Como ocurrió hace siete años, el Palau Sant Jordi se entregó anoche a la música de Pink Floyd y, tanto o más, al espectacular montaje escénico-visual que acompañó a la misma. Roger Waters, pieza fundamental en la dimensión y la música de la banda británica en su época más gloriosa, es el responsable de haber materializado en un lenguaje popular muy contemporáneo un capítulo fundamental del llamado en su día rock progresivo. Y eso ya quedó plasmado anoche en el arranque de T he European 2018 Us + Them Tour , a los acordes psicodélicos e hipnóticos de Breathe al que le siguió el no menos fascinante One of these days (el corte más antiguo del concierto y la única aportación del no siempre muy valorado álbum Meddle). Hoy, Roger Waters ofrecerá un segundo capítulo en idéntico escenario y con el aforo prácticamente vendido.

Lo que se vivió, vio y oyó anoche, aparte de un Waters convertido en líder y activista sobre el escenario, fue una revisión de un patrimonio musical que se basa en notable medida , sobre todo en la segunda parte del concierto,en una idea muy elaborada del concepto de espectáculo, es decir, algo que entra por los ojos e impecablemente acompañada por el relato musical. Y si hace esos citados siete años que el impactante show giraba –tal como escribíamos en estas mismas páginas– en torno al aislamiento, el fascismo, los excesos del estrellato, la burocracia, las dictaduras o las guerras decididas siempre por los poderosos, en la nueva propuesta de Waters el trasfondo ideológico sigue estando presente.

Durante dos horas y media de velada repasó algunas canciones de su último disco y grandes clásicos de Pink Floyd

La materia prima musical, con todo, en esta ocasión permite mucho más juego y más flexibilidad en el discurso extramusical. Porque en esta gira –que ya ha hollado numerosos escenarios norteamericanos y algunos de Oceanía– el espectacular despliegue audiovisual se centra sobre todo en una antología de los álbumes más aclamados de la legendaria banda británica, léase The dark side of the moon, Wish you were here, The wall o Animals. Es decir, una batería de composiciones no ya impresionantes sino arraigadas en el acervo cultural de varias generaciones. En esta ocasión, y a diferencia del pasado, también ha incorporado al setlist unas pocas composiciones propias recientes, sacadas de su álbum en solitario Is this the life we really want?, de densa denuncia política como Déjà vu o The last refugee.

El espectáculo al que asistieron ayer numerosos aficionados –13.500 de un total de 15.000– es de unas proporciones y una perfección tecnológica necesariamente remarcables. No por casualidad se trata también de una obra de ingeniería de notables dimensiones, tal como atestiguan los 32 tráilers que llegaron hace una semana al Palau Sant Jordi y que desde este lunes Waters y sus músicos han estado ensayando el repertorio, ya que requiere precisión milimétrica en su engarce con el aparato visual. Y a la hora de la verdad el muy vital músico británico (74 años) confeccionó un repertorio de veinte piezas arropado por casi una decena de músicos, donde destacó el despliegue guitarrístico (Dave Kilminster que reproducía al milímetro los punteos y solos originales o el emocionante Jonathan Wilson, a los que eventualmente se añadían Jon Caron y Gus Seyffert) en descargas como Time o el final de Picture that y Pigs, o esa pareja tan atractiva como insólita de segundas voces formado por Holly Laessig y Jessica Wolfe.

Todo acabó encajando, y durante las dos horas y media que duró la hermosa, musicalmente rica e intensa velada el aficionado pudo disfrutar –aunque faltara la voz de David Gilmour, algunas inolvidables armonías vocales o que el tono general fuera más decibélico y roquero que el original–en un amplio sentido sensorial de inolvidables piezas de aquellos mencionados álbumes. Antes de un pausa de veinte minutos ofreció un Another brick in th wall liderando a un grupo de adolescentes sobre el escenario que portaban camisetas con la leyenda “resist”, donde reflejó su condición de arengador.

Y a todo ello se sumó, a partir del Dogs con el que arrancó la segunda parte al que siguió un Pigs con profusa imaginería anti-Trump (incluida un contundente “Trump, eres un gilipollas” en castellano), aquel mencionado despliegue escénico que acabó deslumbrando: las cuatro chimeneas humeantes de la portada del álbum Animals, el famoso cerdo volador de aquellos tiempos devenido denuncia antibélica o una espectacular pantalla doble que atravesaba la pista y que se sumaba a la inmensa pantalla del escenario.

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