Mi amiga y yo estábamos tan unidas que nos quedamos embarazadas a la vez y luego dimos a luz en la misma semana. Habíamos vivido muchísimas experiencias juntas que incluían toda la EGB compartiendo pupitre, dos interrailes y cientos de raves. Bueno, tampoco tantas.

La crianza natural, el ‘must’ de la década

Es casi imposible no oír hablar de la crianza natural cuando te quedas embarazada. En mi caso, en cuanto publiqué en Facebook mi primer selfie de la barriga frente al espejo empecé a recibir recomendaciones relacionadas con el tema. De hecho, tres personas distintas me regalaron el mismo libro de Carlos González alabando los beneficios de la lactancia materna. La prueba irrefutable de que la crianza natural está de moda es lo rápido que acabé dando salida a estos libros en Wallapop.

Aunque me haya arrebatado a mi amiga, reconozco que me ha enseñado que existen muchas cosas útiles, como las mochilas portabebés o las cunas sin barrotes, que se pegan a la cama y te evitan levantarte cada vez que tienes que atender al churumbel. Gracias a la crianza natural (a partir de ahora CN) sé que no hay que intervenir mientras nuestros bebés se relacionan con otros nenes y que hay que evitar ir detrás de ellos todo el día gritando “cuidado”, porque al final les conviertes en niños miedosos.

También me ha enseñado que no hay que obligarles a hacer cosas que no entienden, como tener que prestar por sistema sus juguetes a otros niños o dar besitos “a la fuerza” a adultos cuyas caras muchas veces pinchan. Y pensaréis: bueno, tampoco suena tan mal, ¿por qué habrá escrito entonces este artículo a todas luces cargado de resquemor?

Por si no la conocéis, la CN se caracteriza por dar una importancia primordial al vínculo madre-hijo. Carlos González, un gurú del movimiento cuyos libros son auténticos bestsellers, dice que el niño para ser feliz debe de estar hasta los tres años con la madre en casa y hasta los dos tomando leche materna. En mi opinión, este pediatra es en parte responsable de que muchas mujeres se sientan culpables por abandonar la lactancia, de que otras tantas piensen que son unas malas madres por volver a trabajar y de que algunas, incluso, renuncien a sus carreras.

Por favor, amigas, por muy difícil que nos lo ponga la conciliación familiar, no podemos dejar al mundo sin el talento laboral de la mitad de la población durante tres años. Sí, parece que la CN más extrema le ha dicho “hasta nunqui” a nuestras carreras y “holi” al hogar y las comiditas sabrosas. Por eso, viendo como hace retroceder a las mujeres a épocas pasadas a su vertiente más extrema se le debería llamar “crianza vintage”.

Si la CN me ha arrebatado a mi amiga es, en primer lugar, por culpa de la lactancia. Ella defiende que fomenta el vínculo. Y es cierto. Pero echarte unos bailes con tu hijo mientras escuchas el último temazo de Alt-J os aseguro que también. Y, a cambio de dejar el pecho, el padre puede empezar a dar biberones nocturnos, se acaba el “cógele tú cari que seguro que quiere teta”, puedes enrollarte con tu churri en la última fila del cine porque, al dejar la lactancia, ¡vuelve la libido!, y como ya no hay problema con el alcohol… ¡puedes tomarte unos gin tonics con tus amigas! ¡Ole! ¿Y qué pasa con todos los nutrientes de la leche materna? ¿No pienso en ello? Sí, pero eso lo compenso añadiendo un poco de quinoa al biberón y listo.

Chica, qué vicio con el sacrificio

Este sacrificio extremo, ¿no os recuerda al catolicismo? ¿Cómo es posible? Si los defensores de la CN son todo menos católicos, ¡si siempre dicen que no hay nada más anticapitalista que dar de mamar porque no pagas a Nestlé! Pues no sorprende tanto si pensamos que el tipo que acuñó el término, William Sears, es profundamente católico. Este pediatra (sí, maldita sea, otra vez un señor diciéndonos cómo ser mejores madres) defiende que los niños duerman con los padres “todo el tiempo que sea necesario”. Oiga, por favor, que hay niños que duermen perfectamente solos y madres que necesitamos dormir haciendo la cucharita.

