Un joven que salió de la cárcel hace un año, que cada día se busca la vida por la ciudad, que lleva ocho meses viviendo en la calles de Barcelona, sentencia con una mueca amarga que todo esto no servirá para nada, que antes o después los echarán a todos, que los echarán a empujones y no le importará a nadie. “Pero mientras tanto estamos aquí, todos juntos, en la plaza Catalunya… Y la verdad es que esto es un caos, un asco, una locura, pero es mucho mejor que pasar las noches tu solo, muerto de miedo, en un cajero automático. Cuando duermes solo en un cajero automático te roban, te pegan, te queman vivo… Aquí, en cambio…”.

Hace semanas que el número de indigentes instalados en la plaza Catalunya no cesa de crecer. Ya rondan los 60, quizás ya sean unos 70… Dicen que esto no es un asentamiento más, que están protestando, que el suyo es un campamento reivindicativo, que están hartos de hacer cola en las duchas públicas, cansados de las estrictas condiciones de los albergues municipales, hasta las narices de que nadie recuerde nunca que se supone que según la Constitución ellos también tienen derecho a una vivienda digna. Estamos en uno de los escaparates más internacionales de Barcelona, y una vez más la situación se le está yendo de las manos al Ayuntamiento.

“Al final nos echarán, pero mientras tanto aquí estamos mejor que en un cajero”

“Aquí la mayoría estamos enfermos, tenemos fiebre, heridas infectadas –dice otro–… las ratas y las chinches nos muerden y nos pican, pero el Ayuntamiento pasa de nosotros, prefiere ignorarnos ¿tan difícil sería que cada dos o tres días nos enviara una ambulancia a ver cómo estamos? Los servicios sociales municipales saben que estamos aquí, pero aún no mostraron el más mínimo interés por nosotros. Siquiera nos preguntaron qué queremos. Pasan de nosotros. Los policías se pasean, nos miran… la verdad es que son bastante comprensivos. No nos han dicho que no podamos estar aquí, que nos piensen echar ni nada parecido. En verdad no nos dicen nada. Sólo intervienen cuando hay alguna pelea, porque aquí a veces hay peleas… porque aquí hay gente de todo tipo… Únicamente nos ayuda la gente de la parroquia de Santa Anna, y gente que viene y nos trae comida, también se ofrece voluntaria para cocinar, te deja ducharse en su casa”.

Un participante en la acampada pasa el rato junto a su perro Un participante en la acampada pasa el rato junto a su perro (Mané Espinosa)

Fuentes municipales, en cambio, subrayaron ayer que los servicios sociales del Ayuntamiento están en contacto con los participantes de esta acampada, que, como a todas las personas que carecen de techo, les informan de todos los servicios que el Consistorio pone a su alcance. El pasado lunes, Alberto Fernández, el presidente del grupo municipal del PP, exigió al gobierno de la alcaldesa Ada Colau que desaloje de inmediato este “campamento cutre”. “De la misma forma que la proliferación del top manta está convirtiendo el metro en un vergonzoso zoco –dijo Fernández tras visitar el lugar–, la proliferación de tiendas de campaña, casamatas y chabolas están convirtiendo la plaza Catalunya en un poblado tercermundista inaceptable”.

Anteanoche un hombre furibundo se quejaba a gritos de que habían amontonado sus cosas en un lado. Una mujer aún más enfadada lanza los enseres por los aires, le grita que estuvo demasiados días fuera, que perdió su puesto, que se aguante… De repente, antes de que se crucen las bofetadas, Miqui se pone en medio, grita con aún más fuerza, los separa antes de que lleguen los agentes que caminan lentamente. Miqui montó la web de esta acampada, todos parecen respetarlo, puede considerarse un portavoz. “Bienvenidos a la república independiente de nuestra casa”, reza una pancarta.

Algunos tratan de montar turnos de limpieza para que la situación no se degrade

Son gente que normalmente procuras esquivar: expresidiarios, alcohólicos, perturbados, buscavidas, mendigos, vagabundos… desheredados de todas las fortunas que limpian lunas, hacen malabares, venden mecheros… personas con muchos problemas encima. Estamos en el particular 15-M de la gente más vulnerable de esta sociedad. Sus rostros arrugados aparecen de fondo y de casualidad en las selfies que los turistas se hacen mientras les dan de comer a las palomas. Unos y otros comparten los bancos de la plaza. Las tiendas de campaña y las lonas apuntaladas con palos se extienden entre las setos, y también las pancartas reivindicativas y los desperdicios, y también las ratas y las chinches. Una gran cruz dispuesta con las maderas de algún palé detalla algunas de las reivindicaciones de esta acampada, critica que el Ayuntamiento no habilite plazas adicionales de alojamiento hasta que la temperatura baja a cero grados. “Nos gustaría ver a la alcaldesa Ada Colau y a sus concejales pasar la noche a tres grados centígrados”, puede leer en la gran cruz.

