La noche del 19 de septiembre del 2012, un grupo muy reducido de personas decidió el adelanto de elecciones en Catalunya bajo la promesa soberanista. Una agradable cena en la terraza del hotel Ritz de Madrid. Una velada suave y nerviosa, amenizada por un elegante pianista. Estaban presentes Artur Mas, Francesc Homs y una o dos personas más, sobre cuya identidad hay versiones contradictorias. Corresponderá a los historiadores reconstruir con mayor precisión esa interesante escena de la pastoral catalana, pero podemos concluir que el despegue institucional del procés se decidió una noche de verano en la más elegante terraza de Madrid mientras un pianista interpretaba ligeras melodías. Al día siguiente, Mas se entrevistaba con Mariano Rajoy en el palacio de la Moncloa.

El presidente de la Generalitat acudió a la reunión con la decisión ya tomada. Iba a pedir el concierto fiscal a Rajoy. (Concierto fiscal: eufemismo para referirse a una fórmula similar al concierto foral vasco, quizá rebajada). Si la respuesta del presidente del Gobierno era negativa –como presumía– convocaría elecciones al Parlament para ponerse al frente de la fenomenal energía cívica que se había expresado ocho días antes en Barcelona en la gran manifestación del Onze de Setembre del año doce.

Rajoy no le defraudó. Dijo que no al pacto fiscal, sin ofrecer ninguna alternativa, sin plantear siquiera la propuesta dilatoria de una comisión de estudio de seis meses, para empantanar el tema y dificultar el adelanto electoral. Rajoy también sabía lo que quería: el enfrentamiento. Un enfrentamiento controlado. El Partido Popular, garante de la unidad de España y de la igualdad entre los españoles en medio del grave temporal económico.

Los dos querían lo mismo. Un enfrentamiento controlado. A su regreso a Barcelona, centenares de personas, encabezadas por algunos de los principales intelectuales del soberanismo, le esperaban en la plaza de Sant Jaume. Artur Mas tuvo el pudor de no subir al balcón del Palau de la Generalitat. Aquel balcón está embrujado. ( Carles Puigdemont y Oriol Junqueras también tuvieron la prudencia de no salir al balcón después de la fantasmal proclamación de la república catalana el pasado 27 de octubre).

Evidentemente, no todo empezó aquella noche en el Ritz de Madrid. Había movimientos de base desde hacía meses. Las consultas soberanistas en diversos municipios (la primera, en Arenys de Munt, en 2009), las marchas a favor de la independencia que habían tenido lugar en diversas capitales de comarca, después de la fundación de la Assemblea Nacional Catalana en marzo del 2012. ¿Lo controlaba todo la Generalitat desde arriba, regándolo de subvenciones? No. Esa es una teoría fácil, comprada con entusiasmo por bastantes medios de comunicación de Madrid. Sobre esta idea se acabó de edificar el teorema de la mayoría silenciosa del área metropolitana que daría la vuelta a la tortilla en unas elecciones de alto voltaje que llevasen a las urnas al 80% de los catalanes. Esas elecciones tuvieron lugar el pasado 21 de diciembre y los independentistas siguen teniendo mayoría absoluta en el Parlament. Una mayoría de escaños difícil de gestionar, es cierto, pero mayoría, al fin y al cabo.

La Generalitat no lo controlaba todo. Convergència no lo controlaba todo. Ahí estaba Esquerra, con ganas de revancha después del fracaso de la experiencia tripartita. Ahí estaban los fraticelli de la CUP. Ahí estaban mucha gente sin filiación de partido. Aquel verano, Mas decidió que toda esa energía podía hacer girar las palas de su molino. Con seis diputados más, CiU alcanzaría la mayoría absoluta en el Parlament y se colocaría a la par que el Partido Popular en el Congreso. Era necesaria una cierta simetría entre Madrid y Barcelona para poder negociar. Jordi Pujol participaba de ese criterio.

Tres motivaciones empujaban a Mas hacia las elecciones anticipadas. La voluntad de poder –el fuerte instinto de poder que siempre ha caracterizado al gen convergente–, el miedo a que las protestas sociales por los recortes acabasen propiciando otra mayoría de izquierdas en Catalunya, y la alargada sombra del caso Palau, en fase de lenta instrucción judicial. Algunas encuestas daban por hecha la mayoría absoluta aquel mes de septiembre. La consulta soberanista partía por la mitad al PSC, disminuyendo al cincuenta por ciento las posibilidades de una alianza de las izquierdas a medio plazo. Y la pasión soberanista podía sedar los efectos del caso Palau. El plan era perfecto. Casi perfecto.

Mas convocó y perdió doce diputados en las elecciones del 25 de noviembre del 2012. Empezó entonces, un tiempo nuevo. CiU quedaba en manos de ERC. En las siguientes elecciones (septiembre del 2015), CDC y ERC quedarían en manos de la CUP. Y en las siguientes (diciembre del 2017), ERC, PDECat y la CUP han quedado en manos de Puigdemont y sus fieles. Comenzaba la ciclogénesis soberanista que tan bien describe Jordi Amat en su reciente libro La conjura de los irresponsables. La pugna interna como motor acelerado de un proceso que en realidad nunca nadie ha dirigido sólidamente

Casi seis años después, unos días antes de conocerse la sentencia del caso Palau –que se prevé severa–, Artur Mas dimite del último cargo que le quedaba, en un paisaje desolado. Puede parecer una gran derrota, pero esa dimisión le envía un mensaje al hombre de Bruselas. Esa dimisión facilita la segunda mutación de CDC. El gen convergente vive y puede acabar ganando la partida a Esquerra. Puede seguir mandando. Sin independencia.

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