La demografía es inexorable, y está haciendo tanto o más que las políticas de igualdad de género por la equiparación de hombres y mujeres en relación a los cuidados, al menos a edades avanzadas”. Así de contundente se expresa Antonio Abellán, investigador del departamento de Población del CSIC y director del portal Envejecimiento en Red, después de analizar en profundidad las estadísticas españolas referidas a las personas mayores y los cuidados a personas dependientes y concluir que, con la edad, se acortan las diferencias de género y, a partir de los 80 años, hay más hombres que mujeres cuidando a un familiar, generalmente su pareja.

Y explica que la razón de este cambio social tan significativo no es otra que la mejora de la supervivencia, el aumento de la esperanza de vida y la caída de la mortalidad a todas las edades, pero muy especialmente la disminución de la mortalidad masculina, que hace que lleguen más hombres a la vejez, que haya menos viudas, y que hoy por hoy la forma más común de envejecer sea en pareja.

Los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) indican que más del 40% de las personas mayores de 65 años residen solas con su pareja, sin hijos ni otros convivientes, porcentaje que no ha dejado de crecer en la última década. “Antes veíamos más viudas viviendo solas o con hijos, y más hogares multigeneracionales, donde la transferencia de ayuda y de cuidados era vertical y un miembro de una generación más joven cuidaba al mayor; pero ahora los hogares de dos empiezan a ser mayoría, y en esos casos la relación de cuidado es horizontal, los cónyuges se ayudan entre ellos a medida que va surgiendo la discapacidad”, relata Abellán.

El descenso de la mortalidad permite que ahora lleguen más hombres a la vejez y haya menos viudas

Precisa que en ese marco de convivencia de la pareja, sin los hijos, es donde observan que los hombres cuidan igual que las mujeres y no se mantienen como cuidadores secundarios –como ocurre du­rante otras etapas de la vida o cuando se trata del cuidado de los ­nietos–, sino que cuando la mujer tiene problemas cognitivos o de movilidad el hombre se convierte en su cuidador principal y asume la carga dura de los cuidados. En un artículo titulado Los nuevos cuidadores que Abellán y sus colegas del CSIC Julio Pérez y Rogelio Pujol publicarán en el Observatorio ­Social de La Caixa en unas se­manas, se detalla como el aumento de la esperanza de vida, la mejora de las condiciones de las viviendas y la situación financiera de los ­mayores “hace que las parejas vivan juntas durante más años y por tanto se den apoyo y cuidados en caso de necesidad o dependencia de uno de los miembros”.

Y precisan que aunque la idea ­estereotipada de que el cuidador principal de un familiar mayor es una mujer de mediana edad se ­confirma a nivel general y muy ­especialmente en la franja de 45 a 65 años, a media que avanza la edad y en los hogares de dos personas, el número de hombres y mujeres ­cuidadores es más equilibrado “y a partir de los 80 años hay más ­hombres cuidadores que mujeres cuidadoras debido a los diferentes patrones de envejecimiento de ­ambos, pues las mujeres en ­promedio viven más que los ­hombres pero ellas necesitan más ayuda ­para las actividades diarias que los varones”.

Sobre esta mayor participación masculina en las tareas de cuidado también llama la atención el In­forme España 2017 de la Cátedra J.M. Martín Patino de la Cultura del Encuentro de la Universidad ­Pontificia de Comillas en el apartado dedicado a las tendencias futuras en la dependencia y los cuidados. “La gran asimetría de género en la manera de combinar trabajo doméstico y extradoméstico está desapareciendo y esto se notará mucho en las próximas décadas en las edades maduras, a medida que las alcancen las generaciones de mujeres de la integración plena e ininterrumpida –hasta la jubi­lación– en el mercado laboral”. Los autores sugieren que en ese es­cenario “asistiremos a una notable feminización de los hombres de más edad, al menos en cuanto al cuidado de su pareja”.

Entre los mayores de 80 años hay más cuidadores (normalmente de su pareja) que cuidadoras

Mayte Sancho, psicóloga experta en envejecimiento y directora de Planificación de la Fundación Matia, asegura que esta “feminización” de las tareas de los hombres ya está en proceso, porque son muchos los que se jubilan cuando su mujer aún está activa en el mercado de trabajo y asumen entonces tareas relacionadas con el hogar que no habían hecho en ninguna otra etapa de su vida.

Enfatiza que los mayores también asumen una distribución más equitativa del cuidado de los nietos que la que aplicaron durante la crianza de sus hijos, si bien los abuelos acostumbran a asumir las tareas más vinculadas a la calle o la socialización y las abuelas mantienen su protagonismo en el espacio doméstico y la cobertura de las necesidades básicas, como la comida o si están enfermos.

