujo en el “There is not alternative”, o decretando el “fin de la historia”.

En nuestro país el decreto conservador ha tenido lugar con la aplicación, en vías de resolverse en el Tribunal Constitucional, de medidas bajo el amparo del Artículo 155. El bloque que mira la nación tan solo hacia atrás, otorgando una idea de suceso natural a la misma, fio toda su articulación política a la interpretación más coercitiva que implica un artículo como el 155.

Pues bien, las elecciones catalanas del 21D han dejado clara una cosa: el artículo 155 de la Constitución española no ha servido para solucionar nada. Estamos exactamente en la misma casilla de salida del 27 de septiembre del 2015. El independentismo mantiene sus dos millones de votos, pese a la política del miedo, pese al desgaste y pese a haber subido el voltaje político hasta límites insospechados. La represión, los encarcelamientos, los exilios, no han pasado apenas factura en las urnas. La sociedad catalana sigue igual de polarizada, de crispada y en España vivimos la misma situación de incertidumbre.

Nuestro recurso en el Senado frente a la aplicación, a nuestro juicio abusiva en sus medidas, del 155 comenzaba aportando un dato nada original pero no por ello menos acertado: la aplicación de estas medidas no iba a suponer ningún escenario de normalidad en Cataluña, porque la normalidad no se decreta. Nos vendieron que el artículo 155 era imprescindible y la  última razón del Estado para defenderse del desafío independentista, de la Fake DUI de los días 10 y 27 de octubre. Pues bien, el saldo que nos llevamos es que el 155 no ha impedido que dos millones de catalanas sigan queriéndose ir de España, ha hundido hasta la irrelevancia al PP, convirtiéndolo prácticamente en una fuerza extraparlamentaria en Catalunya y que Puigdemont vuelva a ser el President –más allá de las cuestiones técnicas que deban resolver- de Catalunya.

Esa estrategia de la idea obtusa de España estrecha ya había sido desbordada así que sucedió lo evidente: una clara derrota en las urnas. Los responsables políticos de la estrategia del 155 deberían asumir la autocrítica y reconocer ante España que han fracasado, que han sido incapaces de solucionar el problema y, sobre todo, que siguen sin conocer a nuestro pueblo. A nuestro país de países.

Nuestra historia se ha caracterizado por una permanente pugna entre una clase dirigente despótica, demasiadas veces sostenida por potencias y poderes extranjeros, y un pueblo digno que jamás se ha doblegado ante las injusticias y las imposiciones. Desde las revueltas comuneras de Castilla en el siglo XVI hasta el 15M en el siglo XXI hemos atravesado multitud de momentos en los que los privilegiados al servicio de poderes extranjeros, cuando no directamente impuestos por éstos, han intentado desplegar planes y medidas que atentaban contra los derechos y los bienes comunes de nuestro pueblo.  Si ajustamos la mirilla de nuestra Historia, observamos como en demasiadas ocasiones ha sido un pueblo que siempre ha sido mejor que sus gobernantes el que ha tenido que alzarse ante el entreguismo de los de arriba.

El 2 de mayo fue un levantamiento popular contra, una vez más, el intento de imponer desde fuera y con la complicidad de la nobleza autóctona un modelo a medida de los privilegiados. Tampoco podemos olvidar, en este repaso, la que fue la más trágica de estas imposiciones venidas de fuera: el golpe de Estado del 17 de julio de 1936. Franco contó con el apoyo armamentístico, militar y humano de potencias extranjeras (Alemania e Italia) y con la complicidad del imperio británico y de Francia.

El último capítulo de esta pugna entre un pueblo digno con una enorme sed de democracia y el intento de domesticarlo ha sido la gestión de una crisis económica en la que la gran banca alemana, pero también los fondos de inversión norteamericanos aliados con las grandes multinacionales de aquí (pero que tributan en el extranjero) nos han impuesto unos planes de ajuste totalmente inhumanos que únicamente han protegido los beneficios de unos pocos -los ricos se siguen multiplicando- a costa del sufrimiento y la precariedad de las mayorías. La España de la austeridad que hipoteca las vidas de la gente común que levantan día a día este país en pos de un entreguismo a Bruselas y Berlín  sigue intentando vencer a las pulsiones de cambio y dignidad.

Esta identidad “oficial” impuesta desde arriba que trataba siempre de reestablecer un orden divino de lo que debemos ser nos ha forjado un carácter muy específico y se han trasladado muchas veces a lo más cotidiano de nuestro día a día.

Y si hay algo cotidiano en nuestro día a día, eso es sin duda el fútbol y el dispositivo del deporte como constructo del imaginario colectivo y de la guerra cultural. No hace tanto tiempo, era habitual aquello de escuchar que “da igual lo que hagamos, nunca pasamos de cuartos”. La selección española de fútbol, pero también la de otros deportes, cristalizaba como ninguna otra este abandono a un derrotismo casi antropológico.

