Son las ocho de la mañana y suena la alarma que llama a despertarse y a hacer la cama. Como todas las mañanas, Antonio se levanta en una habitación con siete literas. Tiene media hora por delante antes de desayunar. Comparte residencia con 59 personas en lo alto de un cerro a las espaldas de La Palmilla, el barrio más mediático de Málaga debido a la mala fama que arrastra desde finales de los 80 por culpa de la droga.

Hasta su ‘casa’ se llega a través de un camino de tierra con una verja metálica de color azul al final. Si se sube hasta la entrada de la vivienda, a ambos lados del camino se pueden ver, a lo largo de cuatro hectáreas de terreno, varias decenas de olivas, matas de habas y patatas, perros, distintos tipos de gallinas, pavos reales, dos caballos, una vaca y un toro. También hay un pequeño estanque con parcas de color naranja. La parcela, de una sola planta, está rehabilitada por completo por quienes han decidido ‘limpiarse’. Estamos en La Casa de la Buena Vida.

Como un director de recursos humanos, Antonio se encarga de la gestión del personal en La Casa. Sin embargo, aquí nadie recibe un salario por su trabajo. Quienes aquí viven son los olvidados de la sociedad, almas que antes de entrar en el ‘centro’ vagaban por las calles de la capital de la Costa del Sol. Por distintos motivos, los 60 ‘internos’ que cohabitan entre las paredes de la Casa terminaron en la cara más fea de la vida, aquella que se mueve entre papeles de plata y jeringuillas.

Hasta este lugar acuden de manera voluntaria, o de parte de sus familias, después de pasar por distintos centros de rehabilitación, instituciones que no saben qué hacer con ellos, o que simplemente les dan la espalda. Aquí vienen a curarse.

Personas que han conseguido dejar atrás las drogas ayudan a quienes quieren retomar las riendas de sus vidas mediante un trabajo de proximidad

Antonio se encarga de organizar los equipos del trabajo del día siguiente: “Unos se dedican a recoger la aceituna, otros al pequeño huerto que tenemos o a cuidar los animales y otros a las tareas del hogar”, explica. Los dormitorios están separados para hombres y mujeres, y las reglas de convivencia son estrictas. “Por la mañana todos tienen que trabajar, y si alguno necesita bajar a la ciudad para ir al abogado, al banco o al médico a por la metadona, tiene que ir acompañado. No podemos arriesgarnos a que suban droga a la Casa”.

Quien habla en un tono más estricto y serio es Jesús Rodríguez, más conocido como “Chule”, vecino del barrio que arrancó con el proyecto hace 13 años. Pasó por la cárcel en los 90 y al salir sintió que “tenía que devolverle algo a la sociedad”.

Chule pertenece al clan gitano de los Charros. Hace unos años, un reportaje del programa Equipo de investigación de LaSexta señalaba a su familia y a la de los Romualdos como los grandes traficantes de la droga en el sur de España. La pieza televisiva reflejaba las peleas que se producían entre ambas familias. Pero de eso hace ya tiempo. El barrio, dentro de su complejidad diaria, se muestra tranquilo.

Sin embargo, la reproducción periódica del programa de la segunda cadena de Atresmedia reabre heridas cada vez que se emite. “Nos echaron la cruz hace muchos años y de ahí no nos sacan. La verdad es que sólo intentamos ayudar a quien quiere salir adelante”, dice Jesús.

La asociación tuvo como objetivo desde un primer momento ayudar a mejorar la calidad de vida de las personas residentes en su distrito: La Palma-Palmilla. Desde entonces la asociación ha vivido un imparable crecimiento, tanto en el número y calidad de sus acciones como en el alcance y áreas de intervención de sus proyectos, como la formación en distintos oficios o las charlas preventivas sobre drogas que Chule imparte en distintos institutos y en la Universidad de Málaga.

Aquí todo se hace desde la autogestión. Si se rompe una cama, él se ocupa de buscarle una solución. Si hay que pintar, Chule se encarga de encontrar los botes de pintura y son los ‘internos’ quienes le dan un nuevo look a las paredes. Su mayor preocupación ahora es una esquina del patio. “Cuando llueva se puede caer todo el muro”, a lo que añade que cuando llegaron a la finca ya tuvieron que arreglarlo por completo.

La mecánica de funcionamiento es sencilla: personas que han conseguido dejar atrás las drogas ayudan a quienes quieren retomar las riendas de sus vidas mediante un trabajo de proximidad.

Habitantes de 'La Casa de la Buena Vida'. /Mónica Flores

Habitantes de ‘La Casa de la Buena Vida’. /Mónica Flores

Jesús es un referente en el barrio. Los vecinos le piden ayuda para solventar sus problema. Es el caso de la Rubén y Sara. Acompañados de su madre, subieron hasta La Casa de la Buena Vida para encontrar una salida a la situación de su hijo y su nuera: el próximo lunes iban a sufrir un desahucio, el cuarto en su historial. Con dos niños a sus espaldas, el Ayuntamiento de la ciudad les otorgó la prestación del alquiler social, pero nadie les da una casa donde vivir.

“Me he encontrado este problema miles de veces, porque los propietarios de pisos saben que los cinco primeros meses pagan pero que después ya no”, apunta José Cosín, abogado muy ligado al proyecto del Chule. “¿Y qué pueden hacer?”, se pregunta la madre de Rubén, “si los van a volver a echar a la calle”. “Trae los papeles el domingo y vemos qué podemos hacer con José”, le dice el Chule.

Quienes aquí viven son los olvidados de la sociedad, almas que antes de entrar en el ‘centro’ vagaban por las calles de la capital de la Costa del Sol

Cosín es un letrado de origen valenciano que llegó a Marbella hace años. Siempre risueño, bromista, proviene de una familia acaudalada y llegó a militar y a colaborar con el Partido Popular en el municipio malagueño. Con él ya hay un símil recurrente: le han llamado el Vestrynge de La Palmilla. Su trayectoria le ha sido en ocasiones un sambenito: abogado, en Marbella, del PP, llegó a montar la emisora en la ciudad de Jiménez Losantos… Pero llegan las protestas contra la Ley Sinde de propiedad intelectual, las abraza, 2011, el 15-M… y José cambia. Pasa a ser un activista social y marcha a residir a La Palmilla.

En una entrevista con El Observador, él mismo lo explica: “Me identifico más con la gente de La Palmilla. Soy muy feliz allí. He aprendido a valorar las cosas que había perdido. La felicidad no está en la acumulación de bienes materiales, aunque todos necesitamos un mínimo sustento vital”. Desde entonces José colabora activa y puntualmente, y de forma desinteresada, con los problemas legales y los litigios de los más necesitados de los barrios más humildes de Málaga. En los últimos años ha llevado decenas de casos de desahucios y migrantes sin papeles. Sin cobrar.

Jesús prefiere no decir de quién es la vivienda donde se articula la Casa de la Buena Vida,aunque deja entrever que es propiedad de un hombre que la tenía abandonada. Se metieron en el inmueble antes de la crisis pagando todos los meses una pequeña cantidad de dinero. Con las vacas flacas de la crisis económica dejaron de hacerlo, pero su voluntad es “volver a pagar cuanto antes”.

No reciben ningún tipo de ayuda pública. Ni el Ayuntamiento de Málaga ni la Junta de Andalucía ha puesto nunca un euro para ayudarles en su tarea. “Muchos políticos han venido a hacerse la foto pero nunca nos han ayudado. En 2009 se pusieron de acuerdo para asfaltar el camino que tenemos que atravesar, pero ni eso”, se queja Jesús. “Hoy en día ser pobre es un delito”, sentencia.

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