Una tras otra, hasta diez furgonetas van aparcando junto a los leones del Congreso de los Diputados. Los curiosos se paran preguntándose qué pasará. No es una operación del agente Cipollino. Mariano Rajoy observa a distancia cómo varios toros de descarga, españoles, pero solo toros de obra, sacan palés de los vehículos. Así hasta que casi 900 cajas quedan depositadas en varios palés junto a la escalinata del Congreso.

No es una movida de izquierdosos pancarteros. Rajoy Brey se abre paso entre el laberinto de cajas. Los bultos llevan el logo del PP y el lema “Todos tenemos derecho a opinar”. Y Rajoy opina. Explica a los periodistas convocados que son firmas contra la reforma del Estatut catalán, culpa a ZP de romper España y califica la operación palé como “la más respaldada de la historia democrática”. El líder del PP no admite preguntas y se va. Tan grotesco como cierto.

Han pasado once años y muchas cosas más, pero hoy el Mariano Rajoy de esta imagen simbólica es cuestionado por un resultado electoral que deja al PP como una fuerza prácticamente residual en Cataluña: con el 4,2% de los votos, 184.000 papeletas y en disposición de quedarse sin grupo parlamentario propio. Cataluña puede ser la tumba política de Rajoy. Aunque también una prueba de fuego que avive la llama de los que confían en que Mariano siempre huye de la quema, porque es incombustible.

Algunos devotos del marianismo proclaman en secreto una endiablada estrategia. A Rajoy le ha ido mal en Cataluña, pero el conflicto catalán aumenta el fervor de los fieles al PP en el resto de España. El país está en vilo con el desafío independentista. Nunca se habían visto en los balcones tantas banderas. Apenas se habla de la corrupción, que tanto preocupa al amado líder. Puigdemont y los suyos seguirán incordiando, pero Mariano será el garante del imperio de la ley y de la unidad de la nación, que se lo agradecerá.

Los que pierden la fe en Rajoy temen que con Cataluña vaya camino del calvario. No solo por la inacción o los errores del pasado. En los últimos tiempos, los independentistas han cometido unos cuantos pecados capitales con su proceso unilateral, pero cabe preguntarse si el mejor castigo eran las cargas policiales del 1 de octubre, las formas empleadas para “descabezar” a los partidos soberanistas y los llamamientos a “liquidar el independentismo”. Así lo proclamó Soraya Sáenz de Santamaría, antes de desaparecer, como ahora si llevase unos días haciendo penitencia.

O preguntándose cómo huyó Puigdemont. El señor del flequillo es el malo audaz que escapó a Bruselas y desde allí nos desafía a diario. Cuánto les debe este hombre a sus enemigos, por convertirle en el gran malo de España en estos tiempos polarizados. En Cataluña le han hecho poco menos que un mártir. Nada hay más adictivo para los infieles que indicarles quién es el más pecador. Le seguirán con devoción. Algunos se empeñan en que la opinión pública española tenga siempre un malo, el más malo entre los malos. A Puigdemont le han asignado este papel y le han hecho un gran favor.

Pero la historia no es tan simple, sino mucho más compleja. A la espera de cobrarnos la responsabilidad de Cipollino, tenemos un grave problema político que resolver. Ni declarar la independencia contra la otra mitad es de recibo, ni recibir porrazos les hará cambiar. Desde la aplicación del 155, Rajoy mantiene fijado en su Twitter que pide “tranquilidad” a los españoles, porque “el Estado de derecho restaurará la legalidad en Cataluña”. Desde entonces, hay mayoría absoluta independentista y el PP es la última fuerza política con representación parlamentaria. Como dijo nuestro presidente, “los catalanes hacen cosas”. Nos falta ver qué hará ahora él. Digo yo que habrá que trabajar y resolver lo de Cataluña. Salvo que la culpa sea de los robots rusos que nos invaden a través de la red.

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