Miqui se sienta en una caja de plástico y explica que montó la primera tienda de campaña del campamento de los sintecho hace poco más de un mes y medio, poco después de que los independentistas montaran su propio campamento en el lado montaña de la plaza, junto a las fuentes. “Yo iba con Sergio, que está fatal de las piernas y apenas puede andar, y vi que los independentistas ya estaban ahí y me dije pues vamos a intentarlo otra vez”. Unos y otros mantienen una respetuosa distancia. A fin de cuentas los independentistas, que ya suman 64 días en la plaza, tal y como asegura su pizarra, tienen casa y, según explican ellos mismos, se turnan, vienen y van, y su lado de la plaza presenta un aspecto impoluto. Algunos miembros de esta acampada dicen que marcharán cuando Catalunya tenga de nuevo un gobierno, otros cuando los presos sean liberados y los exiliados regresen.

Los sintecho ya intentaron meses atrás montar una acampada en la plaza Sant Jaume

En realidad, prosigue explicando Miqui, todo esto se fraguó en a finales de octubre en la plaza Sant Jaume. “Algunos quisimos sumarnos a las movilizaciones independentistas planteando que no se podía crear un nuevo estado sin poner sobre la mesa los derechos de todos los ciudadanos –continúa, sentado sobre su caja–, incluidos los que no tienen hogar. Quisimos hacer una acampada en Sant Jaume, llegamos a ser unas 30 personas, pero no nos dejaron, nos quitaron las tiendas y nos dispersaron por la ciudad. Unos se instalaron en el parque de la Ciutadella, otros cerca de la estación del Nord… y parecía que todo se iba a diluir, pero a medida que la gente se fue enterando que habíamos plantado la tienda de campaña en la plaza Catalunya, que hacíamos una nueva acampada, comenzaron a venir. Rápidamente se corrió la voz por los cajeros automáticos”.

Algunos simplemente quieren sentirse arropados, no llegar a estar solos en un cajero automático. Otros están convencidos de que tienen que aguantar, que si desfallecen su cuesta abajo no terminará nunca.

Colau no se plantea el desalojo

El gobierno de Ada Colau entiende que las acampadas de plaza Catalunya son protestas de políticos, “y por tanto no le corresponde al Ayuntamiento su hipotético desalojo”. El asunto, agregan fuentes municipales, corresponde a los Mossos d’Esquadra. La ordenanza de civismo del Ayuntamiento vigente no permite las acampadas en la vía pública. El gobierno de Colau quiere reformar esta ordenanza y, entre otras cosas, atemperar estas restricciones cuando tienen un carácter político, pero aún no ha hallado apoyos en la oposición para sacar adelante esta reforma. “En todo caso –abundan las mismas fuentes–, la situación no dificulta la circulación ni causa molestias en el vecindario, y el distrito está en contacto con parte de los acampados para que el espacio no se estropee y sea compatible el derecho de reivindicación con el del uso del espacio público”.

De los subsaharianos a los indignados

Muchos barceloneses aún recuerdan con nitidez la imagen de un joven arreglándose la corbata tras despertarse aquel 16-M en la plaza de Catalunya, y la del violento desalojo del lugar que se produjo 45 días después. Aquella fue la última gran acampada reivindicativa del cruce de caminos de la capital catalana, la que arrancó el 15 de mayo del año 2011. Aquellas seis semanas y media de asambleas y protestas contribuyeron a fraguar un espíritu de descontento que Ada Colau y los suyos emplearon para, pocos años después, conquistar la alcaldía de Barcelona. Pero los indignados no fueron los primeros en plantar sus tiendas de campaña en la plaza Catalunya. Una década y pico atrás, en el verano del año 2000, docenas de inmigrantes subsaharianos se instalaron en el lugar, denunciaron el limbo legal en que malvivían, denunciaron de manera pública su falta de derechos…

En realidad el origen del llamado campamento de la vergüenza fue un tanto casual. Media docena de africanos contaron que agentes de la Policía Nacional los enviaron a Barcelona desde Andalucía, que les dijeron que el centro de la ciudad era la plaza Catalunya… Y en sus bancos se acomodaron los africanos. Aquella situación se prolongó durante más de un año. Algunos subsaharianos, sobre todo los primeros en instalarse, consiguieron regularizar su situación. Las protestas de plaza Catalunya suelen tener consecuencias.

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