Otro ejemplo de este sacrificio desmesurado es la renuncia al chupete. ¿La razón? Que es una manera “artificial” de consolar al bebé y que para eso ya está el pecho. Y, por si les sobraba algún minutito, muchas madres también se han apuntado a la moda de los pañales de tela. Los mismos que usaban nuestras abuelas pero con estampados super-cuquis. Que sí, que son muy naturales, pero hay que lavarlos a mano cuando el nene se hace caca y eso, además de asqueroso, ocurre varias veces al día.

Así que, amiga que te has visto seducida por la crianza vintage, ¡olvídate de todo lo que eras! De ver series, de quedar con gente, de tus hobbies, hasta de mirar Facebook, porque a partir de ahora la fatiga no te dejará hacer otra cosa que SER MADRE… ¡24 horas non stop! Y prepárate, eso sí, para que tus amigas creen un chat paralelo donde criticarte porque ya solo se puede hablar contigo de cómo sanar los culitos escocidos de los bebés.

A pesar de que me ha arrebatado a mi amiga, reconozco que este movimiento era totalmente necesario. La CN ha conseguido que las mujeres por fin amamanten en público sin pudor, ha acabado con la insana creencia de que no había que coger en brazos a los bebés porque “se acostumbraban” y de que había que dejarles llorar hasta que se cansaran “para no malcriarles”. Ha hecho también que las mujeres se unan y luchen contra la violencia obstétrica (el trato deshumanizado del personal sanitario hacia las embarazadas) e influido en la aparición de hospitales públicos donde se practica el parto respetuoso.

Además, ha generado una red brutal de ‘madres organizadas que ayudan a otras madres’, como el colectivo ‘El parto es nuestro’, donde puedes conocer tus derechos de cara al gran momento o ‘La Liga de la Leche’, donde recibirás apoyo en la lactancia. ¡Pura sororidad! (me encanta esta palabra).

Está claro que tenían que cambiar muchas cosas, el problema es que como todas las revoluciones, la CN ha querido romper con todo lo anterior, incluso con cosas que estaban ahí para ayudarnos, como la epidural. Las mujeres que paren ‘a pelo’ tienen sus razones: por un lado, consideran que con anestesia el parto dura más al reducir la producción de oxitocina y, por otro, creen que la epidural es nociva tanto para la madre como para el bebé (según ellas, puede incluso provocar autismo) ¿Sus fuentes? Estudios que yo desconozco o las profesoras de los ‘talleres de hipnoparto’, unos cursos carísimos donde les enseñan a controlar el dolor de las contracciones a través de la meditación.

La verdad, yo creo que ni teniendo de maestro al Dalai Lama ni a su alumno más aventajado, Richard Gere, se podría controlar ese dolor. En mi caso, además, es que la epidural me proporcionó un gustirrinín nivel “menos mal que no se vende en la farmacia porque me acabaría enganchando”. ¡100% recomendable!

Ni entiendo que se renuncie a esta anestesia, ni entiendo que el hacerlo provoque tanta admiración. En los foros y grupos de Facebook de CN lo petarás si dices que llevas dos años dando el pecho, pero aún más si sueltas que, además, pariste sin epidural. Yo les propongo que formen otro grupo de Facebook, tendría muchísimo éxito, al menos en mi entorno: “Chicas que se han puesto hasta el culo de MDMA toda su vida, pero rechazan la epidural porque no quieren meterse mierdas en el cuerpo”.

En fin, espero que en algún momento todo esto se calme, y las madres sigamos siendo las madres que queramos, pero veamos que no te dan puntos por sacrificarte más, que va en nuestra contra que el padre esté en un segundo plano, que la independencia económica es sagrada y… ¡que no podemos renunciar al derecho a salir a echarnos unos bailes! Pero bueno, hay que ser optimista, fijo que con la maternidad vintage en unos años ocurre lo mismo que con la decoración vintage y… se pasa de moda.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.