Rosa San Segundo, presidenta de la Plataforma Universitaria de Estudios Feministas y de Género y catedrática de la Universidad ­Carlos III de Madrid, asegura que es cierto que, al envejecer y jubilarse, “a los varones la vida se les fe­miniza”, pero considera que ello no se traduce en unas relaciones de pareja más igualitarias. “Los va­rones, que han estado toda su vida en el espacio público, al dejar de trabajar se centran en el espacio privado e intervienen más en las cosas de la casa, pero no participan de la igualdad, al contrario, en edades avanzadas vemos que se dis­para la desigualdad, que la mujer es aún más vulnerable, y que también hay mucha violencia de género”, comenta San Segundo. Y detalla que a esa mayor vulnerabilidad de las mujeres de más edad contri­buye que normalmente disponen de menos formación y menos ­recursos económicos que sus parejas porque han cotizado menos, que físicamente están más deterioradas por la crianza de los hijos y por la mayor incidencia en ellas de enfermedades crónicas, y el resultado es que hay mayor tasa de dependencia entre las mujeres que entre los hombres.

Al jubilarse, ellos se centran en el ámbito privado, su vida se ‘feminiza’ y asumen tareas que no hacían

Sancho, por su parte, opina que “quizá caminamos hacia una mayor igualdad, pero aún no veo un cambio en profundidad en cuanto a distribución de roles”. Y apunta que todavía, en algunas parejas donde la mujer nunca se incorporó al mercado laboral, el hecho de que el hombre “feminice” sus tareas y se implique en el ámbito doméstico es fuente de conflictos. “Hay señoras que defienden los roles tradicionales para preservar su espacio de poder; es otra mirada”, comenta.

Con todo, cree que este es un problema en vías de extinción ­porque la mayor supervivencia de los hombres hace que, a pesar de las rupturas, cada vez se envejezca más en pareja al mismo tiempo que la sociedad empuja hacia la coo­peración entre hombres y mujeres, de modo que el jubilado que lleva el carro de la compra ya no recibe ­miradas jocosas machistas sino que es valorado por su complicidad con la pareja. Agrega que esta ­mayor supervivencia de las parejas también va a reformular otros ­problemas de los mayores, como la soledad no deseada. “Claro que en contrapartida, al envejecer juntos, también aumenta el riesgo de tener situaciones de doble depen­dencia”, advierte.

A este respecto, Abellán alerta que los responsables políticos ­deberían tener en cuenta que una parte importante de los cuidados de ancianos dependientes recaen en otros ancianos, de modo que además de pensar en cuidar al ­dependiente hay que pensar en atender a su cuidador.

“Envejecer bien depende en un 75% de uno mismo”

Cada vez son más las voces que insisten en que tener una larga vida y una vejez saludable depende del empeño que ponga cada persona. “El envejecimiento no es un proceso que ocurre al azar sino que cada individuo es un agente activo de su propio envejecimiento; si la genética influye en un 25%, el resto se debe a factores ambientales, así que tener una buena vejez depende en un 75% de uno mismo”, afirmó la psicóloga Rocío Férnandez-Ballesteros durante un reciente simposio internacional sobre longevidad y comportamiento organizado por la Fundación Ramón Areces, la Academia de Psicología de España y la Fundación General CSIC. Y subrayó que los estilos de vida, como realizar ejercicio físico regular, mantener una dieta equilibrada, cuidar de la propia salud, no fumar o seguir las prescripciones médicas son determinantes para llegar a ser ancianos saludables. También lo son unas buenas relaciones sociales. “Son un filtro del estrés y actúan como un instrumento y avisador que preserva la salud”, explicó Fernández-Ballesteros.

Pero hay otros factores que también cuentan mucho, como el nivel educativo.

Según un estudio realizado por los profesores Aïda Solé-Auró y Bruno Arpino, del departamento de Ciencias Políticas y Sociales de la UPF, las personas con más formación son las que acostumbran a mantenerse más activas durante la etapa de la vejez, y un envejecimiento activo se asocia a unas mejores condiciones de salud a edades avanzadas, de modo que mantener un trabajo remunerado, hacer tareas de voluntariado, cuidar de los nietos o practicar deporte permite explicar hasta el 30% de las diferencias de salud que se observan en la población de mayores según su nivel educativo.

Durante su investigación, los profesores de la UPF han visto que en actividades como cuidar a los nietos no se observan diferencias por nivel educativo, pero sí que las hay cuando se trata de realizar trabajos remunerados o de participar en cursos, en actividades de voluntariado, de participación política o religiosa, o deportivas. “En las mujeres hemos visto diferencias de participación del 30% entre las de mayor y menor nivel educativo, y en los hombres una distancia de alrededor del 20%”, comenta Solé-Auró.

Otros expertos, como la catedrática de la UNED Rosa Gómez Redondo, aseguran que las diferencias educativas también afectan a la salud porque el nivel de instrucción condiciona la percepción de riesgos, la prevención, los hábitos de vida y el autocuidado.

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