Sin embargo, es necesario romper esa ahistoricismo que impone la resignación y buscar la forma de construir una identidad nacional desde abajo, basada en las victorias populares. Y en éstas, apareció Iniesta. El minuto 116 del Holanda-España del 2010 es un minuto que transforma para siempre el campo simbólico sobre el que se ha construido España. No es un minuto aislado, estuvo precedido por Gasol y el mundial de baloncesto del 2006, por Alonso y la Fórmula 1 pero también por Nadal y su dominio absoluto sobre la tierra batida.

Puede resultarnos un análisis banal frente a las grandes “gestas” de la guerra, el dolor y la muerte que analizan la gloria de las élites cargando el sufrimiento en los más humildes pero Iniesta marcó el gol de una generación. Si no me creen bajen a la calle, pregunten en el bar o en el colegio cuál es el hito que recuerdan haber vivido de nuestro país. El efecto que ha tenido ese gol se ha infravalorado.

En ese mundial, estaba el orgullo de un país, el levantar la cabeza ante la eterna condena a ser perdedores, a ser súbditos. Algo cambió culturalmente en España ese día. Yo soy de los que cree que no es casualidad que un movimiento como el del 15M tuviera lugar apenas 10 meses después. No era solo el contexto internacional (hemos sido siempre un país abocado hacia el afuera y nos miramos en nuestro entorno mediterráneo), ni tampoco únicamente una causa-efecto de la crisis económica. Algo había cambiado ya generacionalmente y ese cambio era poliédrico, venido de una multitud de factores que convergen. El mundial del 2010 y el 15M han sido el grito generacional de un pueblo que ya nunca más quiere volver a agachar la cabeza. Una transformación profunda en nuestro universo cultural emergíó en los dos acontecimientos.

En aquel Mundial, muchísimas personas nos pusimos con orgullo la camiseta de la roja. No era una cuestión identitaria o de realzar un sentimiento nacional-conservador latente: era una cuestión de orgullo patriótico. Del “Sí se puede” de la Eurocopa del 2008 al orgullo de ser conscientes de que podíamos. Y hay pequeños gestos pero de una enorme importancia que mantienen este vaso comunicante generacional: fue precisamente Iniesta quién hace tan sólo dos meses hizo un llamamiento al diálogo para resolver la situación de conflicto territorial que vivimos. Un gesto que sigue encarnando en sí mismo todo el potencial de cambio democrático pendiente en España.

Durante estas navidades, he podido hablar con numerosos familiares y amigos. Algunos de ellos, han colgado una rojigualda en sus balcones como respuesta a lo que entienden era un desafío independentista. Un desafío que pondría en duda el proyecto compartido de España. Pero había algo en común en todos ellos: por mucho que nos pudiera parecer que, a diferencia del mundial, esta exaltación en vez de ser en positivo (en favor de) era en negativo (reactivo, en contra de) lo cierto es que no es del todo así. Muchas de las personas que han puesto banderas en su balcón son totalmente conscientes de que España tiene que cambiar. La rojigualda en el balcón no mira al pasado, mira a un futuro compartido consciente del carácter plurinacional de España. Esto se explica también por las encuestas, en las que por primera vez el referéndum es apoyado por el 57% de los españoles.

España es un país plurinacional, consciente de ello, que habla catalán, euskera o bable y se siente orgulloso de ello. Un país compuesto por pueblos que aspiran a tener un horizonte de más democracia, más reconocimiento y más justicia. Un país abierto capaz de los progresos más avanzados en materia de derechos civiles (como ocurrió con el aborto o los de matrimonio homosexual, con una enorme tolerancia en nuestra sociedad). Es también un país abierto al mundo, solidario y justo pese a que la mayoría de las veces los gobiernos no están a la altura de las exigencias de nuestra ciudadanía.

Por estas razones, sorprendió mucho el tono, el gesto y la mirada desafiantes del rey Felipe VI. No solo el 3 de octubre, en un discurso para olvidar frente a millones de españoles. Un discurso en el que no tuvo ninguna palabra para los ciudadanos heridos en la movilización del 1-O ni tampoco para el diálogo. También en su discurso del 24 de diciembre mantuvo su mirada desafiante a la cámara. Una mirada que en cierto grado, infundía miedo, por mucho que las palabras hubieran cambiado. Decidió Felipe hablar mirando hacia atrás, a la divinidad de la monarquía y no hacia el necesario futuro que debemos darnos la ciudadanía.

España tiene sed de cambio. Hay una pulsión democrática que no se resigna y que sigue empujando con fuerza para poner nuestro país a mirar a un futuro con más esperanza. Construir nuestra identidad como nación, mirando a un futuro compartido que exige de cambios sustanciales en nuestra organización territorial, socioeconómica y política.

Tras el 21D y los convulsos meses que le han precedido es más necesaria que nunca una vuelta de tuerca en la dimensión plurinacional de nuestro país, poniendo el foco en el cambio de las costuras que siguen manteniendo a un régimen del 78 totalmente en declive. Se abre el tiempo de una España viva que sea en función de lo que expresa su ciudadanía y no solo sus dirigentes, que tenga un para hacer juntos en lo que la gente quiere, basado en una vida mejor y aquí está nuestra discrepancia con el gran Ortega. España necesita romper con el régimen del 78 para abrir las alamedas de un futuro con más democracia, más progreso y más justicia social. Un futuro a la altura de la gente de este país de países.

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